A Contrapelo T1x07: La tempestad, de William Shakespeare

miranda-waterhouse-la-tempestad

Esta semana, en el séptimo episodio de A Contrapelo, nos acercamos al trabajo de William Shakespeare. La obra seleccionada es La tempestad, escrita hacia el final de su trayectoria como dramaturgo. Una pieza que destaca por sus elementos fantásticos y en la que reaparecen temas que ya hemos tratado en este podcast, como los estragos del colonialismo. A partir de esta idea, desarrollaremos otro concepto, el del subalterno. Recurrente a lo largo de la historia de filosofía, la política y la literatura, recuperaremos algunas de las líneas de pensamiento que pueden identificarse en La tempestad.

Sin más que añadir, bienvenidas y bienvenidos a A Contrapelo, un podcast literario creado y narrado por el que os habla: Bill Jiménez.


Consideraciones previas sobre La Tempestad

Abordar a algunos autores es arduo por falta de información, en otros, como el caso que nos ocupa, ocurre lo contrario. Los datos disponibles sobre la obra de Shakespeare son abundantes. O, más que los datos, los estudios sobre su obra, ya que, a medida que pasan los años, la literatura académica a su alrededor se multiplica. A la que aparece un nuevo ángulo desde el que analizarla, siempre hay alguien dispuesto a contrastarlo, desarrollarlo y generar nuevas preguntas que, lo más probable, el propio Shakespeare nunca se formuló. Pero ahí radica la grandeza de este dramaturgo, en la posibilidad de que sus obras, además de una historia universal, contengan un fondo especulativo inagotable.

En el fondo, todo depende de cómo te lo tomes. Como ya dije en el episodio dedicado a Kafka, puedes disfrutar de la obra como la historia que es o dejarte llevar por la exégesis, por la búsqueda de dobles y triples sentidos, por los motivos que impulsaron al autor o a la autora a escoger según que palabras, etc.

Si seleccioné La Tempestad antes que otras obras de mayor calado, como podrían ser Hamlet, MacBeth o Romeo y Julieta, fue por el diálogo que esta establece con los anteriores episodios de A Contrapelo. Si oísteis el episodio dedicado a Joseph Conrad, sabéis a qué me refiero. La Tempestad trabaja con ciertas ideas presentes en ese episodio, como la relación de Occidente con Oriente y el papel de los colonizados en las jerarquías de sus opresores. En este episodio, sumaré a esta reflexión el concepto de la subalternidad, explorado por Antonio Gramsci y muy vinculado a la tempestad a través de los escritos de Silvia Federici. Más adelante os hablaré de ellos. Por el momento, me centraré en La Tempestad, en su forma y en las peculiaridades que la hacen una obra atípica dentro de la trayectoria de Shakespeare.

Dicen de ella que es la última que escribe y Shakespeare, contradiciendo a sus propios principios, empleó el clásico sistema de los tres actos. A lo largo de su carrera estuvo en contra de esta idea. Tan solo tenéis que ojear cualquiera de sus obras previas para ver cómo se sale de la norma.

Aun así, es una obra de Shakespeare, original pero a su vez sembrada de homenajes, o directamente plagios.

Influencias de La Tempestad

La Tempestad bebe de diferentes fuentes. La primera, es la literatura emergente que sale tras el descubrimiento de América. Es una literatura de viajes, de carácter popular, perfecta para el carácter británico que, no nos olvidemos, residen en una isla. Los críticos han advertido en el desarrollo de “La tempestad” fuertes paralelismos con narraciones previas como el “Naufragium” de Erasmo de Rotterdam o la “Comedia von der schönen Sidea”, de Jakob Ayrer. En territorio español, las similitudes aparecen en relatos de Antonio Eslava y Diego Ortúñez de Calahorra. Al parecer, la historia del hechicero cuyas conspiraciones derivan en el romance de dos jóvenes apunta a un material oral completamente asumido por los autores europeos. Por otra parte, el naufragio que inspira la obra remite a las crónicas de Sylvester Jordain y William Strachey acerca del hundimiento del Sea Venture en las islas de Bermuda. Shakespeare también introduce en las bocas de sus personajes discursos extraídos del ensayo “Sobre los caníbales”, de Michel de Montaigne.

 La tempestad, fiel al estilo de Shakespeare, también trabaja con fuertes pasiones. La obra critica la soberbia, el hybris griego, la desmesura de querer más conocimientos de los que un hombre puede tener. En otras palabras, critica un exceso de racionalismo, de ahí que en la acción aparezcan numerosos fenómenos sobrenaturales.

A nivel técnico, el Shakesperare de “La Tempestad” es ilustrativo de una de las actitudes fundamentales del barroco, en especial, la concerniente al lenguaje, que no necesariamente trabaja por explicitar la realidad. La suya es una actitud lúdica hacia la palabra, un elegante gusto hacia el juego literario. Shakespeare retuerce el lenguaje hasta explotar todos sus registros y posibilidades, siempre consciente de que es un juego, de que no existe una verdad por alcanzar. Además, La Tempestad es un ejemplo de su hibridismo poético, donde pasa con facilidad de lo culto a lo vulgar.

Otro de los rasgos brillantes de esta obra es su relación con la metateatralidad. Sin salirse de la historia que nos está contando, Shakespeare explicita de tanto en tanto los mecanismos que la identifican como una obra de teatro. En ocasiones son procedimientos; otras veces, comentarios por parte de los personajes. En Shakespeare es frecuente, ya que habitualmente emplea un lenguaje ambivalente mediante frases hechas que colaboran en el desarrollo de la obra, pero en La Tempestad adquiere una dimensión distinta. Por poner un ejemplo, la obra se inicia con un naufragio. En el acto siguiente, Próspero y Mirando, dos de sus personajes protagonistas, asisten a la tragedia como si esta fuera un espectáculo.

La medición del tiempo es otra marca del carácter metateatral de La Tempestad. En esta obra, el tiempo literario y el espectacular, el de la representación, coinciden. Lo vemos a medida que avanza la obra, en la insistencia de Próspero por saber la hora y sus ganas de aprovechar el tiempo que tiene. Hacia el final de la obra advertimos que son las seis de la tarde, la hora en la que The Globe cerraba y se iban todos a cenar, lo mismo que, a su manera, realizan los personajes de “La Tempestad”.

Para los que desconozcáis esta pieza teatral, dedicaré unos minutos a resumir su argumento.

Argumento de La Tempestad

“La Tempestad” narra un naufragio y sus consecuencias. Rápidamente sabemos que este naufragio es provocado, obra de Próspero, duque legítimo de Milán, expulsado por su hermano en una isla desierta. Vive en ella con su hija Miranda y una serie de servidores nativos, como Ariel, un espíritu dotado de una poderosa magia; y Calibán, un monstruo horrible, hijo de una bruja, al que desprecia y trata como a un esclavo. Decía que el naufragio es provocado, una artimaña mágica de Próspero, ya que en el bajel hundido viajaba su hermano Antonio, el hijo de este y varios servidores. Todos terminan en la isla, donde Próspero desplegará su venganza.

La tempestad es un juego de poder. Una manipulación en la que hasta los manipuladores se llevarán una sorpresa. También es una historia de amor, de prodigios, con elementos musicales que corren de la mano del espíritu Ariel. Pero, en el fondo, esta lucha es una confrontación vacua, ya que el premio es una isla baldía en la que siempre serán unos extranjeros. Aquí juega un papel muy importante el dominio del lenguaje, tanto el que justifica los derechos de unos personajes sobre otros como el lenguaje “mágico” del que se vale Próspero para salirse con la suya. El lenguaje establece las relaciones de poder entre Próspero y los habitantes autóctonos de la isla; o indirecta, por medio de las nuevas relaciones que esos mismos personajes establecen con los supervivientes del naufragio.

Shakespeare se encarga de que algunas de estas relaciones sean extremas. Para ello, incorpora personajes de diferentes estratos sociales y teatrales. No hay decorum entre ellos ni entre las alianzas que establecen, algo imperdonable dentro del teatro y la narrativa clásica, donde, por ejemplo, los personajes comédicos se deben relacionar con aquellos con los que comparten condición.

Aunque “La tempestad” es una obra coral, algunos personajes tienen más peso que otros, como Próspero. También los hay que se han hecho populares con el paso del tiempo, como su siervo Calibán. Pero diríamos que todo gira en torno a Próspero, así que comenzaré por él a la hora de analizar a los distintos protagonistas.

Protagonistas destacados en La Tormenta

Próspero, en esencia, representa a la prosperidad civilizadora. Él, al poco de llegar a la isla, le arrebató el poder a Sycorax, la bruja, madre de Calibán. También logró que Ariel le sirviera y se convirtiera en ejecutor de sus designios. La elección de un naufragio para castigar a sus enemigos responde a intereses estéticos, pero también metafóricos. Shakespeare se acoge a una tradición iniciada por el poeta griego Horacio en la que se habla de la “nave del Estado”. Un gobierno que trata de mantenerse a flote entre las tormentas políticas y civiles. Si atendéis al lenguaje de periódicos y noticiarios, tarde o temprano alguna noticia empleará metáforas marítimas al hablar del poder. Y ya no solo en la política, ¿quién no ha deseado que sus planes lleguen a buen puerto?

Hay quien ha visto en Próspero un juego metateatral más. Dicen que es el propio Shakespeare, ya que, como el autor, es omnipotente ante sus personajes. Tiene la capacidad de emplear recursos literarios como el “in media res”, al hacer naufragar a su hermano en el primer acto, o el “deus ex machina”, cuando resuelve la conspiración cuando más le place. En este caso, la línea del dramaturgo y el taumaturgo es de difícil percepción, aunque jamás existiría tamaña autoridad de no ser por sus subalternos.

Calibán, el nativo monstruoso

El más carismático es Calibán, el hijo monstruoso de la bruja Sycorax. Su nombre es ya de por sí una declaración de intenciones, ya que si ordenamos las letras que lo componen, nos sale la palabra “caníbal”, palabra, por otra parte, que se empleó mucho para definir a los indígenas de las recién descubiertas Américas. Era una palabra conocida y, en el caso de Shakespeare, la influencia directa es Michel de Montaigne. Se dice, se comenta, que “La Tempestad” establece un diálogo directo con el ensayo del filósofo francés. La cuestión es que Calibán es uno de los habitantes originarios de la isla. Calibán es a su manera noble, un íncubo, hijo de bruja, sin insertar en una sociedad altamente civilizada. Se mueve por impulsos. Pasa de rey de la isla a siervo. Calibán representa a la inteligencia práctica y la poderosa capacidad adaptativa de aquellos que han nacido en la naturaleza. En contra, exhibe una tremenda inocencia frente a la civilización y tiende a confundir la realidad de los discursos que envuelven a esta. Es más, parte de un enfrentamiento con el propio Próspero, ya que, como se nos cuenta, Calibán trató de sobrepasarse con Miranda, la hija de este. A su pesar, Calibán descubre que no es Adán, que Miranda jamás será su Eva y que ni por asomo tendrá derechos físicos y morales sobre ella. A consecuencia de este incidente, Calibán adquiere consciencia de que es una herramienta dentro del Edén de Próspero. La frase de Calibán: «You taught me language, and my profit on’t / Is, I know how to curse» ya expresa la inteligencia que el siervo exhibe ante Prospero gracias al don de la palabra que le ha otorgado.

Ariel, el espíritu que “quiere” ser libre

Por su parte, Ariel, el espíritu, también es un desposeído. Su libertad tiene un precio, ya que Próspero le liberó tras ser encarcelado por la bruja Sycorax. A cambio de su libertad total, Ariel genera con su magia las condiciones para que ocurran los designios de Próspero. Ya desde un primer momento Ariel se nos revela como un personaje de sutiles ambigüedades pero completamente alineado con aquellas que más le favorecen. Ariel aglutina todos los recursos escénicos que Próspero desarrolla a lo largo de “La tempestad”: genera música, convoca a otros espíritus, confunde a los náufragos, etc. Ariel es un personaje ambiguo, porque no queda del todo claro su sexo. El propio nombre que le identifica es de doble uso en la tradición judeocristiana, válido por igual a las mujeres como a los hombres. Pero es más pariente del teatro grecolatino que de la cultura oriental, donde los actores ejercían por igual los roles masculinos y femeninos. Pero si lo miramos desde nuestra perspectiva, Ariel podría ser el director escénico, mientras que Próspero se mantiene en el papel de autor del texto.

Como os decía, todos los poderes del hechicero pasan por el espíritu y, al menos a mí, me queda la duda de si Próspero es mago por méritos propios o por la gracia de su subordinado. A Sycorax nunca le hizo falta el poder de Ariel, que en el fondo está emparentado con el poder divino. Se confirma en el encierro de Ariel durante el gobierno de la bruja sobre la isla. Poco provecho podía extraer la mujer a una fuerza de origen divino, al tener Sycorax el paganismo por estandarte. De una forma indirecta, Ariel es bastón físico e intelectual. Gran parte de lo que Próspero sabe de Sycorax proviene de lo que Ariel le explicó tras su liberación. Mi conclusión es que si Calibán no sabe cómo ser libre, Ariel no desea serlo. El espíritu insiste durante la obra en la promesa de libertad que le hizo Próspero, pero si atendemos a las conversaciones entre ellos, vemos que Ariel es el primero en describirse como sirviente.

Lo que sí está muy claro es que Próspero, a su llegada, hace que la isla se adapte a su modelo de sociedad protoburguesa, no al revés. Él no se plantea en ningún momento imitar a los locales.

Sycorax, la madre ausente

Existe otro personaje que me interesa especialmente para mi análisis. No aparece en toda la pieza teatral. Hablo de la madre de Calibán, la bruja Sycorax. Es un personaje ausente, aunque latente. La bruja es acreedora de un idioma poderoso, primitivo, emparentado con nuestra concepción de la magia pero también con la esfera de influencia demoníaca. Un lenguaje donde la denominación no siempre se corresponde con el objeto y en donde las palabras son poder, tanto para controlar a la naturaleza como a los hombres. Próspero, por su parte, toma esta palabra y la amolda a los preceptos de su momento, insistiendo cada vez que hace uso de ella en las polaridades religiosas de la época, época del personaje y de Shakespeare. Próspero ejerce aquí de conquis-tador y misionero al poner fin al reinado de la palabra mágica de Sycorax e instaurar, previas modificaciones, un nuevo lenguaje.

Calibán y la bruja, de Silvia Federici

El papel de Sycorax entronca el contenido de un libro que he considerado apropiado para este segundo segmento del episodio. Se titula “Calibán y la bruja”, de Silvia Federici, escritora y activista feminista de origen italo-estadounidense. En el volumen, realiza un recorrido por la transición del feudalismo al capitalismo. Transición, por otra parte, no exenta de violencia.

Federici enumera distintos movimientos urbanos y campesinos que, al no bailar al son de la nueva ideología, fueron erradicados. De estas prácticas deriva la formación del Estado moderno, la privatización de las tierras comunes y, como no, la conquista y expolio de otras naciones recién descubiertas. Entre las numerosas injusticias que se cometieron, indígenas y mujeres sufrieron las más atroces. Hablo de la caza y quema de brujas, mujeres cuyo principal delito fue ir en contra de las corrientes establecidas. Federici incluye en este grupo a herejes, curanderas, esposas desobedientes, mujeres independientes y otras tantas figuras femeninas que terminaron en la hoguera.

El libro en sí es una lectura dura pero necesaria para entender algunas realidades históricas eclipsadas por el discurso general. Me quedo por las referencias a “La Tempestad” y, en concreto, a la conspiración de Calibán con Estéfano y Trínculo, el bodeguero y el bufón que también naufragan en la isla. Tal alianza tiene mucho sentido, ya que las fronteras raciales, no fueron trazadas hasta el siglo XVIII. Como dice Federici, “Hasta entonces, la posibilidad de las alianzas entre blancos, negros y aborígenes, y el miedo a esa unidad en la imaginación de la clase dominante europea, tanto en su tierra como en las plantaciones, estaba constantemente presente. Shakespeare le dio voz en La tempestad (1612), donde imaginó la conspiración organizada por Calibán, el rebelde nativo, hijo de una bruja, y por Trínculo y Stefano, los proletarios europeos que se hacen a la mar, sugiriendo la posibilidad de una alianza fatal entre los oprimidos y dando un contrapunto dramático con la mágica capacidad de Próspero para sanar la discordia entre los gobernantes. En “La tempestad”, la conspiración termina ignominiosamente, con los proletarios europeos demostrando que no son nada más que ladronzuelos y borrachos y con Calibán suplicando perdón a su amo colonial.”.

La subalternidad

Las ideas de Silvia Federici me llevan hasta otro de los conceptos claves del episodio. La figura del subalterno. En los estudios postcoloniales, principalmente, el término subalterno designa a las poblaciones coloniales que están social, política y geográficamente fuera de la jerarquía de poder de una colonia, así como de la patria metropolitana del Imperio. El concepto de subalterno es relativo, aparece en este uso en los textos de Antonio Gramsci, filósofo italiano que fue encarcelado durante el régimen de Benito Mussolini. Decía que el concepto es relativo porque, al menos en esta sociedad, puedes ser subalterno por un lado y líder por otro. Los auténticos subalternos son los que viven siempre en la subalternidad. La clave en este caso es tener conciencia de su subalternidad.

Aquí os recomiendo los textos de Gayatri Chakravorty Spivak, filósofa india que planteó, a grandes rasgos, la pregunta de si los subalternos pueden o no tener una voz. También nos alertó sobre la aplicación indiscriminada del concepto, ya que la palabra subalterno un concepto de clase para los oprimidos, para todos aquellos a que no tienen acceso, en sus palabras, a un trozo del pastel. En términos postcoloniales, el subalterno es todo aquel que no tiene acceso al imperialismo cultural. Así, la clase trabajadora puede estar oprimida pero no por ello son subalternos. Como veis, el concepto es más complejo de lo que parece a simple vista. También hay que ir con cuidado con el fenómeno del ventriloquismo, propio de los intelectuales de izquierdas, que suelen hablar desde lo subalterno desde una posición, la suya, que para nada es subalterna.

La literatura ha conocido a grandes subalternos. En nuestras letras, tenemos al Lazarillo de Tormes, que justifica a lo largo de su narración el lugar de excepción que ocupa junto al Arcipreste.

First Folio

Entramos en el tercer segmento del episodio. En él, además de las habituales recomendaciones, me gustaría hablaros de un par de ideas relacionadas con el mundo de Shakespeare y su recepción a lo largo de los siglos. La primera es el First Folio. El First Folio es el nombre atribuido por los eruditos modernos a la primera recopilación de las obras teatrales de Shakespeare. Incluye treinta y seis piezas y se considera canónica. Su nombre original es Mr. William Shakespeare’s Comedies, Histories and Tragedies. Incluye todas las obras comúnmente aceptadas como auténticas, con la excepción de Pericles, príncipe de Tiro, Los dos nobles caballeros, y dos obras hoy perdidas, Cardenio, inspirada en el personaje cervantino, y Trabajos de amor ganados, considerada secuela de Trabajos de amor perdidos. No contiene ninguno de sus poemas. La obra fue recopilada y editada por John Heminges y Henry Condell, amigos del bardo, en 1623, siete años después de su muerte.

The Globe y los teatros londinenses

El segundo punto en el que quiero detenerme se centra en el teatro de los tiempos de Shakespeare. Estamos en la época Isabelina, el periodo marcado por el reinado de la reina Isabel I (del 1558 al 1603) y la muerte de Jacobo I en 1625. Existe consenso entre los historiadores para considerarla la edad de oro de la historia inglesa.

En este periodo de esplendor, la concentración de teatros en Londres era inmensa. Todo el mundo, desde el punto de vista popular, iba al teatro, al igual que en la actualidad todo el mundo ve y comenta las series de Netflix. Era un teatro destinado a todos los públicos e incluía desde temas livianos a críticas punzantes de carácter social y religioso.

Las obras de Shakespeare, en concreto, se representaban en The Globe. El Globe era un teatro de forma circular que antaño había sido un matadero de osos. Menudo reciclaje. Pero en esencia es una posada, lo que en inglés llaman “inn”, con sus habitaciones privadas y sus balconadas desde las que los viajantes podían asistir a las obras. Un pasadizo conectaba todo.

La peculiar forma de The Globe explica porque Shakespeare fue tan transgresor con la normativa teatral de la época, en especial, con la relación de sus obras con el tiempo y el espacio. Digamos que el resultado responde a su voluntad y a los recursos disponibles que, por otra parte, quizá fueran buscados. En cualquier caso, para los autores isabelinos, la representación era importante, así que disponer de un espacio con un número adicional de puertas, balcones, etc. resultaba estimulante para la producción. Las acotaciones de las obras dicen mucho al respecto. En Hamlet, por ejemplo, se nos informa en uno de los actos que el espíritu del padre del protagonista habla bajo el escenario. En La Tempestad, en cambio, Ariel es un personaje que, principalmente, solo se manifiesta ante Próspero, llegando a pasearse entre otros personajes sin que lo adviertan. ¿Cómo representar esto? ¿Se confía en la imaginación del público o podemos emplear el escenario para que todos compartan escena y se entienda perfectamente que están en distintos niveles?

Otra de las características propias de los teatros isabelinos es que, con tanta demanda, también eran muy rentables. Los productores querían monetizar al máximo las obras. De ahí que estas se representaran continuamente. A la que finalizaban, volvían a comenzar. Podías llegar al Globe y encontrarte que la función había comenzado. A partir de ahí, podías esperar a la siguiente sesión o ver lo que te habías perdido más adelante. Este funcionamiento garantizaba la entrada y salida constante del público, por las obras, en su totalidad, duraban, como mínimo, alrededor de cinco horas.

Recomendaciones

Pasamos a las recomendaciones. “La tempestad”, como todas las obras de Shakespeare, ha contado con buenas ediciones desde siempre. Forma parte del catálogo de muchas editoriales, así que la decisión es más bien vuestra. En lo que sí quiero meter cuchara es en el los ensayos que hablan de Shakespeare. Los hay buenos y los hay excelentes. Eso sí, todos pecan, por necesidad, la verdad, de una fuerte especulación. Con Shakespeare es necesario, ya que en su vida hay demasiadas lagunas. Decía el historiador George Stevens que lo poco que se puede decir de Shakespeare sin recurrir a la fantasía es que “nació en Stratford-upon-Avon, tuvo familia allí, viajó a Londres, se convirtió en actor y autor, regresó a Stratford, hizo testamento y murió”. Como veis, no mucho. Entre los libros que quieren ser fieles a su biografía, está “Shakespeare. El mundo como escenario”, de Bill Bryson. Bryson es un ensayista brillante, ambicioso, ya que tanto le da escribir sobre Shakespeare que sobre la historia de la humanidad. Tiene un estilo que va directo al grano, sin fanfarrias, aunque resulta lo bastante ameno, digerible y, lo que nos interesa, riguroso.

Pero sí que es cierto que las biografías son fluctuantes, ya que por muy interesante que sea tu vida, no todos los episodios son igual de intensos. Con Shakespeare también ocurre, por eso existen ensayos como “1599. Un año en la vida de William Shakespeare”, de James Shapiro, un volumen que explora uno de los años más intensos en la vida del dramaturgo. En 1599, Shakespeare escribió cuatro de sus obras más famosas: Enrique V, Julio César, Como gustéis y Hamlet. Al margen de lo creativo, los ingleses vivían conflictos internos y externos, con revueltas en Irlanda y el acoso de la flota española. También fueron tiempos de expansión, de sucesión real y cultural, con el enorme interés por el teatro que os comenté antes. James Shapiro desgrana la labor de Shakespeare como actor y dramaturgo y la relación de estas facetas que todos estos acontecimientos políticos.

El tercer volumen que os recomiendo es “Shakespeare: la invención de lo humano”, de Harold Bloom. Bloom fue una autoridad en cuento a Shakespeare se refiere. Un crítico literario de enorme sagacidad aunque parcial siempre que hablaba del dramaturgo inglés. En este libro, le concede el mérito de inventar la personalidad humana tal y como la conocemos, a la vez que trata de responder a las preguntas sobre su influencia. Más de 700 páginas de revisión, análisis y especulación sobre las ideas de Shakespeare, sobre sus personajes y sobre un legado incombustible.

Por último, quisiera recomendar un último ensayo. Lo firma Frank Kermode, crítico que ha trabajado Shakespeare en numerosas ocasiones y que en “Shakespeare’s Language” nos ofrece un análisis de la escritura del autor. Kermode asegura que la producción de Shakepeare era más compleja de lo que creemos, incluso para el público de su época. Si bien este libro solo está disponible en inglés, lo recomiendo para todas aquellas personas que gustan de las lecturas en profundidad.

Del resto de temas tratados en el episodio, insisto en recomendaros el libro de Silvia Federici “Calibán y la bruja”. Algunas de las bases de la autora parten, como os decía, de Antonio Gramsci, del que podéis encontrar numerosos ensayos y biografías. He seleccionado entre las disponibles, sus “Escritos”, editados por Alianza Editorial; o la antología que editó Akal en 2013. Llaman la atención sus escritos carcelarios, de enorme lucidez en una época donde el fascismo era ya una realidad ineludible.

De Gayatri Spivak, me quedaré con su ensayo/artículo “¿Puede hablar el subalterno?”, texto de carácter feminista que a día de hoy está descatalogado pero que aún puede encontrarse de segunda mano o disponible para descarga en algunos repositorios universitarios.