Vórtice

Una de las cosas que más preocupan a Calcetín Negro Derecho es que su compañero, Calcetín Negro Izquierdo, se separe durante el centrifugado y nunca vuelvan a verse. Le preocupa que Calcetín Negro Izquierdo cruce “la puerta invisible”, ese mítico acceso que, tal y como cuentan los habitantes más viejos del cajón de los calcetines y las bragas, conduce a otros mundos, parajes ignotos donde se viven grandes aventuras y los más valientes aspiran a cubrir el pie de un rey o una princesa. Por eso, tras el prelavado, Calcetín Negro Derecho se pega a Calcetín Negro Izquierdo y juntos giran entre otras prendas de algodón, como Don Calzoncillo Cagado y Camisa Bonita, de bello estampado pero axilas blancas por el sudor. Es en esos momentos de caos en los que Calcetín Negro Derecho busca el amparo de sus mayores, y reza porque durante el traqueteo, él y Calcetín Negro Izquierdo terminen dentro de un pantalón o prenda parecida. Pero no ocurrirá, porque hoy, Calcetín Negro Izquierdo se separó de Calcetín Negro Derecho y lo han echado en falta durante el recuento, la fatídica confirmación de que nada volverá a ser como antes. Calcetín Negro Izquierdo se lamenta largamente, y de los lloros pasa al enfado, y del enfado otra vez a los lloros cuando comprende que sí, es triste cruzar “la puerta invisible” y no regresar, pero más triste es perder a tu pareja y acabar por culpa suya en la basura.

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Relato sin título previamente publicado en Facebook

La canción accede por el oído y recorre un largo trecho hasta el cerebro. Allí, flota por encima de un montón de neuronas que, hacinadas, comentan la jugada, determinan si la tonada es agradable o si, por una de esas dictaduras químicas que solo se dan en la mente humana, quedará unida a otras sensaciones. Al terminar, deciden que la canción puede retirarse hasta un futuro uso, pero no, la composición sigue ahí, resonando con distinta fuerza sin que medie un final. Las neuronas, alarmadas, se vuelven hacia una compañera que baila, ríe y disfruta del instante musical. Déjala ir, déjala ir, le piden al unísono, a lo que la neurona melómana responde con una pequeña solicitud de tregua. Un poquito más, solo un poquito, por favor. Mientras tanto, tú canturreas la canción en la ducha, de camino al trabajo, mientras comes, en las reuniones e, incluso, antes de irte a dormir. El cerebro es un misterio, dicen. El cerebro es una fiesta.

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Filofobia

Se miran durante el entierro, ambos de riguroso luto. Ella reparte abrazos entre sus familiares; él observa con interés cómo los sepultureros introducen el ataúd en el nicho, lo sellan y ocultan entre coronas de flores. La ceremonia finaliza, ella busca su compañía: necesita intercambiar unas frases más allá de los qué pena y qué lástima.
Una presentación, una necesidad de café, un bar, una charla sobre la muerte, y en una pérdida de trascendencia, acerca del trabajo, las aficiones y la vida sentimental. Pasan rápido al flirteo y de ahí al piso de él, donde sudan, intercambian fluidos, follan. Nada más terminar, ella se siente culpable y, en una confidencia, habla de su miedo al compromiso y cómo la arrastra a una espiral de relaciones físicas. Invoca al fallecido en sus explicaciones, un ejemplo de rectitud, y también a los familiares que ambos comparten. Él le indica que nunca los hubo, que su terapeuta le recomienda asistir a cuatro funerales aleatorios cada semana, una respuesta a las muchas fobias emocionales que arrastra desde pequeño. Ella, aturdida, abandona el piso en silencio.
Dos días después, vuelven a encontrarse en otro entierro, y se miran, y hablan, y toman café y follan de nuevo.

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El amor vertical

Pensar en la gravedad como término manipulable es un síntoma de esperanza cuando te precipitas al vacío. Indica que eres inmune al pánico, que tu capacidad de reacción sigue intacta aunque veas al hombre que amas despegarse de la ladera. Primero los dedos, arañándose en la superficie rocosa; luego las uñas, astilladas de raíz; y finalmente, devolviendo el tiempo a su ritmo habitual, los pies que durante unos segundos caminan por la vertical del precipicio. Los anclajes saltan como botones en una camisa prieta y el hombre de ochenta kilos pasa por mi flanco: un peso muerto o a punto de estarlo. Deja una estela de recuerdos, como el día en que nos conocimos, en esa universidad donde pasé los mejores años de mi vida, donde adquirí unos conocimientos que siempre fueron insuficientes comparados con su sabiduría: la sombra que despertaba envidias entre sus coetáneos y que para mí siempre me resultó confortable e inspiradora. Una sombra, la suya, cubriéndome en infinidad de momentos: presentaciones, congresos, habitaciones de hotel…, y en la montaña al sentir la llamada de las leyes de Newton, de la fortuna, cuando una cuerda bamboleante rodea su pierna y detiene la caída, dándole tiempo a suplicar ayuda. Mi ayuda. Cuelga boca abajo, su espalda golpeándose hasta en tres ocasiones contra la montaña. El miedo en esos ojos, su deseo de vivir, dista mucho del hombre valiente que me ha querido y respaldado durante años, siempre enfrentado al qué dirán académico, una constante batalla contra las habladurías que hizo de mí, aparte de su alumna y amante, un secreto en segundo plano. Su especialidad son las ciencias, cero en acción, aunque desafíe a montañas y trabaje duro en el gimnasio. Defiende sus decisiones con argumentos científicos, disfruta de la interacción amorosa, pero desconfía de ese invento social llamado compromiso. Yo, en cambio, creí en él, desde el primer beso furtivo, sacrificando pretendientes por nuestra causa y arriesgando mi propia vida en una última maniobra que aferra a la desesperada el cuello de su chaqueta. Los dedos se cierran y la cuerda que le dio un respiro decide que ya es suficiente. Queda libre, caerá con él, solo mis fuerzas pueden impedirlo. Siento la tensión en el brazo y el grito de los músculos al enfrentarse a ella. Ochenta kilos, podré soportarlo, un tiempo, poco, los segundos justos para que él bracee en busca de asidero. Las miradas confluyen, una vez más se establece una veloz conversación sin palabras hasta que vuelvo a pensar en su peso y a los ochenta kilos iniciales se les suman cinco más. Aprieto los dientes, un latigazo muscular recorre mi espalda, los pulmones quedan sin aliento y él sigue engordando hasta que mis dedos desisten. Queda a merced del barranco. Nos miramos por última vez, él se sabe muerto, ochenta kilos que se aplastarán en una caída de cien metros. Ochenta kilos más los que pese esa esposa de la que nunca quiso divorciarse.

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Sanguina; un relato sobre piscinas y ciclos sangrientos

La piscina de nuestra segunda residencia nació de un capricho que no entendía de informes geológicos. El constructor fue el primero en sonreír con condescendencia al mostrarle el boceto que resumía las ideas de Doris. Entre ellas se incluía un pozal en forma de riñón con vistas a una plácida cala. Doris siempre supo cómo darle forma a la ambición, y yo, como socio capitalista de sus sueños, atendía con gusto a sus descripciones de veranos tumbados al sol, de lunas reflejadas en la superficie de nuestra piscina y de pequeños herederos aprendiendo a nadar en sus aguas. Probablemente, más de lo que yo, pésimo nadador, jamás me adentraría en ellas.

Nadie nos previno contra las modernas plagas bíblicas, o cómo la naturaleza, representada por los terrenos centenarios sobre los que se asentaba nuestro hogar, vencieron tanto a nuestros designios como a la ingeniería moderna. Fue mi propia Doris quien dio la señal de alarma. Un día, enfrascada en sus largos matinales, advirtió en el agua un pigmento ajeno que tornó de súbito sus cincuenta litros en una sustancia rojiza e insalubre. Tras el pánico inicial, se impuso la cordura, el análisis y la conclusión de un experto, de dos, de tres, y hasta cinco profesionales que aportaron muchas ideas pero escasas soluciones.

Así, entre diez u once veces al año, pues he de reconocer que también hubo treguas que despertaron cierta esperanza, en nuestro hogar se desarrolló un ritual de embrutecimiento y posterior higiene. En su transcurso, Doris y yo discutíamos mientras un tercero hurgaba en los rincones de nuestra parcela. Incluso se dieron episodios de violencia, de baldosas extirpadas en busca de la veta de tierra roja, de herramientas que ultrajaron el símbolo de nuestra unidad hasta extremos irreconciliables. Y mientras el estruendo de los taladros eclipsaba el llanto de Doris, yo asistía a la evolución de las obras, comprobando como el líquido de naturaleza capital asistía al rico en cloro. Finalmente, el hastío me arrastraba a las calas en busca de tranquilidad y el silencio de unas aguas que no me sumieran en la vergüenza.

Aquella fue nuestra rutina antes de que Ricardo entrara en nuestras vidas. Fue hace tres meses, cuando la paciencia de Doris, colmada por la desesperación, la animó a buscar consuelo en su círculo de amistades. A través de una amiga común supimos de la existencia de Ricardo, el enésimo profesional al que acudiríamos antes de poner fin al problema. Ricardo supo encarar las dificultades con paciencia y un profundo respeto hacia las distintas naturalezas involucradas en el drama. Perspectiva que yo siempre rechacé al pertenecer a una generación de hombres que aspiraba a controlar los elementos, no a comprender su funcionamiento. En cambio, Ricardo habló su mismo idioma y supo cómo transformar las angustias de Doris en sonrisas, o concederme el espacio que las tensiones me habían arrebatado. Como colofón a un proceder impecable, Ricardo puso fin a la acumulación de brebajes sanguinolentos que tiznaban nuestra piscina.

Han pasado casi dos meses desde la derrota de las hematites, y aunque Ricardo nunca parece del todo orgulloso con su obra, al menos Doris vuelve a gozar de los baños que se prometió al inicio de nuestra relación. Siento el deleite que recorre su cuerpo a cada brazada, o la risa espontánea que despiertan los fugaces recuerdos, pero en lugar de contagiarme de su alegría, contemplo el desagüe a través de las aguas cristalinas y espero a que vuelva a brotar sangre de él, y que Doris y yo discutamos de nuevo, y que despidamos a Ricardo por su incompetencia, y que, finalmente, yo disponga de una nueva excusa para retirarme a las calas y recordar que nunca supe nadar.

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“Yo soy Caná”, un relato sobre milagros vintage en tiempos modernos

Comenzar el relato de mi vida arrastrándome por la arena de una playa, la escápula derecha destrozada por una bala de cinco milímetros de diámetro y el hombro convertido en una orquídea de carne y sangre indica, por muchos giros que me saque de la manga, que esta historia acabará de todo menos bien. Pero que mis últimas energías me impelan a alcanzar las cercanas aguas, olvidando algunas vísceras por el camino, también es síntoma de determinación, una profunda e indiferente a conceptos tan definitivos como la agonía y la muerte.

Mi vida, o al menos la vida que pueda interesar al mundo, comienza con un bebé sostenido por su madre y depositado con infinito amor dentro de una bañera. La criatura, tras la impresión inicial, agita sus bracitos mientras le frotan suavemente con una esponja. Todo eso ocurre antes de que el agua se oscurezca y adquiera unos tonos sanguinolentos que aterrorizan a mi madre, que rauda me saca de la tina en busca de la herida fatal. Mi padre, realista, tranquilizador, indica que no hay bebé que pueda sangrar tanto, y acercando la nariz a la bañera, descubre en su contenido un aroma tánico y perturbador.

Entre las imágenes recurrentes de mi infancia se encuentran las salas de espera de, primero, pediatras, y posteriormente, y ante la falta de resultados, especialistas que revisaban páginas y páginas de informes, análisis y pruebas de distinta índole hasta sacudir la cabeza, guardar silencio durante segundos y recomendar a mis padres una segunda opinión. Yo, condicionado por la inocencia, encontraba esa rutina aburrida pero soportable, sin dar auténtica importancia a las muchas anécdotas que se sucedían a mi alrededor, como el expediente que abrieron a mi escuela cuando Sanidad descubrió que en el comedor se servían bebidas alcohólicas a menores; o cuando en unos campeonatos entre institutos, la piscina en la que competíamos cambió su agua y cloro por un regusto a madera y frutas del bosque. Nadie supo en esos primeros años qué originaba el fenómeno, salvo mis progenitores, que acostumbraban a sacarme del lugar de los hechos rápido y sin levantar sospechas.

Los siguientes profesionales especializados en mi posible dolencia lucían alzacuello blanco y sostenían cruces al hablarme. Sus opiniones derivaban siempre al mismo pasaje de la Biblia y fueron ellos los primeros en pedirme que transformara el agua de un vaso. Sonreí como un bobalicón. Hasta el momento había asumido que a mi alrededor ocurrían acontecimientos extraños, pero no que emanaran de mi persona. Naturalmente, y tras contemplar el recipiente durante unos segundos, la combinación de hidrógeno y oxígeno mutó en un caldo de un intenso rojo que los clérigos, con temor reverente, cataron introduciendo su meñique dentro.

A la semana, un nuevo sacerdote irrumpió en mi vida, un hierático personaje que estrechó manos entre sus colegas, rechazó cortésmente las atenciones de mis padres y solicitó una nueva demostración de mis prodigios. La obtuvo, anotó las conclusiones en una pequeña libreta y ordenó al público que nos dejara solos. Tomó una silla y se sentó a menos de un metro de mí, mirándome fijamente, como mucho pestañeó en un par de ocasiones, siempre con las manos aferradas a sus rodillas y esa leve inclinación de los que quieren reforzar sus argumentos con una chispa de amenaza. Aquel hombre de fe me dijo, tras insistir en que memorizara sus palabras porque usaría conceptos que, en esos momentos, escaparían a mi entendimiento y a los que debería dar uso cuando la edad y la experiencia me concedieran la sabiduría para interpretarlos, me dijo que era especial, casi tanto como el hijo del Dios al que servía, pero que, desde una perspectiva teológica adaptada al complejo mundo en el que vivimos, mis milagros eran de segunda división, fenómenos que podían convertirse en una entretela, ensuciar el trabajo que los suyos habían llevado a cabo durante siglos. Yo asentí y, durante un tiempo, jugué a ser especial sin demostrarlo, hasta que la vanidad y pequeños deslices como transformar una fuente pública en un surtidor de Cabernet Sauvignon, me indicaron que hasta los jugadores de divisiones menores tienen derecho a un pedazo del pastel de éxito.

Una carrera universitaria y muchas horas entrenando mi habilidad desembocaron en la primera barrica de un negocio que los consumidores valoraron por sus cualidades organolépticas y el misterio tras su producción. Recuerdo las risas de mis padres al leer las críticas de nuestros vinos, las mentiras urdidas en las entrevistas cuando los expertos visitaban nuestros viñedos, ficciones que escondían una verdad tan simple como pasearme por un almacén de agua embotellada, contemplar los recipientes durante segundos y convertir el contenido en un caldo que cotizaba alto en las mejores mesas del mundo. Agua vuelta vino y vino vuelto dinero. Fueron tiempos de abundancia, controlada abundancia como así decretó mi siempre celoso padre, tiempo de relajarse, disfrutar del éxito y conocer a la que sería mi esposa durante cinco años.

Amar es un vertiginoso causa y efecto. Disfrutas del matrimonio, te sientes querido y puedes retornar ese amor con creces. Llega un momento en que haces a tu mujer partícipe del secreto que os da de comer, y tarde o temprano, sus deberes como hija, hermana o sobrina la conducen a compartirlo con terceros, y esos terceros con cuartos hasta completar una larga lista de confidentes que, en algunos casos, se toman el descubrimiento con asombro, y en otros, como una mezquina oportunidad de lucro. Así fue cómo el secreto oculto por la indiferencia de médicos y párrocos salió a la luz y cayó en manos de una sociedad aficionada a las especulaciones y actuar, con o sin razón, en consecuencia.

El pueblo contra el hombre que convertía el agua en vino: un juicio sonado, mediático, pensado para hundir un negocio y una vida de la noche a la mañana. Las falsas vides se marchitaron y las amenazas llamaron a mi puerta acusándome de falso profeta y demonio. Mis padres ejecutaron su efectiva maniobra envolvente, pero el niño confuso de antaño no quiso huir, era un adulto con el orgullo fortalecido por el éxito, dispuesto a plantar cara a las adversidades mediáticas. Fue mi esposa la que finalmente lidió con el marrón llamado opinión pública, que incluía a periodistas sin escrúpulos y masas ávidas de respuestas, entre ellos, chalados que me veían como un mesías dionisíaco o los oportunistas que tanto les daba que el vino brotara espontáneamente siempre y cuando los beneficios acabaran en sus bolsillos.

Para un hombre con mi don, dejarse llevar por el orgullo tiene como última y fatal consecuencia sucumbir a tu propio milagro. Por aquel entonces bebía mucho, terminaba las jornadas borracho y ocurrió lo que ocurre cuando desordenas tus prioridades. Mi mujer, que podía esconderme las llaves del mueble bar pero tenía escaso poder sobre el agua de los grifos, reunió sus deseos y miedos en un ultimátum que, como toda comunicación dirigida hacia un interlocutor perpetuamente ebrio, cayó en saco roto. Abandonó el hogar a los pocos meses, sumando su divorcio a la locura de mi proceso, que iba encaminado a una condena interminable. Opté por divertirme antes de que todo mi patrimonio se fuera al garete: hubo cuantiosas apuestas, regalos caros a desconocidos, sumas de estupefacientes a la ecuación de mis dependencias, y jacuzzis llenos de Merlot y prostitutas siempre sonrientes que intercambiaban billetes por favores carnales.

Recuerdo las caras de los miembros del jurado al anunciar mi implicación en una ristra de delitos de terminología compleja y fuertemente vinculados a la palabra estafa. Luego, el juez recitó la cifra astronómica que resumiría mi bancarrota e incluso satisfizo a las masas reunidas a la salida del juzgado ordenando que me esposaran y dejaran mi seguridad en manos de un grupo de policías. Hubo zarandeos, mucho griterío e infinitas amenazas calentando el ambiente, y supongo que cuando las temperaturas suben tanto, tarde o temprano alguna neurona se ve afectada y envía órdenes incorrectas a sus hermanas, todo un cerebro alimentado con incultura e instintos primarios que desemboca en un fanático sosteniendo una pistola. El pánico formó un carril de tránsito rápido, mis ojos en un sentido, la bala en el de vuelta, y a menos de un juego de falanges de volarme la tapa de los sesos, mi asesino, o como demostraron los acontecimientos, presunto asesino, cayó de rodillas víctima de una súbita excitación. Soltó el arma y falleció en el acto, dejando un tieso cadáver e infinitas interpretaciones en torno a su muerte.

Mi abogado imitaba sin saberlo al sacerdote que de pequeño me habló de los milagros de segunda división. Tomó asiento frente a mí, sofás caros en lugar de sillas carcomidas, y me dijo, previo despliegue de informes médicos, que el Gobierno pensaba interceder en la demanda, restituir mi fortuna y echarme un cable en el tema de mi divorcio. Revisé la documentación que me tendía, el análisis forense de un desconocido que, días atrás, había fallecido por una contaminación de hexosas, pentosas y ácidos como el tartárico, el málico o el cítrico. Quieren que trabajes para ellos, dijo mi abogado, que podía traducirse como un quieren mi poder sobre la vida, la muerte y el 75% por ciento del agua que los humanos tenemos en el cuerpo.

Y aquí es cuando vuelvo al inicio de la historia y el enorme flashback deviene híbrido entre moraleja y declaración de principios. Enciendo un cigarro, le doy un par de caladas; hago lo mismo con una copa de whisky, un sorbo, poco más. Mientras tanto examino las paredes que me rodean. He pagado por ellas: son mías. Entre las sábanas descansa una mujer que se parece a mi mujer pero que nunca lo será porque mi esposa, inminente viuda, nunca me cobraría por una noche de sexo. Fuera me espera un día estupendo, alejado de la culpabilidad que el asesinato, aunque sea involuntario, planta en tu estómago y deja que crezca fuerte hasta el cerebro. Sé que hombres armados me vigilan, pero me apetece llegar a las aguas y darme un chapuzón, sentirme libre de toda culpabilidad, hacer como el mar, que ahoga a cientos de personas y nunca pide disculpas. Salgo por la puerta a la carrera y la bala de la que os hablé al comienzo de esta narración me atraviesa incluso antes de que el estruendo del disparo se procese en mi oído. Caigo, me arrastro, moriré sin alcanzar las aguas, y deliro con un océano de vino que nunca existirá o con el maldito cura de los milagros de segunda que saldrá a la calle, contemplará los cielos y verá un reflejo ambarino en las nubes, presagio de un diluvio tinto1.

 


  1. “Yo soy Caná” aparece por primera vez en Clift #8: Milagro con ilustraciones de Carmen Segovia

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Las entrañas de la bestia: un relato sobre familias disfuncionales y osos disecados

Robert Herman y su esposa Elaine entraron en el viejo cuarto de juegos con la misma discreción que habían usado en otras tantas ocasiones, recurriendo a la cautela que desarrollas cuando engendras hijos de sueño frágil como la pequeña Elle Mae. Sus berrinches nocturnos les costaron, aparte de muchos desvelos y alguna que otra pelea, la cohesión que las parejas jóvenes necesitan para construir una relación sólida. Por mucho que se animaran a ganar esa batalla diaria llamada paternidad, tanto Robert como Elaine estaban convencidos de que, un día, uno no muy lejano, Elle Mae pondría fin a su matrimonio.

El cuarto de juegos tenía más de trastero que de rincón donde unos críos pudieran vivir grandes aventuras. Sobrevivían muchos juguetes, cajas enteras llenas de muñecas, balones desinflados que conservaban por nostalgia y maletas, muchas maletas, en las que se guardaba la ropa vieja que Elaine vendía regularmente en los mercadillos del barrio. Quince años de recuerdos incapaces de competir con la auténtica estrella de la habitación: el oso pardo de dos metros de altura que les regaló Dereck Herman, tío de Rob. Taxidermista de oficio, su debilidad por las apuestas le condujo a una falta de solvencia que el fisco quiso cobrarse en patrimonio. Dereck no lo permitió, escogió regalarlas antes que rendirlas ante hacienda. De eso hacía diez años, tiempo de sobras para convertir a la bestia en un miembro no reconocido de la familia Herman y el motivo por el que Rob y Elaine se escurrían en el cuarto de juegos cuando Elle Mae no estaba en casa.

El Sr. Zarpas, nombre por el que se conocía en el hogar de los Herman al oso disecado, era todo pellejo y poliuretano, un trabajo metódico que Bob echó a perder durante una jornada de bricolaje, cuando la escalera que estaba usando para cambiar una bombilla se precipitó sobre el animal y le abrió un boquete de tres palmos en los cuartos traseros. Elaine disfrazó la herida con habilidad y una alfombra adquirida en Wallmart. Aunque textura y tono fueran distintos, en determinadas condiciones de luz, el artificio era indiscutible.

Rob y Elaine elogiaron la habilidad taxidermista del tío Dereck gracias al suceso, ya que, al asomarse al interior del animal, descubrieron un universo de terciopelo y fibras sintéticas que rivalizaba en suavidad con cualquier sofá en el que se hubieran buscado acomodo.

El descubrimiento les condujo a una promesa: Elaine se ofreció a mantener las entrañas del animal en perfecto estado y dejar la fachada en manos de Bob, fuera bello o sus interminables hileras de dientes. La pareja puso auténtico esmero en la labor hasta que sus regulares enfrentamientos arruinaron el trabajo en equipo. A partir de ese momento, Elaine trabajó en solitario, superando la impresión de introducirse en la mullida carcasa plantígrada en beneficio de unas siestas en las que, aprovechando la inclinación del oso, se olvidaba de los defectos de su marido y las travesuras de Elle Mae. Fue su secreto durante semanas, hasta que Rob la descubrió y, dominado por la envidia, quiso imitarla. Así, la pareja se escurría por turnos en las vacías entrañas del Sr. Zarpas, buscaban una postura cómoda y se dejaban arrastrar por el sopor. Cuando tocaba relevo, se susurraban un amoroso «buenos días» a través de las fauces de la bestia, música que reverberaba por sus cavidades hasta depositarse con suavidad en sus oídos. Tras muchos años, en el hogar de los Herman se experimentaba una mínima armonía.

oso disecadoUn día, Elaine y Rob pusieron en práctica una idea que él llevaba tiempo barruntando: adentrarse ambos en el Sr. Zarpas. Elaine, tras una reticencia inicial, se dejó convencer por los estudiados argumentos de su esposo y accedió al experimento que, pese a su punto incómodo y asfixiante, generó dulces resultados. Sus brazos chocaron en numerosas ocasiones antes de encontrar la postura ganadora, pero, por muchos empujones y roces que hubiera, el terciopelo del Sr. Zarpas siempre estaba ahí para protegerles. Si bien es cierto que el oso se inclinó peligrosamente en un par de ocasiones, Rob se encargó, días después, de construir un soporte de madera que impidiera a su peculiar cuna venirse abajo.

Pasaron las semanas y el juego secreto de Elaine y Rob reactivó su relación, actuando como adolescentes rebeldes que huían de las responsabilidades de un mundo que les exigía demasiado. Ni Elle Mae sospechaba que sus padres contaban con su propia casa del árbol, y en más de una ocasión sus juegos y conversaciones fueron espiados a través de las fauces del Sr. Zarpas. En ocasiones miraba Rob, en otras Elaine, y en las que más, competían por echar un vistazo y ver como su hijita, transcurridas las semanas, los meses y los años, se transformaba en una linda adolescente. Lo que Elle Mae no sabía es que el juego de sus progenitores fue complicando sus reglas por accidente, y lo que antes habían sido instantes de asueto, derivaron en el redescubrimiento de una sexualidad aletargada por las tensiones conyugales. La proximidad, los inevitables roces entre sus cuerpos y la respiración agitada que acariciaba sus rostros dieron paso a fervorosas guerras entre labios y lenguas, y a medida que caían tabúes, caricias que subían faldas o se perdían bajo la ropa en busca de rincones prohibidos.

Convertidos sus escarceos en una dependencia, los Herman lamentaron que Elle Mae pasara tanto tiempo en la habitación. Optaron por el boicot, pero la chica defendió su territorio con incómodas preguntas que sus progenitores no supieron responder. Acorralados, dejaron que la adicción se hiciera cargo del decoro, e ignorando la presencia de su hija, planearon las visitas al oso disecado antes de que la chiquilla entrara en el cuarto. El constante miedo a ser descubiertos retorcía sus prácticas sexuales que, desarrolladas en silencio, sustituyeron los gritos de placer por arañazos y mordiscos frustrados.

El juego duró años, hasta que Elle Mae, ya adolescente, consideró que había un mundo más allá del cuarto de juegos. Además, llevaba tiempo quejándose del intenso olor a fibras sudadas que emanaba del Sr. Zarpas. Y aunque sugirió en varias ocasiones que se deshicieran de él, en todas ellas la decepción fue mayúscula al topar con el no rotundo de sus padres que, para mayor desconcierto, invocaban los esfuerzos taxidermistas del tío Dereck, único legado de un hombre que llevaba años sin dar señales de vida. Elle Mae, frustrada, fue apartándose sin saberlo de la ecuación sexual y ésta volvió a sus orígenes, menos peligrosos, igual de excitantes.

Una tarde cualquiera y buena para adentrarse en el Sr. Zarpas, los Herman estuvieron a punto de ser sorprendidos por Elle Mae, que sin previo aviso, y creyéndola con unos amigos, entró en la habitación. Elaine, con la costumbre de alargar los brazos y soportar las embestidas coitales agarrada a los colmillos del Sr. Zarpas, dejó sin aliento a su marido al encoger los codos y hundirlos en su abdomen. Ella misma se arañó las muñecas al retirarlos. Rob, dolorido, aunque al tanto de la inminente tragedia, se llevó el índice a los labios y rogó silencio. Elle Mae no estaba sola. Alargaron el cuello y observaron muy juntos la escena, o parte de la limitada panorámica que se les ofrecía desde el interior.

«Coño, ¿es un oso de verdad?», dijo la impresionada voz de un chico.

«Ya te hablado de él», dijo Elle Mae, «El regalo de mi tío Dereck, el taxidermista, el que metieron en la cárcel por engañar a Hacienda.»

Hubo risas y algún que otro comentario que los Herman no alcanzaron a entender, pero que sí justificaba el intenso olor a marihuana que se coló por la boca del Sr. Zarpas y que, más que aliviarlos, disparó la furia de Elaine. Sospechaba que Elle Mae fumaba, pero no cigarrillos de composición prohibida en el hogar de los Herman. Sus manos se cerraron en el terciopelo con una fuerza que habría rivalizado con la que tuvo el Sr. Zarpas en vida.

«Mis viejos están colgados», siguió Elle Mae. «Desde que tengo uso de razón adoran a ese oso disecado como si fuera un tótem indio. Son odiosos. Antes al menos lo lavaban cada semana, ahora echa un pestazo que no te deja estar en la habitación más de quince minutos.»

«Entonces iremos rápido», dijo él con malicia mientras hurgaba entre los recuerdos infantiles de Elle Mae, apilados en un rincón. Recuperó una muñeca despeluchada y la hizo bailar tomándola de las manitas. Elle Mae se contagió de su sonrisa, pero puso fin a la broma quitándole el juguete y devolviéndolo sin consideración a su caja.

La indignación cambió de cuerpo y le tocó a Rob molestarse con el chico, dedicado a hacer reír a su hija con muecas y gestos que buscaban un contacto físico entre ambos. Rob ya tenía un pie fuera del Sr. Zarpas cuando Elaine le detuvo, recordándole con una mirada de pavor qué imagen darían ante su hija si aparecían desnudos, qué padre podría regañarla sin retratarse como un perverso. Respiraron hondo sin alivio, el aire viciado por su propio sudor y los efluvios de pasadas cópulas. Los detalles que en otras ocasiones habían acelerado su corazón, ahora resultaban tan repulsivos como el áspero terciopelo que les rodeaba. Habían convertido al Sr. Zarpas en una cloaca anegada de frustraciones.

«¿Adónde irás rápido?», preguntó Elle Mae con una voz untada en miel. Elaine y Rob asistieron a los señales de cortejo que el cuerpo de su hija desplegaba, desde la sonrisa seductora hasta la caída de ojos. Elle Mae fue bajando defensas ante el desconocido, un muchacho que no dejó rincón de su cuerpo libre de besos y que, allí donde alguna prenda le estorbaba, la retiraba amablemente para seguir amando en territorio desnudo. Los minutos transcurrieron como horas dentro del Sr. Zarpas. Elaine mantenía los ojos cerrados, conteniendo el llanto. No le importaba tanto el presente de su hija como dirigirse a ella en un futuro. Su impotencia rivalizaba con la petrificación de Rob, que seguía la escena en silencio y se preguntaba cuándo iba a finalizar la cabalgata de su hija sobre aquel desconocido. El hipnótico vaivén que agitaba la melena y pecho de Elle Mae le impedía pensar con claridad y establecer las barreras morales que separan a padres e hijos. Pensó en Elaine, en la última vez que la había visto desnuda fuera del Sr. Zarpas, y encontró el recuerdo en las profundidades de su memoria, difuso e irreal, como si nunca hubiera existido. Como si leyera sus pensamientos, Elaine se volvió enfurecida. Dirigía una indignación inconcreta hacia el miembro viril de su marido, esclavo de una erección inesperada. Rob reparó en ella, y en lugar de avergonzarse y dejar que la devolvieran a su reposo habitual, siguió contemplando la escena hasta que la columna de su pequeña Elle Mae se arqueó en una última exhibición de placer. Los ecos de su gozo arrastraron a su amante al orgasmo y ambos permanecieron largo tiempo extendidos en la alfombra que tantos juegos había albergado en el pasado. Los adolescentes recuperaron fuerzas fundidos en un abrazo, Elle Mae paseando sus uñas por un pecho que aún no había visto crecer bello en él.

«Puto oso», dijo él, «parece que esté vivo. Míralo.»

«Quizá lo esté», murmuró Elle Mae acariciándole los labios para que guardara silencio.

«Entonces se lo habrá pasado en grande», dijo él con picardía, aguardando un premio a su comentario. Lo tuvo, y luego otro, un largo y amoroso intercambio de besos antes de que a Elle Mae le invitara a olvidarse del oso disecado y vestirse antes de que sus padres les descubrieran.

«Tenemos que repetirlo», dijo él antes de abandonar la habitación y dedicarle una última mirada al Sr. Zarpas. Elle Mae asintió aunque ya hubiera decidido lo contrario. Extendió meñique y pulgar simulando un teléfono. Él asintió y corrió a celebrar su triunfo con sus amigos. Elle Mae tardó unos minutos más, contemplando el cuarto de juegos, rememorando alegrías e infelicidades. Luego dedicó la misma contemplación al Sr. Zarpas.

«Siempre tienes que ser la estrella», le dijo. «¿Y bien, qué te ha parecido? ¿Te gustó? ¿Le das el visto bueno?»

Elle Mae alargó un brazo y paseó sus dedos por las fauces del Sr. Zarpas, recorriendo con fascinación los afilados dientes. La mano descendió por el cuello del animal hasta su barriga. Mentía al decir que el hedor de las fibras le desagradaba. Empezó a gustarle en el momento en que lo identificó con el sexo.

«Te quiero, Sr. Zarpas. Gracias por estar a mi lado y no juzgarme.»

Elle Mae besó el vientre muerto del animal y abandonó la habitación guiada por un estómago que, tras los porros y el ejercicio, exigía un asalto a la nevera. Dentro del Sr. Zarpas, Elaine Herman lloraba al sentir la tibia eyaculación de Rob deslizándose por su muslo. Sabía que esa chiquilla sería la perdición de su matrimonio.

Imagen propiedad de storem y cabecera de Ben Husmann

 

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