Tiran más un par de estetas que dos carretas

Uno de los motivos por los que dejé de asistir a talleres literarios (aparte de por el odioso ejercicio de escritura creativa en el que te dan un puñado de palabras inconexas y tienes que construir con ellas una historia) fue por (añado aquí también el coste de los citados talleres, malos si son baratos y caros si aprendes “algo”) la discrepancia con los profesores, de base clásica e inexplicable orientación postmoderna. Conociendo las dificultades que entraña publicar un libro, que te recomienden un alto grado de experimentación en tus textos es el equivalente a decir: no publicarás en tu vida, así que, al menos, diviértete.

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Otro tema entre lúdico y crispante es el de los manuales de escritura, una cantinela similar aunque más trabajada que el programa del profesor de escritura creativa medio. Librillos didácticos para aficionados con escasa o nula formación académica que te hablan de estructuras, desarrollo de personajes y otros elementos periféricos del acto creativo. Algunos, en un ejercicio de desfachatez, incluyen capítulos en los que te enseñan a vender tu novela a editores, una enorme broma cuando descubres que el autor es estadounidense, un profesor universitario que en los ochenta publicó un par de novelas del montón1.

El colmo del desconcierto técnico son los ensayos “reputados” en los que un catedrático informa de los abusos gramaticales más corrientes entre los escritores mediocres2, cosas como “no inicies tus frases con conjunciones copulativas” y “deja de abusar de los adverbios”. Luego lees a Stephen King o a Elmore Leonard (en distinta paz descansen ambos) despreciando también su uso y entras en un frenesí de reescritura que culmina en el descubrimiento de Roberto Bolaño, su notable narrativa3 y cómo recurre sin arrepentimientos en los vicios denunciados por otros.

En este punto, ¿quién tiene razón? Probablemente todos, aunque, de encontrarnos en una situación de vida o muerte, pistola del calibre .36 en la sien, obligados a escoger entre ponerse modernos o victorianos, probablemente4 escogería a Bolaño porque, aparte de escribir, publicar y vender mucho, tenía fama de gran fornicador, más de lo que pueden decir de Stephen King, que imagino que también tuvo sus momentos de brillante interacción carnal, pero que, no nos engañemos, ha pasado de los cuarenta más estropeado.

Impera la lógica.


  1. Algo que yo mismo firmaría. 

  2. Lo juro, lo leí en una ocasión y me pareció tan insultante como ambiguo. 

  3. Te guste más o menos el contenido. 

  4. Este adverbio es una declaración de intenciones.