Relato sin título previamente publicado en Facebook

La canción accede por el oído y recorre un largo trecho hasta el cerebro. Allí, flota por encima de un montón de neuronas que, hacinadas, comentan la jugada, determinan si la tonada es agradable o si, por una de esas dictaduras químicas que solo se dan en la mente humana, quedará unida a otras sensaciones. Al terminar, deciden que la canción puede retirarse hasta un futuro uso, pero no, la composición sigue ahí, resonando con distinta fuerza sin que medie un final. Las neuronas, alarmadas, se vuelven hacia una compañera que baila, ríe y disfruta del instante musical. Déjala ir, déjala ir, le piden al unísono, a lo que la neurona melómana responde con una pequeña solicitud de tregua. Un poquito más, solo un poquito, por favor. Mientras tanto, tú canturreas la canción en la ducha, de camino al trabajo, mientras comes, en las reuniones e, incluso, antes de irte a dormir. El cerebro es un misterio, dicen. El cerebro es una fiesta.