Sobre “El Libro de los Tres” y la infantilización de la alta fantasía

El libro de los tres de Lloyd Alexander con cubierta de Evangeline Ness

Con motivo de la lectura de El libro de los Tres, del autor estadounidense Lloyd Alexander, he reflexionado sobre uno de los estigmas que acompañan al género de la alta fantasía. La novela, parte de una exitosa saga publicada a partir de los años sesenta, trabaja al modo de las bildungsroman, las novelas de formación en las que un protagonista, habitualmente juvenil, inicia un aprendizaje a partir de una serie de eventos que cambian por completo su vida. En el caso de esta novela, estos eventos responden a los tópicos del género, al clásico viaje del héroe de Joseph Campbell, con una búsqueda, su relación con una serie de personajes que le auxiliarán en momentos críticos y la lucha contra los antagonistas de la obra, representado por un ejército invasor liderado por un inquietante personaje de yelmo astado.

Antes de atender a otros detalles de la obra, pues en el fondo, junto con la reflexión, quiero introducir una reseña de este clásico de la fantasía, me gustaría dedicar cierto tiempo a ese estigma que anticipaba en el anterior párrafo: la tendencia de la fantasía a buscar un público objetivo entre los lectores y lectoras jóvenes. Esa tendencia, probablemente heredada del folklore y el mito en el que se inspiran estas narraciones y mantenida por su cualidad oral, es, a mi parecer, un condicionante en la producción fantástica, que esconde el auténtico interés del público en ella.

Es esta percepción de que el grueso de novelas de “alta fantasía” se dirige a jovenzuelos aquello que convierte a la Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin en el éxito que fue. Juego de Tronos, más allá de su predictibilidad estilística (recordemos que trabaja con las reglas de la novela realista y ésta, en pleno siglo XXI, casi siempre apunta al best-seller), introduce elementos que sabotean la fórmula épica, como un exceso de violencia o la negación de lo heroico. Existen otros componentes, pero pienso que con estos dos ya es más que suficiente para desmontar la estructura que sostiene, por ejemplo, una novela como El Libro de los Tres.

Con este texto no trato de solucionar un problema, y habrá una parte de las personas lectoras a las que ya les parecerá bien esta fórmula, lo que pretendo es incidir en la falta de rango de acción, en los raseros por los que se mueve este subgénero (recordemos que hablo de la alta fantasía, no de la fantasía en general), que van de la mano de la percepción que siglos atrás se tuvo del propio medievo en el que se inspira. La alta fantasía bascula entre una percepción romántica, caballeresca y exótica; y una renacentista que atiende a la época desde la crudeza y la barbarie.

La ventaja de la historia es que ha sido desarrollado ampliamente y podemos decir que la Edad Media ni fue tan bárbara ni tan caballeresca. El problema es que los ecos de esa conclusión aún no han llegado a la fantasía épica, que se ha perdido ciertas visiones que le habrían sentado bien, como las que aportan la novela de ideas, la literatura postmoderna y la experimentación en general.

No es lo que encontraremos en El Libro de los Tres. La novela de Alexander extrae sus bases del folklore celta, así que, a la que te adentras en sus páginas, estás reviviendo ideas que ya estaban presentes en el pope Tolkien. El protagonista que evoluciona, los personajes que le asisten y que constituyen un grupo de héroes variopinto, las figuras sagaces que colaboran con su causa y que rozan el deus ex machina, y así, una constante de escenarios, protagonistas y antagonistas que siempre presentan ramalazos de un personaje surgido de El Señor de los Anillos.

Que las fuentes y el desarrollo sean clásicos no le resta mérito a la novela, ya que para un público infantil o juvenil (me decanto más por los segundos), es una obra amena y vibrante, con pasajes intensos y una moraleja que, aun siendo explícita (la resalta uno de los personajes centrales del texto), es bien válida: puedes ser el protagonista y no necesariamente salvar el día. El juego es similar al de Tolkien con sus hobbits: héroes cotidianos que afrontan una realidad desbordante desde la mundanidad.

Aunque no sea la novela más adecuada para analizar este asunto, ya que existen autores y géneros que lo desarrollan mejor, abre un debate interesante. La cuestión es que El Libro de los Tres es una novela que incide en la infantilización de la alta fantasía, un vicio que en el trabajo de Lloyd Alexander resulta intencional y que, en sus epígonos (a su vez epígonos de Tolkien) deviene gesto comercial.