A Contrapelo T1x08: El detective literario, el urbanismo y las sociedades cerradas

Ilustración de Sidney Paget sobre Sherlock Holmes
Ilustración de Sidney Paget

Guion del episodio

En este episodio, los protagonistas son miembros de uno de los colectivos literarios más carismáticos de la literatura. Hablo de los detectives, una figura que surge de un contexto muy concreto y que, rápidamente, entró al imaginario colectivo para quedarse. Porque, ¿quién no ha oído hablar, por ejemplo, de Sherlock Holmes? Hoy, os hablaré de este personaje y de sus predecesores, de las causas que gestaron este oficio en el siglo XIX y de las semillas que gestarán el género negro.

Con las cartas sobre la mesa, solo queda daros la bienvenida al octavo episodio de A Contrapelo, un podcast creado y narrado por Bill Jiménez.

El detective literario

Aunque a lo largo de los años haya experimentado mil y una formas, el detective del siglo XIX tiene en nuestra mente unas características y unos comportamientos fáciles de reconocer. Son personas inquisitivas, observadoras, hábiles a la hora de moverse por distintos estratos sociales y su procedimiento pasa por un análisis exhaustivo, y en ocasiones, sobrehumano, de objetos y sujetos.

Pero incluso siendo difícil empatizar con su personalidad y su oficio, resultan adictivos para una legión de lectores. Incluso en nuestros tiempos, en los que podría decirse que la fórmula ha sido superada. Pues aun así, mucha gente sigue consumiendo las ficciones de Shelock Holmes, Miss Marple y Hércules Poirot.

Encontramos el origen de las novelas policiales en los cuentos de Edgard Allan Poe. En abril de 1841, Poe publicó “Los crímenes de la calle Morgue” en la revista Graham’s Magazine. El relato reúne los rasgos que caracterizarán a las narraciones detectivescas posteriores.

Entre esas características está, como os podéis imaginar, un crimen. En este caso, la muerte de dos mujeres, madre e hija. Otra de ellas es la naturaleza irresoluble del delito y la impotencia de la policía local de hallar un culpable. Y tercer rasgo, y más importante, la presencia de un personaje ajeno a la Ley que con su intelecto resolverá el caso. En Poe, el protagonista es C. Auguste Dupin., que reaparecerá también en los relatos “El misterio de Marie Roget” y “La carta robada”.

Lo bueno de Dupin es que existe antes que el concepto moderno de detective. Antes de Poe, existieron otras obras que mostraron interés por el crimen y su resolución, pero no con estas características tan concretas. Sin ir más lejos, tenemos el caso de “Edipo Rey”, la tragedia de Sófocles, en la que también hay un crimen y una investigación posterior. Algunos teóricos han querido convertir a esta obra teatral en la primera novela detectivesca de la historia. Aunque tengan argumentos a su favor, también cuenta con muchos en contra, así que nos ceñiremos al trabajo de Poe a la hora de establecer este origen.

ejemplo de detective literario: aguste dupin
Ilustración de Frédéric Théodore Lix sobre A. Dupin.

¿Y cómo es Dupin para que su figura sea tan influyente?

Más que por un rasgo físico, recordamos a Aguste Dupin por su inteligencia. O más bien su método. El método analítico que le permite desentrañar cualquier misterio. Es observador, presta atención al detalle, incluso al que es casi imperceptible. También es culto, pero su mayor virtud es combinar la lógica científica con un punto de imaginación artística. En cualquier caso, cuando llegan las conclusiones, Dupin es lógico, incluso frío y distante, sin empatía alguna hacia las víctimas, únicamente concentrado en resolver el caso.

Otro de los aspectos secundarios que caractizan a Dupin y que también serán recurrentes en otros detectives, es el rol de detective consultor o, directamente, detective amateur. Muchos de los detectives literarios no son policías, ni han tenido relación alguna con la Ley, pero hacen tan bien su trabajo que son los primeros a los que acude la autoridad cuando un caso se les va de las manos.

Otro mérito de este detective es que Poe naturaliza lo sobrenatural. Sus personajes se enfrentan a criminales atroces, auténticos monstruos, pero en el fondo, humanos. Se alejan de las criaturas de la novela gótica o personajes como el Dr. Jekyll, creado por Stevenson, que si bien recorren la línea de lo humano, caen con facilidad en lo fantástico. En Dupin los crímenes siempre tienen una explicación. Los objetos desaparecidos no son invisibles, simplemente no los buscamos como se debería. La investigación y la deducción se cargan de un plumazo toda superchería.

Aun así, en la novela detectivesca reside la base ideológica del bien contra el mal, aunque en este caso sea la lucha de dos mentes privilegiadas, ya que los villanos de estos relatos y novelas también demuestran una inteligencia por encima de la media.

El éxito de los detectives literarios puede medirse en cifras. Auguste Dupin aparece en tres relatos de Edgard Allan Poe. Sherlock Holmes, el, sin duda, detective más popular de la historia, protagonizó cuatro novelas y 56 relatos. Hercules Poirot, el detective privado belga creado por Agatha Christie, aparece en 33 novelas y 50 relatos cortos. Y no incluyo aquí a creaciones paralelas, como Miss Marple, también de Agatha Christie o los numerosos epígonos que sistematizaron el género, convirtiéndolo en una forma que, no nos vamos a engañar, le restó méritos. La novela policiaca se vuelve tan popular que, al masificarse, se juzga como subcultura.

Sherlock Holmes

Una vez analizado a Dupin, saltamos a Sherlock Holmes. Fue creado por Arthur Conan Doyle, al que no se le escapó la grandeza de Poe a la hora de iniciar un género. Llegó a decir que “Cada uno [de los relatos de Poe] es una raíz de donde se ha desarrollado una literatura completa… ¿dónde estaban las historias de detectives hasta que Poe sopló sobre ellas el aliento de la vida?”.

El Dupin de Poe aparece también en “Estudio en escarlata”, la primera novela de Sherlock Holmes. El Dr. Watson compara a su compañero con el investigador francés, a lo que este responde “Sin duda cree usted halagarme estableciendo un paralelo con Dupin. Ahora bien, en mi opinión, Dupin era un tipo de poca monta. Ese expediente suyo de irrumpir en los pensamientos de un amigo con una frase oportuna, tras un cuarto de hora de silencio, tiene mucho de histriónico y superficial. No le niego, desde luego, talento analítico, pero dista infinitamente de ser el fenómeno que Poe parece haber supuesto.”.

Ya sabemos que las opiniones del personaje no tienen que ser precisamente las del autor. La cuestión es que Doyle lleva un paso más allá el concepto del detective, convirtiéndolo en un genio dentro de sus especialidades. Y si insisto en sus especialidades es porque el propio Watson confirma que los intereses de Holmes por las artes, la política y otros aspectos de la vida londinense son paupérrimos. Él va a lo suyo, aunque en ocasiones parezca un asocial o un misántropo. Que quizá lo sea. Holmes es tan peculiar que Watson trata de dilucidar con una serie de apuntes a qué perfil se ciñe su compañero de piso, llegando a escasas conclusiones.

El gesto de Watson es lícito, ya que Sherlock Holmes es un producto de la modernidad. Es una de las figuras destacadas de la ciudad moderna, junto al flaneur, el paseante del que ya os he hablado en anteriores episodios; y el fisiólogo. De estas dos figuras poco diré, salvo lo más importante para el caso que nos ocupa. Los tres trabajan por las relaciones del individuo con la masa humana, siendo algunos científicos y otros más artísticos. El detective se encuentra en un término medio, cuenta con habilidad analítica y también con una notable capacidad de abstracción.

El idioma de las masas

¿Y en qué se relaciona el detective con la masa?

Para responder a esta pregunta, comenzaré por describir a la ciudad moderna posterior a la revolución industrial. No necesito centrarme ni en el París de Dupin ni en el Londres de Holmes, ya que, a su manera, las dos urbes comparten rasgos. Para empezar, ambas crecieron paralelamente al desarrollo industrial y, sobre todo, vieron como su población se multiplicaba con la inmigración. Esta llegó del campo, exigida por unas fábricas que reclamaban más y más mano de obra. Las ciudades, diseñadas para cubrir las necesidades de un momento, de una población determinada, pronto se vieron desbordadas por la demanda de hábitats, por las exigencias de una masas que fueron vistos como extraños.

En la actualidad ocurre. Frecuenta un pueblo por primera vez y rápidamente te ganarás miradas de curiosidad e incluso de recelo. También es cierto que en nuestra época vivimos a tope el fenómeno del turismo, cada vez cuesta más ser un forastero, pero creo que entendéis a qué me refiero. Las ciudades pasaron del modelo antiguo, caracterizado por la codificación de las gentes, a un modelo en el que cada persona tenía un origen distinto, ya fuera regional o incluso nacional. Llegó el anonimato, donde ni conoces ni te conocen. Y cuando hablo de una codificación de las personas, me refiero a que antiguamente, en especial, después del medievo, los habitantes de una ciudad se reconocían y reunían por familias, oficios, religiones, etc. Es más, existían fenómenos como el gueto, o los gremios, que colaboraban en la clasificación de esas personas.

Los detectives se convierten así en expertos en esa nueva codificación. Saben moverse por las calles sucias, mal iluminadas, incluso sin salida. Se relacionan por igual con el burgués y con la chusma de los barrios bajos. Es más, estas ciudades no entienden de barreras, el tránsito de personas era más libre que en nuestras ciudades, donde alguien que maneje dinero llama demasiado la atención en un suburbio. Y lo mismo ocurre con aquellas personas que, “por sus pintas”, no son bien recibidas en urbanizaciones pudientes. En la ciudad antigua, funciona el sentido común y la libertad es constante. Los gobiernos lo tendrán en cuenta en planificaciones urbanas posteriores, y poco a poco, las calles adoquinadas serán sustituidas por avenidas pavimentadas. Las calles estrechas en las que una masa podría hacerse fuerte, e incluso emplear los adoquines del suelo como arma, se sustituyen por grandes espacios donde las reuniones de gente son siempre visibles. Estos cambios en la forma de las ciudades alteran incluso la dinámica de los paseos.

Pues como os decía, el detective sabe descifrar este mundo intrincado, por eso es tan valioso para las autoridades del momento. A más población, más boca que alimentar, a menos recursos, mayores índices de delincuencia.

Burguesía y detectives

¿Y a quién sirve la figura del detective? ¿Al bien público? Ni mucho menos. Sí que es cierto que tiene una importante función social, pero el detective estándar, hombres como Dupin y Holmes, trabajan principalmente por mantener el orden burgués. La ideología burguesa quiere proteger el sistema de amenazas, defender el bienestar de ciertas clases. Por lo tanto, sirve a fines conservadores y, tras la resolución del caso, quiere generar un efecto tranquilizador. En “La carta robada”, el éxito de Dupin beneficia a la propia reina. En los relatos de Conan Doyle, Holmes bromea con que Scotland Yard siempre se apropie de sus méritos. Los propios medios colaboran en esta falacia, aupando a incompetentes que sirven a los intereses de las clases gobernantes.

Sobre esta vinculación del detective a la sociedad burguesa hablaré en el segundo segmento del episodio. En este, solo me queda puntualizar la diferencia entre el género detectivesco y la novela negra. El primero tiene su auge hasta la época de entreguerras. Para ese entonces, el modelo ya está más que agotado; las propuestas originales se cuentan con los dedos de la mano. Tendrá que llegar Dashiell Hammet y una nueva generación de escritores para redefinir lo que es y lo que no es una investigación detectivesca. Pero eso lo dejaremos para otro episodio, uno en el que le dedicaré tiempo a Hammet, Chandler y compañía.

El crimen como arte

Mientras estuvo en lo más alto, el género policíaco despertó auténticas pasiones. No solo entre los lectores, que disfrutaron con todos estos best sellers y las revistas en las que se publicaron, también entre los eruditos, que no se explicaban el placer que despertaban narraciones tan truculentas entre la sociedad victoriana, de corte puritano. Aquí recupero un texto de Thomas de Quincey cuyo título es ya una declaración de intenciones: “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”. Es de los primeros en formularse ciertas preguntas estéticas sobre la temática criminal. Si bien de Quincey se muestra irónico durante todo el texto, el humor esconde cuestiones fundamentales de carácter ético y estético. Para disfrutar de la parte bella de un crimen hay que suspender el juicio moral. De este modo, el asesino se convierte en artista y el crimen en su obra de arte. Un crimen perfecto, por ejemplo, trabajaría con los mismos sentimientos de temor y piedad que, según Aristóteles, podemos encontrar en una tragedia perfecta.

El detective literario como héroe no problemático

En el segundo segmento del episodio de hoy, nos acercaremos a la figura de Georg Lukács, filósofo marxista y crítico literario. El mío será un acercamiento superficial, prudente, ya que la producción de Lukács es inmensa, densa y abierta a infinidad de temas. De entre sus libros, me quedo con uno muy influyente: “Teoría de la novela”, publicado en 1920. Entre las tesis presentes en el volumen, nos encontramos la de la novela como modelo hegemónico de las sociedades actuales. De ahí que no sea una decisión arbitraria que algunos géneros prosperen más que otros, que los héroes del momento respondan con su carácter y decisiones a las necesidades de una sociedad. De ahí que se dividan en héroes no problemáticos y problemáticos. Los primeros son los héroes de la épica, de mundos cerrados en los que todas las respuestas recaen en figuras como las divinas, donde conceptos como la predestinación rigen las vidas de muchos. En cambio, los héroes problemáticos son más propios de la novela. Estos héroes se cuestionan los valores indiscutibles, las barreras sociales y no encuentran su lugar en el mundo, por otra parte, una realidad abierta y llena de posibilidades.

Esta polaridad entre el héroe problemático y el no problemático se ha repetido en la historia de la literatura como si de un partido de tenis se tratase, en especial, en la época moderna. En el caso que nos ocupa, el de los detectives del siglo XIX, advertimos un perfil no problemático. Los detectives trabajan por el bienestar de la autoridad, no se plantean que esa autoridad pueda fallar o, directamente, que sea corrupta, como apuntarán los escritores de novela negra. Tienen mucho de héroe clásico, es más, existen llamativos paralelismos con otro héroe no problemático: el caballero andante. El detective, al igual que los caballeros de la tabla redonda, protegen la ciudad, actúan individualmente aunque de tanto en tanto se permiten un escudero, como es el caso de Watson; es más, estos comparsas los hacen brillar, ya que se maravillan con sus logros y logran que el lector aún valore más la labor detectivesca; además, como he dicho en varias ocasiones, tienen un código ontológico y siempre actúan cuando se rompe el equilibrio entre el bien y el mal.

Lukács acertó de pleno a la hora de establecer este corte entre personajes y civilizaciones. Naturalmente, hemos de tener en cuenta el trasfondo marxista de sus ideas, pero no invalida la reflexión. “Teoría de la novela” es un libro recomendable, pero no os engañaré, es denso. Si eres un aficionado a la literatura, quizá lo encuentres farragoso; así que guárdatelo para un momento más teórico.

Otro pensador que os ayudará a entender mejor el mundo de los detectives y las ciudades del siglo XIX es Walter Benjamin. Como Lukács, requiere tiempo definir los intereses de este filósofo. Eso sí, el arte vertebra el grueso de sus textos. Y aunque no exista un ensayo concreto en el que nos hable del género detectivesco, sí que encontramos menciones a este en otros textos. En el “Libro de los pasajes” relaciona los orígenes de la novela detectivesca con una trasposición del oficio de cazador al entorno urbano. Dirá en él que la literatura detectivesca saca provecho de “los lados inquietantes y amenazadores de la vida urbana”. Todos somos sospechosos en nuestra relación con la multitud, el espacio urbano, densamente poblado, se nos queda pequeño. Las miradas se cruzan, el anonimato es el nuevo miedo hacia lo desconocido.

Otro filósofo que dedicó tiempo e ideas al género detectivesco fue Sigfried Kracauer. Digamos que todos los ensayos de este segmento rondan las mismas fechas, comienzos del siglo XX. Lo bueno es que trabajan con conceptos perennes, aún vigentes. El acercamiento de Kracauer es filosófico, no le interesa analizar ni el contenido ni el estilo de estas obras. En su lugar, dando un giro a mi parecer brutal, interpreta las novelas detectivescas desde la “Crítica de la razón pura”, uno de los textos más emblemáticos de Kant. Lo grande de Kracauer es que los paralelismos son tremendos, no se inventa nada. Kracauer acerca la novela policial a la ciencia.

Recomendaciones

El segmento de recomendaciones de este episodio me va a quedar algo pobre. No tengo predilecciones acerca las ediciones que se han hecho de la obra de Arthur Conan Doyle. Sherlock Holmes se reedita constantemente, en especial, en colecciones que reúnen sus novelas y relatos. De esas que podéis encontrar en quioscos y librerías.

Eso sí, me llama la atención la edición conmemorativa de “Estudio en escarlata” que editó Penguin en 2017. Incluye las ilustraciones originales de D.H. Friston, las mismas que aparecieron en el almanaque Beeton’s Christmas Annual en noviembre de 1887.

Sobre los relatos de Dupin, también son fáciles de localizar. Por ello, me centraré en un ensayo fundamental sobre Edgard Allan Poe. Escrito, ni más ni menos, por Charles Baudelaire. En él, analiza la importancia de Poe para la literatura moderna. Una influencia que aún perdura. La figura de Poe, aunque suela vincularse a alguno de sus poemas y relatos más tétricos, es tremendamente poliédrica. Poe fue un crítico literario excepcional, al que tengo intención de dedicarle más tiempo en futuros episodios.

Y poco más añadiré al episodio de hoy. Aunque parezcan surgidos de la literatura de entretenimiento, los detectives del siglo XIX siguen vigentes en nuestra cultura. El grueso de las series de televisión detectivescas, siguen la misma fórmula deductiva de Holmes y Dupin. Quizá la caracterización de los personajes esté más adaptada a nuestros tiempos, pero el modelo es el mismo. El Dr. House, el equipo de CSI, etc, etc. no están tan alejados del detective clásico. Es más, en la actualidad, personajes como Sherlock Holmes siguen dando de qué hablar, como es el caso de la serie de films producidos por la BBC, protagonizados por Benedict Cumberbatch; o la serie “Elementary”, ambos, acercamientos contemporáneos a un héroe ya legendario.

Y aquí finaliza el octavo episodio de A Contrapelo. Acabo como siempre, agradeciendo vuestra atención y remitiéndoos a mi Twitter en caso de duda o sugerencias. @billjimenez