La digresión homérica en “Pastoral Americana”

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De lectura obligada, el primer capítulo de la Mimesis de Erich Auerbach plantea importantes cuestiones sobre el estilo homérico. Entre ellas, la necesidad de sus digresiones, el hecho de que el aedo interrumpa la narración para recuperar acontecimientos pasados que expliquen el presente. Esta técnica deja poco espacio para otras interpretaciones, como ocurre con los textos bíblicos, más, por así decirlo, compuestos para ir al grano.

Recordaba a Homero durante la lectura de Pastoral Americana, la monumental (creo que no me exceso con el adjetivo) novela de Philip Roth. Centrada en la vida y milagros de un empresario del sector textil, repasa diferentes décadas de la vida estadounidense sin escatimar detalles en la descripción de eventos, escenarios y conductas de los personajes. Es una obra maximalista, amiga de las digresiones, de los derroteros que se ramifican en otros derroteros de la misma importancia argumental, donde los cambios sociales se enfrentan (y aquí encontramos una de las claves de la obra) con la ética del Sueco, el protagonista, de férreos valores heredados de su padre o de una sociedad anterior a la Guerra Mundial, la segunda, que chocan, a medida que se aproximan los años sesenta, con unos cambios culturales difíciles de aceptar.

Podría decirse que el Sueco es un héroe homérico, encerrado en su mundo institucional, ya sea en su periplo universitario, caracterizado por el éxito deportivo; su ascenso en terrenos capitalistas, con un negocio legado que, a modo de reflejo, también sufrirá los estragos del tiempo; y su vida familiar, necesaria para afianzar el “sueño americano” y en la que se llevará los mayores reveses. El Sueco es homérico en este sentido, y debe serlo porque las condiciones de recepción de su historia también lo son. Recordemos que su vida es una ficción, el intento del narrador, trasunto del propio Philip Roth, de reconstruir la vida del enigmático magnate. Uno de los méritos de Pastoral Americana es hacernos creer que la vida y milagros del Sueco son reales, el metódico trabajo de reconstrucción de un autor. En realidad estamos ante la fantasía de un escritor que, en una vieja reunión de exalumnos, comienza a interesarse (obsesionarse) con la vida de un viejo colega, al igual que los poema homéricos redefinen el imaginario popular griego y fijan lo que será una tradición seguida por miles de autores posteriores. Roth, a través de su narrador, realiza el mismo gesto con la vida de un personaje de ficción. Cuando finalizamos la novela, y mucho antes de su mitad, ya estamos convencidos de que los hechos del Sueco son su vida.

Otro aspecto homérico presente en Pastoral Americana aparece en su final, en la cena que deviene el clímax de la obra. Roth establece una serie de tensiones para el desenlace que queremos (muy distinto al que él ofrece) y las desbarata cerca de las últimas páginas para construir una elaborada reflexión que no es más que una ficción accesoria que rompe el ritmo de la novela por completo. No en un sentido negativo, ya que, visto en perspectiva, el corte es necesario, sino en el sentido homérico que enunciaba Auerbach y que, en pocas y sencillas palabras, explica por qué Philip Roth “derrotea” a falta de escasas páginas para la conclusión. Todo debe explicarse, todo debe explicitarse, incluso los bucólicos pensamientos del protagonista antes del final.