Breve historia de la autoedición

¿Existe algo así como una historia de la autoedición?

La percepción actual sobre la autoedición es que estamos ante un fenómeno marginal compuesto por autores y autoras que, por diferentes motivos, son incapaces de acceder al circuito comercial.

También he defendido la idea de que la autoedición es una consecuencia de la democratización tecnológica que vivimos, donde, si tenemos las herramientas al alcance, ¿por qué no emplearlas?

Pero, mirando atrás, un atrás de siglos, vemos que la autoedición, la autopublicación y prácticas editoriales similares, discurren paralelas a la historia de la literatura o, para ser más precisos, ya que la literatura es un concepto relativamente moderno, la historia de la difusión de textos escritos.

La antigüedad y la historia de la autoedición

Hablar de edición en el mundo clásico es una falacia, una afirmación tomada por los pelos porque, básicamente, no existían libros impresos. Lo que sí había eran papiros, pergaminos y tablillas que, para el caso, funcionaban del mismo modo.

historia de la autoedición ejemplo de libro antiguo
Imagen por Tamara Menzi

Incluso el concepto de autoría es difuso, así que resulta difícil encontrar ejemplo de autores que ellos mismos escribieran, copiaran y distribuyeran sus propios libros. Existen figuras que recuerdan a la del editor en un sentido moderno, aunque no dejan de ser “emprendedores” que, por medio de esclavos, copiaban y distribuían documentos producidos por los autores del momento. El rigor era dudoso, pues tenemos testimonios de autores que se quejaban de este mercadeo en el que, aparte de no recibir compensación económica, las copias de sus obras presentaban imprecisiones o licencias que, en caso de los textos polémicos, avivaban las rivalidades entre los pensadores del momento.

En cambio, sí que es documentable el tráfico de misivas entre autores y allegados, textos de producción limitada que el autor entregaba a terceros y estos terceros facilitaban a personas de su entorno con la intención de que el mensaje se difundiera por la ciudad.

La autoedición como un fenómeno de la Modernidad

Doy un salto de siglos hasta la Modernidad porque, dentro de la historia de la autoedición, en la Edad Media los ejemplos de autores autoeditados son mínimos, hasta podría decirse nulos, ya que el sistema editorial estaba fuertemente controlado por la Iglesia.

Tendremos que esperar a la llegada de la imprenta para que un grupúsculo de autores y autoras, en la actualidad, parte de nuestro canon, decidieran ocupar la casilla de autor y editor.

Atendiendo a los nombres y las obras publicadas, se advierte cierto riesgo. Empezaré por firmas como la de Jane Austen o Emily Dickinson, presentes en la lista por una realidad ineludible: ser mujeres. La decisión de publicar sus propias obras tiene todo el sentido del mundo en ellas, ya que, a la siempre condicionante alfabetización, nos encontramos con un control patriarcal del sector, donde las voces femeninas fueron acalladas, a no ser que estuvieran en sintonía con el sistema.

Entre los autores masculinos que se autopublicaron, distingo propuestas que se salen de la preceptiva, como la poesía de Whitman o el Tristam Shandy de Laurence Sterne. En general, los autores autoeditados del XVIII y el XIX son figuras que vieron su trabajo rechazado por las editoriales. Ahora nos resulta chocante que alguien renuncie al Por el camino de Swann, de Marcel Proust, pero también es cierto que las historias de rechazo editorial forman parte de la mitología literaria, aquello a lo que muchas autoras y autores se aferran cuando su trabajo es constantemente ignorado por el mercado y el público en general.

También advierto un elemento político en la autoedición que posiblemente explore en otro artículo, ya que, aunque la literatura tienda al humanismo, en el fondo, está supeditada por los regímenes que gobiernan los mercados. El siglo XX y sus guerras son un ejemplo, con censuras de todo tipo (incluso quemas de libros) que justifican que un reducto de autores pagara de su bolsillo pequeñas ediciones de contenido sensible o escritas en idiomas proscritos.

El desborde de la autopublicación

Aunque la figura del autor/editor aparece en los registros de la propiedad intelectual desde hace décadas, con el caso paradigmático del editor que, de tanto en tanto, aprovecha su propio catálogo para “colar” una obra personal, el fenómeno no adquiere fuerza en la historia de la autoedición hasta el siglo XXI, cuando surgen las primeras plataformas de autoedición o de impresión bajo demanda. Responden al auge de la impresión digital, que permite tiradas pequeñas y una gestión de los libros íntegramente informatizada. A partir de ahí, la autopublicación se dispara, cualquiera se siente con la libertad para plasmar sus ideas en papel y distribuirlas por canales locales o aprovechando el alcance de estas mismas plataformas.

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