Tragedia y modernidad, por Simon Critchley

 tragedia y modernidad simon critchleyTragedia y modernidad es un in media res dentro del discurso filosófico de Simon Critchley. Un libro menudo dentro la de la colección Mínima Trotta que sirve de tránsito entre las ideas del filósofo británico. Y cuando digo menudo, es pequeño, con dos partes diferenciadas; una puramente ensayística y titulada Filosofía de la tragedia, tragedia de la filosofía y otra a modo de diálogo entre Critchley y Tood Kesselman en el que advertimos la transición realizada por el pensamiento del primero hacia la tragedia griega, previo paso (fructífero) por el humor. Obvio la completa presentación que hace Ramón del Castillo del autor y de su obra, que como guía resulta efectiva aunque, por su extensión, desajuste el protagonismo de Critchley que, como lectores, andamos buscando. Así, Tragedia y modernidad, es la historia de un germen que el propio filósofo anuncia que tendrá un eco de mayor volumen en el futuro.

Sobre el texto en sí, Simon Critchley vira su interés en el humor como herramienta para comprender y sobrevivir a la modernidad hacia la tragedia griega, con ejemplos en torno a la obra de Sófocles y de Eurípides. Así confirma su lucidez interpretativa, con aproximaciones al Edipo Rey y la relación del individuo clásico con la muerte. Una relación para la que existe una educación previa y que, como todo aprendizaje, desemboca en una comprensión concreta de la realidad. Critchley reflexiona sobre el desapego y el apego hacia el final de los finales desde el punto de vista actual. Si bien es cierto que hablar de modernidad en 2014, para los puristas, puede caer en el anacronismo, Crichtley se las ingenia para trasladarse en el tiempo sin levar el ancla en el presente. Para ello, no duda en invocar u opinar sobre narrativas trágicas modernas, como la televisiva The Wire que, por otra parte, lo merezca o no, se ha convertido en sello de autenticidad en diferentes escenarios críticos.

Fuera del marco representado por este ensayo, el interés de Crichtley por vincular inquietudes filosóficas separadas por milenios es lícito, y hasta lógico. Que la herramienta sea la literatura, también. Fue Erich Auerbach quien advirtió tales correlaciones entre los relatos bíblicos del Antiguo y el Nuevo Testamento en su ensayo Figura (también disponible en Trotta). De ahí que, más allá de las diferencias entre el pensamiento clásico y el moderno, puedan trazarse líneas coherentes entre ambos. Iría más allá y diría que toda época es susceptible de empacar sus principios y viajar en el tiempo en un movimiento inverso al de la mujer del futuro de Neutrex. La soberbia evolutiva del ser humano fantasea con la idea de aleccionar a sus antecesores. Ya sea ofreciéndoles una botella de lejía revolucionaria o proyectando la ficción al futuro. Recordemos las teorías sobre los avistamientos de ovnis, posibles  visitas de una humanidad en tal estado de avance que disfruta contemplando el pasado tal y como nosotros visitamos la prehistoria gracias al programa El hormiguero.

Desentrañar los dramas del presente a partir de la literatura del pasado es una decisión. Como todo, el éxito depende de nuestra capacidad para traducir (o que nos traduzcan) heroísmo, tragedia, romanticismo o la ideología que mejor se ajuste a la época. La siguiente fase es la descubrir si lo que funciona para el individuo puede trasladarse al colectivo, muy posible, o si en la traducción la esencia se extravía o nos llega adulterada. Por fortuna, en este caso, Simon Critchley es lo bastante lúcido para erigirse intérprete o especulador en temas trágicos.

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