Política, alma y muertos confusos: un paseo por la semivida de Ubik

ubik philip k dickLo primero que debes tener en cuenta cuando hablas de una novela publicada hace 45 años es que cualquier cosa que digas ya lo habrán dicho otros con un rango de argumentos que van de la maestría a lo circunstancial. Puedes creer que esa reflexión que acudió a tu cabeza en la página 671 es un producto original, la brillantez de la que tanto hablaba tu abuela, más allá de su deseo, no sé si porque yo leía mucho o usaba gafas, de que utilizara mi inteligencia para participar en un concurso.

Aun así, me apetece hablar de Ubik ni 24 horas después de haberlo finalizado2, explicaros qué me ha parecido su lectura aunque entre mis opiniones aparezcan varios «eso ya lo sabía» o «Stanislaw Lem lo explicó mejor«. Correré el riesgo, ensalzaré sus muchas virtudes y desgranaré los distintos simbolismos que pueblan la novela de Philip K. Dick.

Empezaré anunciando que mi experiencia con Dick se resumía hasta el momento en un consumo feroz de sus relatos, atraído siempre por sus equivalentes fílmicos, en los que intuía el potencial narrativo del original, si es que películas y libros llegaban a parecerse en algún momento. De ahí que me quedara en la superficie, por otra parte, una buena forma de adentrarse en los universos de un experto en realidades alternativas.

Probablemente, y me atrevo a lanzar una de esas frases polémicas que los marketeros solemos resaltar en negrita, Philip K. Dick ha explorado más estratos de la mente humana que el psicoanálisis, y quizá, junto a David Lynch, llegado después pero igual de denso, su obra devenga la máxima expresión de la narrativa de niveles, una postmodernidad anticipada que justifica galardones y la vigencia de sus historias en el tiempo. Porque, como bien le ocurrió a Arthur C. Clarke3 y a otros tantos visionarios del corto plazo, el tiempo de Ubik caducó como los metabolismos de sus protagonistas en la novela, no así la vigencia de sus mensajes, que recogen desde la diversión de la novela detectivesca a las moralejas sociopolíticas que encontramos a lo largo de la épica de Joe Chip, un protagonista digno de nuestra época.

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Ilustración de Bob Pepper.

La precariedad económica de Joe es una constante en la novela, así como su enfrentamiento a lo establecido, representado por un sistema que le exige consumir y le niega los medios para hacerlo. Aun así, Joe Chip sale adelante gracias a alternativas como el trueque, el préstamo o, directamente, el premio a sus esfuerzos. No es un pícaro, tan solo pone sus esperanzas en el colectivo, en sus iguales, y de ahí que Ubik me haya gustado, aparte de por la inagotable frescura de la ficción que plantea, por sus evidentes lecturas políticas.

En el Ubik de Dick hay una lucha entre capitalismo y socialismo. Explícita, equilibrada, la clase de situaciones en las que el pez se muerde la cola ad eternum, una lucha donde no hay ganador y tampoco esperamos uno. Es la constante en la obra de Dick, la dualidad, el que los protagonistas de la novela vivan sin estar muertos, que mueran sin estar vivos o que el villano genere realidades a la hora de destruir a sus víctimas. Estas dobleces se pierden entre la ciencia ficción pero emergen en momentos concretos, generando divisiones entre burgueses y proletariado (el momento en el que uno de los niveles de Dick separa a Runciter de sus empleados) o resaltando el poder del trabajo colectivo (el peligro mortal que corren los inerciales al abandonar el grupo, o los esfuerzos de la organización «obrera» de los novivos enfrentados a Jory).

Comulgo algo menos con las lecturas trascendentes de la historia. Que Ubik represente a un demiurgo en constante lucha contra la destrucción, o que la semivida recuerde, salvando las diferencias, al estado intermedio del budismo tibetano, resulta menos relevante que intuir el lugar que ocupan los distintos personajes en el drama espiritual construido por Philip K. Dick, porque, por mucho que se teorice al respecto, en la novela nadie está del todo muerto, como confirma el capítulo final, que a su vez desmonta el destino de Joe Chip y, sobre todo, el de Glen Runciter4.

 


  1. Un dato falso, porque últimamente leo en un Kindle y, para los que no lo sepan, mide las extensiones de los libros en porcentajes. 

  2. Sí, reconozco que me he tomado mi tiempo y que coincide con una lectura de clásicos de la ciencia ficción que me he planteado durante este 2014 y, probablemente, al ritmo que voy, durante 2015. 

  3. También tengo pendiente un texto sobre su 2001: una odisea espacial. 

  4. Me sorprende que en los debates sobre la novela se dé tanta importancia a este capítulo que, en el fondo, cierra una sospecha viva desde el comienzo. Los inerciales reconocen la aparición de Jory en sueños, otro estrato más entre la vida que ellos conocen y la semivida donde reside este. La moneda con la efigie de Joe Chip es un ejemplo posterior de esa comunicación. El clásico «todo está conectado». 

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