“Yo soy Caná”, un relato sobre milagros vintage en tiempos modernos

Comenzar el relato de mi vida arrastrándome por la arena de una playa, la escápula derecha destrozada por una bala de cinco milímetros de diámetro y el hombro convertido en una orquídea de carne y sangre indica, por muchos giros que me saque de la manga, que esta historia acabará de todo menos bien. Pero que mis últimas energías me impelan a alcanzar las cercanas aguas, olvidando algunas vísceras por el camino, también es síntoma de determinación, una profunda e indiferente a conceptos tan definitivos como la agonía y la muerte.

Mi vida, o al menos la vida que pueda interesar al mundo, comienza con un bebé sostenido por su madre y depositado con infinito amor dentro de una bañera. La criatura, tras la impresión inicial, agita sus bracitos mientras le frotan suavemente con una esponja. Todo eso ocurre antes de que el agua se oscurezca y adquiera unos tonos sanguinolentos que aterrorizan a mi madre, que rauda me saca de la tina en busca de la herida fatal. Mi padre, realista, tranquilizador, indica que no hay bebé que pueda sangrar tanto, y acercando la nariz a la bañera, descubre en su contenido un aroma tánico y perturbador.

Entre las imágenes recurrentes de mi infancia se encuentran las salas de espera de, primero, pediatras, y posteriormente, y ante la falta de resultados, especialistas que revisaban páginas y páginas de informes, análisis y pruebas de distinta índole hasta sacudir la cabeza, guardar silencio durante segundos y recomendar a mis padres una segunda opinión. Yo, condicionado por la inocencia, encontraba esa rutina aburrida pero soportable, sin dar auténtica importancia a las muchas anécdotas que se sucedían a mi alrededor, como el expediente que abrieron a mi escuela cuando Sanidad descubrió que en el comedor se servían bebidas alcohólicas a menores; o cuando en unos campeonatos entre institutos, la piscina en la que competíamos cambió su agua y cloro por un regusto a madera y frutas del bosque. Nadie supo en esos primeros años qué originaba el fenómeno, salvo mis progenitores, que acostumbraban a sacarme del lugar de los hechos rápido y sin levantar sospechas.

Los siguientes profesionales especializados en mi posible dolencia lucían alzacuello blanco y sostenían cruces al hablarme. Sus opiniones derivaban siempre al mismo pasaje de la Biblia y fueron ellos los primeros en pedirme que transformara el agua de un vaso. Sonreí como un bobalicón. Hasta el momento había asumido que a mi alrededor ocurrían acontecimientos extraños, pero no que emanaran de mi persona. Naturalmente, y tras contemplar el recipiente durante unos segundos, la combinación de hidrógeno y oxígeno mutó en un caldo de un intenso rojo que los clérigos, con temor reverente, cataron introduciendo su meñique dentro.

A la semana, un nuevo sacerdote irrumpió en mi vida, un hierático personaje que estrechó manos entre sus colegas, rechazó cortésmente las atenciones de mis padres y solicitó una nueva demostración de mis prodigios. La obtuvo, anotó las conclusiones en una pequeña libreta y ordenó al público que nos dejara solos. Tomó una silla y se sentó a menos de un metro de mí, mirándome fijamente, como mucho pestañeó en un par de ocasiones, siempre con las manos aferradas a sus rodillas y esa leve inclinación de los que quieren reforzar sus argumentos con una chispa de amenaza. Aquel hombre de fe me dijo, tras insistir en que memorizara sus palabras porque usaría conceptos que, en esos momentos, escaparían a mi entendimiento y a los que debería dar uso cuando la edad y la experiencia me concedieran la sabiduría para interpretarlos, me dijo que era especial, casi tanto como el hijo del Dios al que servía, pero que, desde una perspectiva teológica adaptada al complejo mundo en el que vivimos, mis milagros eran de segunda división, fenómenos que podían convertirse en una entretela, ensuciar el trabajo que los suyos habían llevado a cabo durante siglos. Yo asentí y, durante un tiempo, jugué a ser especial sin demostrarlo, hasta que la vanidad y pequeños deslices como transformar una fuente pública en un surtidor de Cabernet Sauvignon, me indicaron que hasta los jugadores de divisiones menores tienen derecho a un pedazo del pastel de éxito.

Una carrera universitaria y muchas horas entrenando mi habilidad desembocaron en la primera barrica de un negocio que los consumidores valoraron por sus cualidades organolépticas y el misterio tras su producción. Recuerdo las risas de mis padres al leer las críticas de nuestros vinos, las mentiras urdidas en las entrevistas cuando los expertos visitaban nuestros viñedos, ficciones que escondían una verdad tan simple como pasearme por un almacén de agua embotellada, contemplar los recipientes durante segundos y convertir el contenido en un caldo que cotizaba alto en las mejores mesas del mundo. Agua vuelta vino y vino vuelto dinero. Fueron tiempos de abundancia, controlada abundancia como así decretó mi siempre celoso padre, tiempo de relajarse, disfrutar del éxito y conocer a la que sería mi esposa durante cinco años.

Amar es un vertiginoso causa y efecto. Disfrutas del matrimonio, te sientes querido y puedes retornar ese amor con creces. Llega un momento en que haces a tu mujer partícipe del secreto que os da de comer, y tarde o temprano, sus deberes como hija, hermana o sobrina la conducen a compartirlo con terceros, y esos terceros con cuartos hasta completar una larga lista de confidentes que, en algunos casos, se toman el descubrimiento con asombro, y en otros, como una mezquina oportunidad de lucro. Así fue cómo el secreto oculto por la indiferencia de médicos y párrocos salió a la luz y cayó en manos de una sociedad aficionada a las especulaciones y actuar, con o sin razón, en consecuencia.

El pueblo contra el hombre que convertía el agua en vino: un juicio sonado, mediático, pensado para hundir un negocio y una vida de la noche a la mañana. Las falsas vides se marchitaron y las amenazas llamaron a mi puerta acusándome de falso profeta y demonio. Mis padres ejecutaron su efectiva maniobra envolvente, pero el niño confuso de antaño no quiso huir, era un adulto con el orgullo fortalecido por el éxito, dispuesto a plantar cara a las adversidades mediáticas. Fue mi esposa la que finalmente lidió con el marrón llamado opinión pública, que incluía a periodistas sin escrúpulos y masas ávidas de respuestas, entre ellos, chalados que me veían como un mesías dionisíaco o los oportunistas que tanto les daba que el vino brotara espontáneamente siempre y cuando los beneficios acabaran en sus bolsillos.

Para un hombre con mi don, dejarse llevar por el orgullo tiene como última y fatal consecuencia sucumbir a tu propio milagro. Por aquel entonces bebía mucho, terminaba las jornadas borracho y ocurrió lo que ocurre cuando desordenas tus prioridades. Mi mujer, que podía esconderme las llaves del mueble bar pero tenía escaso poder sobre el agua de los grifos, reunió sus deseos y miedos en un ultimátum que, como toda comunicación dirigida hacia un interlocutor perpetuamente ebrio, cayó en saco roto. Abandonó el hogar a los pocos meses, sumando su divorcio a la locura de mi proceso, que iba encaminado a una condena interminable. Opté por divertirme antes de que todo mi patrimonio se fuera al garete: hubo cuantiosas apuestas, regalos caros a desconocidos, sumas de estupefacientes a la ecuación de mis dependencias, y jacuzzis llenos de Merlot y prostitutas siempre sonrientes que intercambiaban billetes por favores carnales.

Recuerdo las caras de los miembros del jurado al anunciar mi implicación en una ristra de delitos de terminología compleja y fuertemente vinculados a la palabra estafa. Luego, el juez recitó la cifra astronómica que resumiría mi bancarrota e incluso satisfizo a las masas reunidas a la salida del juzgado ordenando que me esposaran y dejaran mi seguridad en manos de un grupo de policías. Hubo zarandeos, mucho griterío e infinitas amenazas calentando el ambiente, y supongo que cuando las temperaturas suben tanto, tarde o temprano alguna neurona se ve afectada y envía órdenes incorrectas a sus hermanas, todo un cerebro alimentado con incultura e instintos primarios que desemboca en un fanático sosteniendo una pistola. El pánico formó un carril de tránsito rápido, mis ojos en un sentido, la bala en el de vuelta, y a menos de un juego de falanges de volarme la tapa de los sesos, mi asesino, o como demostraron los acontecimientos, presunto asesino, cayó de rodillas víctima de una súbita excitación. Soltó el arma y falleció en el acto, dejando un tieso cadáver e infinitas interpretaciones en torno a su muerte.

Mi abogado imitaba sin saberlo al sacerdote que de pequeño me habló de los milagros de segunda división. Tomó asiento frente a mí, sofás caros en lugar de sillas carcomidas, y me dijo, previo despliegue de informes médicos, que el Gobierno pensaba interceder en la demanda, restituir mi fortuna y echarme un cable en el tema de mi divorcio. Revisé la documentación que me tendía, el análisis forense de un desconocido que, días atrás, había fallecido por una contaminación de hexosas, pentosas y ácidos como el tartárico, el málico o el cítrico. Quieren que trabajes para ellos, dijo mi abogado, que podía traducirse como un quieren mi poder sobre la vida, la muerte y el 75% por ciento del agua que los humanos tenemos en el cuerpo.

Y aquí es cuando vuelvo al inicio de la historia y el enorme flashback deviene híbrido entre moraleja y declaración de principios. Enciendo un cigarro, le doy un par de caladas; hago lo mismo con una copa de whisky, un sorbo, poco más. Mientras tanto examino las paredes que me rodean. He pagado por ellas: son mías. Entre las sábanas descansa una mujer que se parece a mi mujer pero que nunca lo será porque mi esposa, inminente viuda, nunca me cobraría por una noche de sexo. Fuera me espera un día estupendo, alejado de la culpabilidad que el asesinato, aunque sea involuntario, planta en tu estómago y deja que crezca fuerte hasta el cerebro. Sé que hombres armados me vigilan, pero me apetece llegar a las aguas y darme un chapuzón, sentirme libre de toda culpabilidad, hacer como el mar, que ahoga a cientos de personas y nunca pide disculpas. Salgo por la puerta a la carrera y la bala de la que os hablé al comienzo de esta narración me atraviesa incluso antes de que el estruendo del disparo se procese en mi oído. Caigo, me arrastro, moriré sin alcanzar las aguas, y deliro con un océano de vino que nunca existirá o con el maldito cura de los milagros de segunda que saldrá a la calle, contemplará los cielos y verá un reflejo ambarino en las nubes, presagio de un diluvio tinto1.

 


  1. “Yo soy Caná” aparece por primera vez en Clift #8: Milagro con ilustraciones de Carmen Segovia

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