A Contrapelo T1x09: Soledades, de Luis de Góngora

En el octavo episodio de A Contrapelo, nos adentraremos en la poesía de Luis de Góngora, concretamente, en sus celebradas “Soledades”. Repasaremos las claves de su innovador estilo, así como el concepto de la “oscuridad poética”, origen de fuertes polémicas en su momento. ¿Hasta qué punto un poeta puede dificultar el acceso a su obra? ¿Qué dice la preceptiva de esta práctica? Tras responder a estas dudas, repasaremos algunos de los recursos poéticos que se pueden encontrar en las “Soledades” y así ampliar nuestro conocimiento de este clásico de la poesía.

Sin más, bienvenidos y bienvenidas a A Contrapelo, un podcast creado y narrado por el que os habla, Bill Jiménez.

La época de Góngora

Aunque acostumbro a ser comedido con el trasfondo de las obras que selecciono, en esta ocasión, vale la pena echar un buen vistazo a la época de Góngora. Puede decirse que el poeta vivió tiempos convulsos, tiempos de conflictos en los que se miraba con nostalgia a los mejores años de Felipe II, heredero del mayor imperio conocido, aquel en el que “no se ponía el sol”. Pero Felipe II se tomó muy en serio la amenaza que suponía la reforma luterana, digamos que se convirtió en el principal defensor del catolicismo, de ahí que lanzara a sus ejércitos a la guerra una y otra vez, en diferentes territorios de Europa, en los mares, donde fuera que estuvieran en peligro los intereses de su religión. Y ya no digo los frentes que tenía abiertos dentro de las fronteras españolas.

Con el cambio de rey, las cosas se calmaron un poco. Felipe III consiguió cierta tregua gracias a la habilidad diplomática, mientras que en la regencia de su sucesor, Felipe IV, comenzamos a ver graves signos de decadencia en el antaño poderoso Imperio.

De estos tiempos es un fenómeno que explotará en la Modernidad, y del que ya os hablé en el episodio anterior de A Contrapelo. La pobreza y la despoblación, ya que tanta guerra fue nefasta para demografía española, derivaron en una concentración de sus ciudadanos en las grandes ciudades. Esta concentración derivó en cierto esplendor político y cultural, pero también derivó en delincuencia y en nuevas relaciones entre los habitantes de la urbe. Principalmente, Madrid, la capital del reino.

Algunos apuntes sobre la vida de Góngora

Podría llenar minutos y horas con más datos sobre el siglo XVI español, pero me centraré en el carácter conservador de la época. Góngora nace en este ambiente y tendrá que adaptarse desde joven a esta forma de ser, que incluye oficios que no le representaban y relaciones sociales decepcionantes con los nobles del momento.

Góngora nace en Córdoba y recibe estudios académicos que solo podrá ejercer si tira por la rama eclesiástica. Así lo hace, aunque le tiren de las orejas en unas cuantas ocasiones, ya que el joven Góngora era un tanto díscolo, aficionado al festejo al cortejo. Su formación es humanista, así que puede decirse que su recorrido pasa por tres grandes estilos artísticos: el Humanismo, el Manierismo y el Barroco.

Aun así, Góngora tuvo serios problemas para publicar. La suerte no le acompañó, ni tampoco las influencias, ya que la búsqueda de un mecenas noble nunca se consumó, o cuando parecía que la cosa funcionaba, los cambios políticos le dejaban en la estacada. Por ejemplo, Rodrigo Calderón, uno de sus protectores, fue colgado en la horca, mientras que el conde de Villamediana fue asesinado.

Gongora finalizó sus días en una triste pobreza. Fue desahuciado y la necesidad le llevó nuevamente a su Córdaba natal, donde falleció.

Con esto no quiero decir que Góngora fuera uno de esos artistas que brilló tras su muerte. Conoció el reconocimiento. Aunque su producción trajo polémica, ya no solo en sus versos de juventud, donde los temas chocaban con la vida religiosa que le patrocinaba; también en su momento de mayor esplendor creativo, cuando la crítica no supo entender a qué estaba jugando con sus enrevesados poemas.

Lo que es indudable es que Góngora fue uno de los poetas españoles más grandes de la historia, vértebra fundamental de una columna que comienza años atrás, cuando la poesía española adoptó las características del verso italiano, heredado de Petrarca; y que derivará en la poesía en la generación del 27, en el siglo XX. En defensa de Góngora hay que decir que el estilo que llevó a lo más alto cayó en la repetición, en cierta decadencia. Aunque puede sonar exagerado, la poesía española (que no en español) tardará 300 años en recuperar su brillo. Como mucho, aparecerán algunas islas de calidad, como la lírica de Gustavo Adolfo Bécquer.

¿Por qué las Soledades son polémicas?

Centrándonos en las “Soledades” de Góngora, ¿por qué fue una obra polémica?

El año 1613 es la clave. Por la corte madrileña comienzan a circular dos poemas de Góngora: la primera Soledad y la “Fábula de Polifemo y Galatea”. La aparición de estos textos desata casi automáticamente una guerra literaria. Se formarán dos bandos: los defensores y los detractores de Góngora, que a su vez, constituyen dos grupos: los que entienden sus poemas y los que no lo entienden. También podríamos incluir a un tercero, aquellos que dicen entenderlos por miedo a que se les considere gentes vulgares.

Hay quien ha visto en este enfrentamiento el choque de dos corrientes del momento: el conceptismo y el culteranismo. En breve repasaremos sus características, pero ya avanzo que no fue así. Sí que existió un pique entre Góngora y Quevedo, máximos representantes de ambos estilos, pero de eso a que existiera una guerra declarada entre sus seguidores, como si estos fueran raperos de la costa este y oeste, hay una gran diferencia. Vista en la distancia, esta rivalidad sí que tiene un elemento territorial, ya que los poetas de la época no dudaban en meterse en el terreno de otros poetas para demostrar su talento. Quieren demostrar que son buenos en todos los estilos.

Pese a sus diferencias, ambos estilos cuentan con puntos de conexión, como su gusto por la oscuridad poética. Como productos del barroco literario, algo han de tener en común. También me gustaría matizar que aunque cuenten con seguidores y estos sigan unas líneas artísticas concretas, ambos estilos no son escuelas. Nunca existió, por ejemplo, una escuela conceptista. Ni tan siquiera los autores de la época empleaban los términos. Digamos que el conceptismo es un rasgo estilístico, unas características rastreables en la poesía española, ya no solo en la del Barroco, también en la medieval y en la poesía cancioneril.

Conceptismo y culteranismo

En sí, el concepto “conceptismo” es una invención de Baltasar Gracián, que en 1642 publicó la primera antología del género. En sus palabras, el conceptismo es “un acto del entendimiento que expresa la correspondencia que se halla entre los objetos.” Los conceptistas, para ser difíciles, trabajan con la estructura profunda, el contenido. Buscan concisión sintáctica, economía verbal que se corresponde con una ampliación semántica. Por ejemplo, utilizan una palabra, pero cada vez que esa palabra vuelva a aparecer, tendrá un significado distinto.

Los culteranos, en cambio, tratan de ser oscuros en la estructura superficial de la lengua, en los aspectos formales y hasta superficiales. Trabajan con ampliaciones sintácticas a través de un uso muy acentuado de la perífrasis. También emplean el hipérbaton de forma recurrente. Con este recurso, se desordena la frase porque aspiran a que suene como el latín. También son muy frecuentes las alusiones mitológicas.

Hacia el siglo XVII, el ejercicio de la oscuridad y su relación aristocrática se va de las manos, con poemas que marcan la diferencia entre el poeta y el erudito. Ya no basta con alejarse del lenguaje del vulgo, este tipo de poesía exigirá un esfuerzo extra a sus lectores.

En esencia, más que rendir culto a la oscuridad poética, se aspira a trabajar la dificultad. El asunto aquí, aunque suene pedante, es que poemas como las “Soledades”, más que pecar de una codificación que solo Góngora conoce, buscan unos lectores exclusivos, muy eruditos, una élite.

Es imposible imaginarse a un poeta del XVI y el XVII que defienda la oscuridad en abierto. Recordemos que se han educado en el seno de la retórica clásica y la oscuridad es pecado en ella.

Y diréis, ¿qué tiene que ver la retórica en todo esto? Más de lo que a simple vista parece.

La retórica y la oscuridad poética

La retórica, en su sentido clásico, es una disciplina transversal. Esto quiere decir que confluyen en ella diferentes áreas de conocimiento. El objetivo, en cualquier caso, es estudiar el lenguaje y desarrollar una serie de técnicas que buscarán la persuasión o el deleite del oyente. LA retórica ha pasado por diversas fases a lo largo de la historia, hasta el punto de casi desaparecer en los últimos siglos. Durante el siglo XX, asistimos a un resurgir de la disciplina, que más o menos mantiene intactos sus preceptos.

El discurso retórico se divide y subdivide en muchas fases, pero para el caso que nos ocupa me quedaré con su estructura básica: la “inventio”, la “dispositio” y la “elocutio”. La inventio se encarga de los contenidos del discurso, la dispositio los ordena para que sean más efectivos; y la elocutio, básicamente, los expone en público.

Dentro de la elocutio, existen virtudes elocutivas, normas sagradas que nadie debe saltarse: son la perspicuitas, el ornatus y la urbanitas. La perspicuitas es la claridad, la necesidad de que todo el mundo te entienda. Recordad que estamos persuadiendo y que nos tienen que entender.

El ornatus es el embellecimiento del discurso, que tiene mucho de necesidad, ya que resulta más sencillo persuadir con un discurso atractivo. En el ornatus encontramos la mayoría de figuras retóricas y los tropos.

Y, para acabar, de la urbanitas solo diré que representa a la elegancia de estilo.

Antes de que os perdáis entre tanto concepto, iré al grano. La elocutio, aparte de estas virtudes, también tiene vicios. Cada uno es la contrapartida de una virtud. El ornatus tiene a la afectación, que sería el pasarnos con las figuras retóricas, así como la pobreza creativa. A la urbanitas se le antepone la inadecuación entre lo que quieres contar y las palabras que has empleado para contarlo. Por ejemplo, un tema grave requiere palabras concretas, no triviales.

Y la perspecuitas, la última que nos queda, tiene por vicio… Adividinad. ¡La obscuritas!

Por eso, si un poeta es acusado de oscuridad, está cayendo en un vicio de la elocutio. Ya no está haciendo bien su trabajo. En nuestros tiempos diríamos, ¿y qué? Que sea lo que Dios quiera. Pero en los tiempos de Góngora no se podía pasar por alto tamaña falta. Al poeta que no cumpliera con la norma le caía de todo. Le expulsaban del juego. Pero, como os decía, Góngora acaba por salir airoso ya que su oscuridad no está en el verso, se encuentra en el lector, que es incapaz de arrojar luz sobre ella.

El ceñirse más o menos a la preceptiva hizo que las “Soledades” y el “Polifemo” corrieran distinta suerte.

El primero es una fábula mitológica, literal, sin metáforas que lleven a la parte romántica. En este caso, la normativa dice que ha de escribirse en lenguaje sublime. En el lenguaje sublime te puedes permitir los tropos y el exceso de figuras retóricas que haga falta. El Polifemo está escrito en octavas reales, un verso heroico por excelencia.

La “Soledades”, en cambio, tiene un punto más pastoril, más próximo a las Bucólicas de Virgilio, por eso no se le permite ornatus alguno. Las Soledades se alimentan de detalles cotidianos, incluso el “protagonista” describe las trivialidades del paisaje y otros temas. Las Soledades están escrita en silvas. Nunca hasta Góngora una silva había rebasado los 200 versos. Incluso la rima tarda en llegar; aparece tras 14 versos. Góngora pone en funcionamiento una maquinaria retórica erudita, llena de recursos, de ahí la inecuación entre “res” y “verba”. En su caso, también hay un pecado contra la virtud del ornatus y el vicio de la ornamentación. Todo esto explica la lluvia de críticas.

Críticas a las Soledades

Existe un seguimiento casi exhaustivo de las críticas hacia las “Soledades”. Aun así, el primer texto que entra al trapo no es una crítica, es todo lo contrario, es una exaltación de las virtudes del poema. Recibe el título de “Advertencias de Andrés de Almansa y Mendoza para inteligencia de las Soledades de don Luis de Góngora”. Apareció en 1613-1614, la fecha no está del todo clara. Lo que sí está claro es que las “Soledades” ya circulaban por la Corte. En el texto, Andrés de Almansa defiende los rasgos estilísticos del poema y trata de explicar los pasajes oscuros. Flota la sospecha de que el propio Góngora estaba tras la redacción, más no queda claro si el tiro le salió por la culata o dio en el blanco, ya que el debate, de mantenerse a sotto voce, se convirtió en una polémica en toda regla. La cuestión es que estas “advertencias” tienen un toque despectivo, quieren provocar, quieren que aquellos que critican el poema den la cara y justifiquen con argumentos eruditos sus opiniones.

La respuesta no se hace esperar. La firma Juan de Jáuregui. El título es contundente: “Antídoto contra la pestilente poesía de las Soledades, aplicado a su autor para defenderle de sí mismo”. Este texto busca la difamación de Góngora y sus creaciones, aunque, más allá de su carácter satírico, es un buen ejercicio de crítica y teoría literaria. El antídoto de Jáuregui verá una posterior revisión en “Examen del Antídoto”, escrito por el Abad de Rute, donde la erudición se combina con la ironía.

Es curioso que Jáuregui le metiera tanta caña a Góngora ya que, diez años después, él mismo escribiría “Discurso poético”, una preceptiva sobre el estilo gongorino.

La tercera misiva que destacaré dentro de esta polémica es “Carta de un amigo de don Luis de Góngora en que da su parecer acerca de las Soledades que le había remitido para que las viese”. Está claro que estos autores no destacaban por la concisión de sus títulos. El autor, en este caso anónimo, se presenta como devoto de Góngora, aunque no queda claro si el gesto es irónico o no. Podría serlo, ya que Gongora, en 1610, era el mejor poeta de la Corte, y ya sabéis lo mala que es la envidia.

En la carta, el autor se pregunta por qué no dejó las Soledades en manos de un erudito, este le habría recomendado no haberlas publicado. El ataque está relacionado con la oscuridad y la confusión de lenguas (ni es latín, ni griego, ni castellano, ni italiano… es una mezcla de todo eso). Dice que le ha alcanzado algún ramalazo de la desdicha de Babel y, por lo tanto, e le acusa de vanidad.

El anónimo autor de la carta pide justificación con argumentos horacianos, propios del clasicismo. Una poesía que deleita, debería ser útil y honrosa. Finalmente, añade que si le convence, le ayudará en la empresa.

Si he destacado esta carta es porque Góngora respondió de inmediato a sus acusaciones. La respuesta es crucial porque en ella Góngora desvela su estrategia. La suya es una poesía útil, que aviva el ingenio, que requiere erudición para decodificar su contenido. Gracias a ella te entrenas intelectualmente para así decir que has disfrutado comprendiéndola.

A Góngora le honran dos cosas: primero, que con esta poesía se ha convertido en una autoridad entre los eruditos, que en el fondo es su liga. Visto de lejos, resulta un poco prepotente, ya que sentencia que no hay que dar perlas a los cerdos”. Segundo, gracias a su esfuerzo ha obtenido una honra superior, ya que se siente totalmente orgulloso de que nuestra lengua, a costa de su trabajo, haya llegado a la perfección y alteza de la latina.

Características de la poesía de Góngora

En el segundo segmento del episodio, dije que repasaríamos alguno de los conceptos y recursos estilísticos propios de las “Soledades” y la poesía culterana.

El primero, es el soneto, la composición poética que, durante siglos, dominó las letras internacionales. Técnicamente, es una composición poética de catorce versos de arte mayor, habitualmente, endecasílabos. Los versos, por su arte, se organizan en cuatro estrofas. A partir de ahí, se distribuye el contenido, que en su sentido más clásico recorre una introducción, un desarrollo y una conclusión. Este endecasílabo tuvo su mayor exponente en el poeta aretino Petrarca, que lo llevó a un nivel tan alto que su influencia perduró durante siglos. El endecasílabo fue exportado a España con éxito, ya que el grueso de los poetas se rindió ante su encanto.

Otra herencia petrarquista en Góngora son las alusiones mitológicas. En las “Soledades” son abundantes, incluso excesivas, y todas ellas remiten al imaginario grecolatino. Los poetas renacentistas las tuvieron presentes en sus composiciones, como es el caso de Dante. Era tanta su importancia que Giovanni Boccaccio compendió tales mitos en su “Genealogía de los dioses paganos”, quince volúmenes que, no solo sirvieron de manual a los poetas de su época, también incluyen en sus últimos dos libros una defensa a la poesía, bajo ataque. Los responsables, “los hombres que se dedican solo al placer y los bienes terrenales y desprecian el trabajo intelectual; los pedantes; los abogados y los teólogos.”. Aquí matizaré que los pedantes son aquellos que se las dan de inteligentes sin serlo y los abogados son aquellas personas demasiado prácticas como para gozar de la poesía.

Sobre el hipérbaton, diré que fue uno de los recursos estrella de la poesía barroca. Su uso es constante, también excesivo, y Góngora fue un maestro. El hipérbaton es una figura retórica que consiste en la alteración del orden sintáctico que se considera habitual y lógico de las palabras de una oración. Como dije, la intención de Góngora al abusar de este recurso tuvo un interés estético e ideológico, ya que quiso que el español del momento se asemejara al latín, lengua de mayor nobleza y recorrido.

En cuanto a la perífrasis, por lo general, es una expresión de más de una palabra que puede expresarse con una sola. En la literatura gongorina no es accidental, se busca la construcción compleja en lugar de las palabras simples. Si a eso le sumamos que esas perífrasis se les suman hipérbatos y oscuras alusiones mitológicas, ya os podéis hacer una idea de las dificultades que entrañaba una lectura como las “Soledades” para la población de su tiempo.

Recomendaciones literarias

Cerramos el episodio con un segmento dedicado a las recomendaciones literarias.

Comenzaré por las ediciones de las “Soledades”. Tras revisar las disponibles en el mercado, me quedo con dos. Por un lado, la de Robert Jammes, que si no ha visto nuevas ediciones, puede encontrarse entre los clásicos Castalia. Al mismo nivel se encuentra la edición de John Beverley para Cátedra. Si buscáis un análisis más amplio, atended a la edición de Penguin de la poesía de Góngora. El volumen incluye una selección de sonetos de las “Soledades”, pero no la obra completa. A destacar, el trabajo de Ana Suárez Miramón, que edita el proyecto y firma la introducción. En cualquier caso, el trabajo de Góngora también está disponible online en diferentes webs especializadas.

Sobre el tema de la oscuridad y el carácter del periodo, destacaré el ensayo de José Antonio Maravall, “La cultura del barroco”. Para él, la oscuridad poética barroca es un fenómeno sociológico, con un fuerte interés político, que estaba interesado en los mecanismos psicológicos que controlan la ideología de la gente.

En un sistema tan férreo, cualquier novedad pondría en peligro el Absolutismo. Aunque a la vez es una posición incómoda, ya que el Renacimiento está aún muy fresco en la memoria colectiva, en la formación académica, y entre sus características más destacadas se encuentra el culto a la novedad, así como el cultivo de la originalidad. Desde el poder se decide que las novedades se cultiven en el terreno menos peligroso, el de las artes. Según Maravall, las libertades de artistas como Góngora son una válvula de escape a toda una generación de creadores.

Entre las obras conectadas a Góngora, recomiendo el “Primero sueño”, de Sor Juana Inés de la Cruz. El poema es el más brillante de su producción y fue publicado en 1692. El título de la obra homenajea a las dos “Soledades” de Góngora. Al igual que el este, Sor Juana despliega alrededor de un argumento sencillo sus bastos conocimientos. Humanista ante todo, en esta obra se ha querido ver un anticipo a la Ilustración, a la victoria de la razón sobre el fanatismo.