A Contrapelo T1x10: Fahrenheit 451, incendios y distopías

Al igual que dediqué un episodio a la novela de detectives, género que en ocasiones ha sido excluido de la supuesta “alta literatura”, en este episodio os traigo un clásico de la ciencia ficción, género al que también le ha costado hacerse un hueco más allá de las esferas comerciales.

Inicios de la ciencia ficción

No existe un consenso a la hora de determinar cuál fue el primer texto de ciencia ficción de la historia. Ya no digo novela. Las principales literaturas europeas cuentan con obras que se ciñen a las ideas de la ciencia ficción, con un fuerte elemento especulativo y mucha fantasía a la hora de describir fenómenos como “el viaje a la Luna”. Una corriente ubica un estricto punto de partida en el Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, mientras que nombres como Carl Sagan e Isaac Asimov, eminencias de la divulgación científica, apuntan al relato “Somnium” de Johannes Kepler. En dicha obra se describe un viaje a la Luna y, en lugar de enfatizar las dificultades de tal viaje, Kepler trabaja más por especular cómo se vería la Tierra y sus cambios desde el satélite.

Aunque la auténtica explosión del género no llegaría hasta el siglo XIX, con figuras como Edgar Allan Poe o el prolífico Julio Verne, cuya producción se aproxima más al corte científico que al fantástico.

Pues como os decía, la ciencia ficción siempre ha estado en el punto de mira del academicismo, que durante décadas la menoscabó al considerarla lectura de masas, puro entretenimiento. Al parecer no la veían capaz de albergar grandes ideas, y si las contenía, estas quedaban eclipsadas por su éxito comercial. Esa situación ha cambiado, o parece haber cambiado, ya que, en cuanto a reconocimientos, la ciencia ficción sigue moviéndose dentro de un círculo bastante cerrado, eso sí, con premios prestigiosos y reconocimiento de la crítica, pero siempre desde la estrechez que generan las etiquetas.

Ray Bradbury, el autor de la novela de este episodio, lo tuvo en mente durante la gestación de Fahrenheit 451. Fue una de las muchas ideas que contiene la novela, que ya desgranaré más adelante.

Apuntes sobre Ray Bradbury

Por el momento, quiero centrarme en la figura de Ray Bradbury, al que se le considera uno de los maestros del género. Fahrenheit 451 es una de sus mayores obras junto a otro clásico como “Crónicas marcianas”. Aunque Bradbury tocó todos los palos aparte de las novelas, como la poesía, el teatro y el ensayismo. Dentro de la prosa, se le conocen incursiones en la novela detectivesca, el terror y el género que nos ocupa, la ciencia ficción.

A Bradbury se le reconoce un marcado espíritu humanista, este se intercala con el fuerte desasosiego ante la incapacidad de los seres humanos de igualarse ante el universo. Sus novelas tienen una fuerte carga metafísica.

Este desencanto es evidente en Fahrenheit 451, principalmente, en el mundo distópico que la novela nos ofrece.

Argumento de Fahrenheit 451

¿Y de qué trata Fahrenheit 451? Fahrenheit 451 es la historia de Guy Montag, un bombero. No un bombero en el sentido que todos tenemos en mente, el de un esforzado profesional que apaga incendios. Todo lo contrario, los bomberos de Fahrenheit 451 los provocan. Cargan con lanzallamas que aniquilan toneladas de libros. Sí, libros. Exclusivamente libros. Es más, el título de la obra hace referencia a este gesto, ya que esos 451 grados Fahrenheit son los necesarios para que el papel de libros se inflame por sí mismo y arda. 451 grados Fahrenheit serían el equivalente a 232,8 ºC. En cualquiera caso, es un indicador, el título tiene un interés estético, ya que el rango de ignición es más amplio, todo depende del tipo de papel.

Como decía, el protagonista de la novela es Guy Montag, un bombero que vive en una sociedad en la que, además de prohibirse los libros, sus ciudadanos sufren una importante alineación debido al constante bombardeo de imágenes de los medios, el consumo excesivo de televisión, así como un interés hacia la novedad, a la inmediatez, donde hasta noticias tan importantes como la guerra son espectáculos que ni logran atraer la atención de las masas ni cuarenta y ocho horas.

En este escenario deprimente, Montag experimentará un despertar existencial. Se alejará paulatinamente de la alineación imperante y cobrará en él un fuerte interés por los libros y sus contenidos, por la cultura en general. Decisión que, como os podéis imaginar, le pone en el punto de mira de las propias instituciones a las que sirve.

Sobre las interpretaciones de Fahrenheit 451

La novela, como ocurre con todas las obras que contienen grandes ideas, ha despertado diferentes interpretaciones. Todas ellas son de contexto. La primera viene de lejos, de cómo las quemas de libros se han repetido a lo largo de la historia, en especial para atajar las ideas revolucionarias o contrarias al régimen imperante. Otra teoría se centra en la propia época de Bradbury, en la situación política de los Estados Unidos durante la Guerra Fría y la llamada era MacCarthy. El macartismo fue un periodo de unos seis años en los que, bajo la sospecha de ser comunistas, muchos ciudadanos fueron acusados de traición a la patria, eso sí, lo más flagrante, sin derecho a un proceso legal que les permitiera defenderse. Es el tiempo de las listas negras, de la caza de brujas que, en algunos casos, supuso la ruina de los acusados.

La tercera interpretación más popular de Fahrenheit 451 nace de la relación de los medios de comunicación de masas, principalmente, la televisión, con la literatura. Bradbury ya anticipa la pérdida de interés en las letras, así como el declive de oficios y grados académicos; una realidad, por otra parte, que a día de hoy seguimos sufriendo.

Respecto a la televisión, Bradbury anticipa un excesivo interés por la experiencia inmersiva, por pantallas tan grandes como las paredes de un piso en las que se proyectan reality shows y noticiarios por los que pasan anuncios a gran velocidad. El objetivo de las autoridades es apartar la atención de los ciudadanos de aquello que es más importante, de las cuestiones esenciales que nos hacen seres humanos. Bradbury tampoco descuida la gran preocupación estadounidense del momento: el miedo a una guerra nuclear. Lo identificamos en los fugaces bombardeos que inician y terminan guerras en un instante, que destruyen ciudades lo más rápido posible para que los supervivientes puedan seguir comiendo telebasura.

Relatos que influencias a otros relatos

Si bien Fahrenheit 451 trabaja por unas ideas concretas, su germen son diferentes relatos y anécdotas del autor, todas ellas relacionadas con los libros y con la libertad de expresión. La combinación de todas ellas gestó Fahrenheit 451. Por ejemplo, su relato “El peatón”, de 1951, nace de una anécdota del propio Bradbury. El escritor fue detenido e interrogado por un policía cuando daba un paseo de noche. Cuando le preguntaron “Qué está usted haciendo”, Bradbury respondió, no sin ironía, “poner un pie frente al otro”. En “El peatón”, el autor lleva la anécdota a un nivel exagerado, ya que el protagonista es detenido por lo mismo. El problema es que, en el futuro en el que reside, ese tipo de prácticas son raras, ya que todo el mundo se queda en casa y mira la televisión. El personaje será ingresado en “Centro psiquiátrico para el estudio de Tendencias Regresivas”. Toda esta idea tendrá un eco en Fahrenheit 451 y su sociedad autoritaria que distrae al ciudadano con los medios.

En la obra advertimos una preocupación en la fragilidad de los libros, y al igual que en anteriores episodios del podcast os hablé de la fragilidad de la narración oral, en la novela de Bradbury encontramos un gesto inverso, una vuelta a la memoria y la narración.

Es una obviedad decir que, para un escritor, los libros son todo. En el caso de Bradbury, la cosa va más allá. Su pasión por los libros comenzó bien pronto. Tras graduarse del instituto, y tras confirmarse la imposibilidad de ir a la Universidad, ya que su familia no pudo permitírselo, Bradbury comenzó a frecuentar la Biblioteca Pública de Los Angeles. Fue durante los años veinte y parte de los treinta. La Biblioteca se convirtió en su educación académica.

Saber que una biblioteca como la de Alejandría fue incendiada premeditadamente y que tanto los nazis como el régimen de Stalin habían quemado libros y ejecutado a escritores y poetas, definió la preocupación de Bradbury por las letras. Si le sumamos que él vivió tanto la época dorada de la radio como de la televisión, entendió rápidamente que la literatura y el conocimiento en general jugaban en desventaja.

Ray Bradbury también introduce importantes metáforas en la narración. En muchos casos, establecen polaridades, como la separación que hace entre la ciudad, convertida en una jaula segura, y las extensiones salvajes, donde es el único lugar donde los lectores de libros pueden estar a salvo.

Aunque el símbolo indiscutible de Fahrenheit 451 es el fuego. Ya no solo en sus apariciones explícitas, también en el campo semántico empleado por el autor, ya sea en sus títulos o en los contenidos. El fuego es aquí un símbolo de destrucción, pero como se comprueba hacia el final de la novela, también de creatividad y vida.

En conjunto, Fahrenheit 451 es un hito dentro de su género, ya no solo dentro de la ciencia ficción, también en lo que se refiere a la narración de distopías. En el segmento de recomendaciones citaré algunas de las más top, al mismo nivel que esta. El éxito de Bradbury es construir un escenario que, aun en nuestros tiempos, es sofisticado, escapa a la obsolescencia que caracteriza al grueso de la ciencia ficción del siglo XX, en especial tras el cambio de milenio, caracterizado por una pronunciada aceleración tecnológica. En lo literario, Fahrenheit 451 es una novela con una prosa rica y cierta lírica en la exposición de sus ideas, un imaginario igual de rico y, a mi parecer, y esto lo ha conseguido con el tiempo, una meritoria posición entre el clásico literario y el best seller.

Quemas de libros en la historia

En el segundo segmento del episodio, el protagonista es el fuego. El fuego como herramienta de represión y destrucción de libros.

La práctica, por desgracia, no es nueva. Lo mismo ocurre con el asesinato de académicos, escritores e intelectuales en general. Desde acciones sutiles a terroríficas. Tenemos el caso de la China del 212 a. C, en la que todos aquellos que se opusieron a la quema de volúmenes, o rollos, si tenemos en cuenta la época, fueron enterrados vivos.

Luego está todo el tema de la quema de bibliotecas. Tenemos constancia de los tres incendios de la Biblioteca de Alejandría, dos de ellos accidentales pero el tercero premeditado. Lo mismo ocurrió con la biblioteca de Bagdad, que fue incendiada por los mongoles tras la conquista de la ciudad en el 1258.

En la tradición cristiana hay numerosos casos de quema de libros, de autores concretos, como Arrio, Nestorio, Porfirio y Teodoreto de Ciro.

A finales del siglo XV tenemos en Florencia la quema de libros y obras de arte especialmente valiosas. El motivo: su inmoralidad. El acontecimiento, promovido por Girolamo Savonarola, fue conocido como la “Hoguera de las vanidades”, evento que inspiraría en 1987 la novela de Tom Wolfe del mismo nombre.

La más conocida de los últimos cien años la protagonizó la Unión Estudiantil Nacionalsocialista, con el ascenso del partido nazi al poder alemán en 1933. Comenzaron las persecuciones de todos aquellos autores anti-alemanes. Entraron en el saco los escritores marxistas, judíos y hasta los pacifistas en contra esta escalada de terror. El clímax de estas persecuciones fue el 10 de mayo de ese mismo año, cuando se organizó la metódica quema de libros en la Opernplatz, delante de la Universidad de Humboldt. El gesto generó una reacción en cadena a la que se adhirieron 21 universidades alemanas.

Menuda locura…

Y aun siendo ejemplos llamativos, no representan ni un 25% de las quemas de libros documentadas a lo largo de la historia, más aquellas de las que no tenemos constancia. La parte buena de esta serie de desgracias es el conocimiento por parte de los que queman de la importancia cultural e ideológica de un libro.

Acerca de la distopía

Seguimos con la segunda parte de este episodio dedicado a Ray Bradbury y su Fahrenheit 451 con un acercamiento al concepto distopía, totalmente asociado a su obra.

Aunque, históricamente, le gane en popularidad el concepto hermano de utopía, la distopía fue documentada por primera vez en un discurso de John Stuart Mill, en 1866. De Mill diré que fue un político y filósofo británico, sin intereses literarios hacia el género que nos ocupa. Su uso de la palabra le vale para designar una concepción política basada en una reflexión teórica difícil o imposible de realizar en su pureza, pero además con un elemento injusto, y por lo tanto, no deseable por sí mismo o por las consecuencias que de ella se derivan. A nivel político, es un concepto un tanto subjetivo, ya que lo que unos consideran injusto otros pueden juzgarlo de aceptable. 

Pero siguiendo con la definición de distopía, rápidamente, el concepto refirió a representaciones ficticias de sociedades futuras con características negativas, tal y como indica la RAE. El diccionario añade que estas características son las causantes de alienación moral.

El problema de la distopía que es un concepto dependiente. Dependiente de la utopía, concepto más antiguo que aparece en la obra de Tomás Moro, en 1516. La utopía, etimológicamente, significa “no lugar”, es un lugar que no existe. El problema es que, con el tiempo y el mal uso, hemos extendido su significado. Mucha gente cree que las utopías son lugares de connotación positiva. La intención de Moro fue más bien neutra. Por eso, aunque casi no se utiliza, no se utiliza popularmente, digo, el término correcto para esos lugares ideales es eutopía.

Con la utopía existen dos gestos: restaurar los ideales que (piensas) que existieron; o proyectar en el futuro ese mundo ideal que no ha ocurrido pero que deseas que ocurra. Visto así, la utopía será siempre algo justo, bueno y deseable. No obstante, muchos politólogos y filósofos nos han puesto sobre aviso de los peligros de algunas utopías aparentemente perfectas que, sin embargo, son provocadoras de grandes males.

Volviendo a la distopía, como forma literaria, presenta un gran espíritu crítico. Imagina un futuro muy negativo porque su intención es reflejar algo que está ocurriendo en el presente que deberíamos corregir. En sí, deja espacio a la esperanza, como en el mito de la caja de Pandora. En cualquier caso, aunque trabajen con futuros distantes, en ningún momento traicionan al presente. La tecnología convierte esos lugares en espacios viables. No se busca la evasión, como en ficciones futuristas como el género de la space opera, la ciencia ficción que rige la saga Star Wars, por ejemplo. Tampoco quiere ser en exceso protagonista, de ahí que en “Fahrenheit” se habla de una tecnología que aliena pero en ningún momento se desentraña su funcionamiento.

Recomendaciones relacionadas con Fahrenheit 451

Comenzamos con las recomendaciones y las lecturas paralelas a Fahrenheit 451.

Para empezar, al ser una novela popular, la podéis encontrar con facilidad. Tengo especial predilección por las ediciones de Minotauro, en especial, la edición de este mismo año, la que celebra el centenario del nacimiento de Ray Bradbury. Destaca por sus prólogos, dos, firmados respectivamente por Laura Fernández y Neal Gaiman. DeBolsillo, por su parte, dispone, además de la versión habitual, una novela gráfica ilustrada por Tim Hamilton. Este cómic se suma a los diferentes productos visuales que derivan de la novela, siendo el más destacado, sin duda, la adaptación cinematográfica de 1966 firmada por François Truffaut. La novela también generó un videojuego a comienzos de los ochenta, en el que el propio Bradbury participó.

Si Fahrenheit 451 es vuestro primer contacto con la distopía, podéis atacar a otras dos obras: la primera, “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, y la segunda, “1984”, de George Orwell. Junto a “Fahrenheit” conforman el triunvirato del género.

Otro maestro de la distopía es James Graham Ballard, autor de Crash y Rascacielos, entre otras muchas obras. Sus creaciones llevaron el concepto distópico a otro nivel, con sociedades totalmente desarticuladas por fenómenos climáticos o una tecnología que conduce a la destrucción del espíritu. Y si, por el contrario, os queréis adentrar en el mundo de las utopías, saltad unos cuantos siglos y adentraos en la Utopía de Tomás Moro. La idea de Moro no es crear un género literario, pero su método resulta clave para entender lo que vino después. “Utopía” es una crítica, un lugar ficticio que funciona tan bien social y políticamente que, ¿por qué no emplearlo como alternativa de gobierno en la Europa del siglo XVI? Gran pregunta. De este libro, os recomendaría la edición que Ariel editó en el V centenario de la obra. Incluye textos de la escritora Ursula K. Le Guin e introducción de China Miéville, ambos conocidos por sus ficciones especulativas.