Sanguina; un relato sobre piscinas y ciclos sangrientos

La piscina de nuestra segunda residencia nació de un capricho que no entendía de informes geológicos. El constructor fue el primero en sonreír con condescendencia al mostrarle el boceto que resumía las ideas de Doris. Entre ellas se incluía un pozal en forma de riñón con vistas a una plácida cala. Doris siempre supo cómo darle forma a la ambición, y yo, como socio capitalista de sus sueños, atendía con gusto a sus descripciones de veranos tumbados al sol, de lunas reflejadas en la superficie de nuestra piscina y de pequeños herederos aprendiendo a nadar en sus aguas. Probablemente, más de lo que yo, pésimo nadador, jamás me adentraría en ellas.

Nadie nos previno contra las modernas plagas bíblicas, o cómo la naturaleza, representada por los terrenos centenarios sobre los que se asentaba nuestro hogar, vencieron tanto a nuestros designios como a la ingeniería moderna. Fue mi propia Doris quien dio la señal de alarma. Un día, enfrascada en sus largos matinales, advirtió en el agua un pigmento ajeno que tornó de súbito sus cincuenta litros en una sustancia rojiza e insalubre. Tras el pánico inicial, se impuso la cordura, el análisis y la conclusión de un experto, de dos, de tres, y hasta cinco profesionales que aportaron muchas ideas pero escasas soluciones.

Así, entre diez u once veces al año, pues he de reconocer que también hubo treguas que despertaron cierta esperanza, en nuestro hogar se desarrolló un ritual de embrutecimiento y posterior higiene. En su transcurso, Doris y yo discutíamos mientras un tercero hurgaba en los rincones de nuestra parcela. Incluso se dieron episodios de violencia, de baldosas extirpadas en busca de la veta de tierra roja, de herramientas que ultrajaron el símbolo de nuestra unidad hasta extremos irreconciliables. Y mientras el estruendo de los taladros eclipsaba el llanto de Doris, yo asistía a la evolución de las obras, comprobando como el líquido de naturaleza capital asistía al rico en cloro. Finalmente, el hastío me arrastraba a las calas en busca de tranquilidad y el silencio de unas aguas que no me sumieran en la vergüenza.

Aquella fue nuestra rutina antes de que Ricardo entrara en nuestras vidas. Fue hace tres meses, cuando la paciencia de Doris, colmada por la desesperación, la animó a buscar consuelo en su círculo de amistades. A través de una amiga común supimos de la existencia de Ricardo, el enésimo profesional al que acudiríamos antes de poner fin al problema. Ricardo supo encarar las dificultades con paciencia y un profundo respeto hacia las distintas naturalezas involucradas en el drama. Perspectiva que yo siempre rechacé al pertenecer a una generación de hombres que aspiraba a controlar los elementos, no a comprender su funcionamiento. En cambio, Ricardo habló su mismo idioma y supo cómo transformar las angustias de Doris en sonrisas, o concederme el espacio que las tensiones me habían arrebatado. Como colofón a un proceder impecable, Ricardo puso fin a la acumulación de brebajes sanguinolentos que tiznaban nuestra piscina.

Han pasado casi dos meses desde la derrota de las hematites, y aunque Ricardo nunca parece del todo orgulloso con su obra, al menos Doris vuelve a gozar de los baños que se prometió al inicio de nuestra relación. Siento el deleite que recorre su cuerpo a cada brazada, o la risa espontánea que despiertan los fugaces recuerdos, pero en lugar de contagiarme de su alegría, contemplo el desagüe a través de las aguas cristalinas y espero a que vuelva a brotar sangre de él, y que Doris y yo discutamos de nuevo, y que despidamos a Ricardo por su incompetencia, y que, finalmente, yo disponga de una nueva excusa para retirarme a las calas y recordar que nunca supe nadar.