Las entrañas de la bestia: un relato sobre familias disfuncionales y osos disecados

Robert Herman y su esposa Elaine entraron en el viejo cuarto de juegos con la misma discreción que habían usado en otras tantas ocasiones, recurriendo a la cautela que desarrollas cuando engendras hijos de sueño frágil como la pequeña Elle Mae. Sus berrinches nocturnos les costaron, aparte de muchos desvelos y alguna que otra pelea, la cohesión que las parejas jóvenes necesitan para construir una relación sólida. Por mucho que se animaran a ganar esa batalla diaria llamada paternidad, tanto Robert como Elaine estaban convencidos de que, un día, uno no muy lejano, Elle Mae pondría fin a su matrimonio.

El cuarto de juegos tenía más de trastero que de rincón donde unos críos pudieran vivir grandes aventuras. Sobrevivían muchos juguetes, cajas enteras llenas de muñecas, balones desinflados que conservaban por nostalgia y maletas, muchas maletas, en las que se guardaba la ropa vieja que Elaine vendía regularmente en los mercadillos del barrio. Quince años de recuerdos incapaces de competir con la auténtica estrella de la habitación: el oso pardo de dos metros de altura que les regaló Dereck Herman, tío de Rob. Taxidermista de oficio, su debilidad por las apuestas le condujo a una falta de solvencia que el fisco quiso cobrarse en patrimonio. Dereck no lo permitió, escogió regalarlas antes que rendirlas ante hacienda. De eso hacía diez años, tiempo de sobras para convertir a la bestia en un miembro no reconocido de la familia Herman y el motivo por el que Rob y Elaine se escurrían en el cuarto de juegos cuando Elle Mae no estaba en casa.

El Sr. Zarpas, nombre por el que se conocía en el hogar de los Herman al oso disecado, era todo pellejo y poliuretano, un trabajo metódico que Bob echó a perder durante una jornada de bricolaje, cuando la escalera que estaba usando para cambiar una bombilla se precipitó sobre el animal y le abrió un boquete de tres palmos en los cuartos traseros. Elaine disfrazó la herida con habilidad y una alfombra adquirida en Wallmart. Aunque textura y tono fueran distintos, en determinadas condiciones de luz, el artificio era indiscutible.

Rob y Elaine elogiaron la habilidad taxidermista del tío Dereck gracias al suceso, ya que, al asomarse al interior del animal, descubrieron un universo de terciopelo y fibras sintéticas que rivalizaba en suavidad con cualquier sofá en el que se hubieran buscado acomodo.

El descubrimiento les condujo a una promesa: Elaine se ofreció a mantener las entrañas del animal en perfecto estado y dejar la fachada en manos de Bob, fuera bello o sus interminables hileras de dientes. La pareja puso auténtico esmero en la labor hasta que sus regulares enfrentamientos arruinaron el trabajo en equipo. A partir de ese momento, Elaine trabajó en solitario, superando la impresión de introducirse en la mullida carcasa plantígrada en beneficio de unas siestas en las que, aprovechando la inclinación del oso, se olvidaba de los defectos de su marido y las travesuras de Elle Mae. Fue su secreto durante semanas, hasta que Rob la descubrió y, dominado por la envidia, quiso imitarla. Así, la pareja se escurría por turnos en las vacías entrañas del Sr. Zarpas, buscaban una postura cómoda y se dejaban arrastrar por el sopor. Cuando tocaba relevo, se susurraban un amoroso «buenos días» a través de las fauces de la bestia, música que reverberaba por sus cavidades hasta depositarse con suavidad en sus oídos. Tras muchos años, en el hogar de los Herman se experimentaba una mínima armonía.

oso disecadoUn día, Elaine y Rob pusieron en práctica una idea que él llevaba tiempo barruntando: adentrarse ambos en el Sr. Zarpas. Elaine, tras una reticencia inicial, se dejó convencer por los estudiados argumentos de su esposo y accedió al experimento que, pese a su punto incómodo y asfixiante, generó dulces resultados. Sus brazos chocaron en numerosas ocasiones antes de encontrar la postura ganadora, pero, por muchos empujones y roces que hubiera, el terciopelo del Sr. Zarpas siempre estaba ahí para protegerles. Si bien es cierto que el oso se inclinó peligrosamente en un par de ocasiones, Rob se encargó, días después, de construir un soporte de madera que impidiera a su peculiar cuna venirse abajo.

Pasaron las semanas y el juego secreto de Elaine y Rob reactivó su relación, actuando como adolescentes rebeldes que huían de las responsabilidades de un mundo que les exigía demasiado. Ni Elle Mae sospechaba que sus padres contaban con su propia casa del árbol, y en más de una ocasión sus juegos y conversaciones fueron espiados a través de las fauces del Sr. Zarpas. En ocasiones miraba Rob, en otras Elaine, y en las que más, competían por echar un vistazo y ver como su hijita, transcurridas las semanas, los meses y los años, se transformaba en una linda adolescente. Lo que Elle Mae no sabía es que el juego de sus progenitores fue complicando sus reglas por accidente, y lo que antes habían sido instantes de asueto, derivaron en el redescubrimiento de una sexualidad aletargada por las tensiones conyugales. La proximidad, los inevitables roces entre sus cuerpos y la respiración agitada que acariciaba sus rostros dieron paso a fervorosas guerras entre labios y lenguas, y a medida que caían tabúes, caricias que subían faldas o se perdían bajo la ropa en busca de rincones prohibidos.

Convertidos sus escarceos en una dependencia, los Herman lamentaron que Elle Mae pasara tanto tiempo en la habitación. Optaron por el boicot, pero la chica defendió su territorio con incómodas preguntas que sus progenitores no supieron responder. Acorralados, dejaron que la adicción se hiciera cargo del decoro, e ignorando la presencia de su hija, planearon las visitas al oso disecado antes de que la chiquilla entrara en el cuarto. El constante miedo a ser descubiertos retorcía sus prácticas sexuales que, desarrolladas en silencio, sustituyeron los gritos de placer por arañazos y mordiscos frustrados.

El juego duró años, hasta que Elle Mae, ya adolescente, consideró que había un mundo más allá del cuarto de juegos. Además, llevaba tiempo quejándose del intenso olor a fibras sudadas que emanaba del Sr. Zarpas. Y aunque sugirió en varias ocasiones que se deshicieran de él, en todas ellas la decepción fue mayúscula al topar con el no rotundo de sus padres que, para mayor desconcierto, invocaban los esfuerzos taxidermistas del tío Dereck, único legado de un hombre que llevaba años sin dar señales de vida. Elle Mae, frustrada, fue apartándose sin saberlo de la ecuación sexual y ésta volvió a sus orígenes, menos peligrosos, igual de excitantes.

Una tarde cualquiera y buena para adentrarse en el Sr. Zarpas, los Herman estuvieron a punto de ser sorprendidos por Elle Mae, que sin previo aviso, y creyéndola con unos amigos, entró en la habitación. Elaine, con la costumbre de alargar los brazos y soportar las embestidas coitales agarrada a los colmillos del Sr. Zarpas, dejó sin aliento a su marido al encoger los codos y hundirlos en su abdomen. Ella misma se arañó las muñecas al retirarlos. Rob, dolorido, aunque al tanto de la inminente tragedia, se llevó el índice a los labios y rogó silencio. Elle Mae no estaba sola. Alargaron el cuello y observaron muy juntos la escena, o parte de la limitada panorámica que se les ofrecía desde el interior.

«Coño, ¿es un oso de verdad?», dijo la impresionada voz de un chico.

«Ya te hablado de él», dijo Elle Mae, «El regalo de mi tío Dereck, el taxidermista, el que metieron en la cárcel por engañar a Hacienda.»

Hubo risas y algún que otro comentario que los Herman no alcanzaron a entender, pero que sí justificaba el intenso olor a marihuana que se coló por la boca del Sr. Zarpas y que, más que aliviarlos, disparó la furia de Elaine. Sospechaba que Elle Mae fumaba, pero no cigarrillos de composición prohibida en el hogar de los Herman. Sus manos se cerraron en el terciopelo con una fuerza que habría rivalizado con la que tuvo el Sr. Zarpas en vida.

«Mis viejos están colgados», siguió Elle Mae. «Desde que tengo uso de razón adoran a ese oso disecado como si fuera un tótem indio. Son odiosos. Antes al menos lo lavaban cada semana, ahora echa un pestazo que no te deja estar en la habitación más de quince minutos.»

«Entonces iremos rápido», dijo él con malicia mientras hurgaba entre los recuerdos infantiles de Elle Mae, apilados en un rincón. Recuperó una muñeca despeluchada y la hizo bailar tomándola de las manitas. Elle Mae se contagió de su sonrisa, pero puso fin a la broma quitándole el juguete y devolviéndolo sin consideración a su caja.

La indignación cambió de cuerpo y le tocó a Rob molestarse con el chico, dedicado a hacer reír a su hija con muecas y gestos que buscaban un contacto físico entre ambos. Rob ya tenía un pie fuera del Sr. Zarpas cuando Elaine le detuvo, recordándole con una mirada de pavor qué imagen darían ante su hija si aparecían desnudos, qué padre podría regañarla sin retratarse como un perverso. Respiraron hondo sin alivio, el aire viciado por su propio sudor y los efluvios de pasadas cópulas. Los detalles que en otras ocasiones habían acelerado su corazón, ahora resultaban tan repulsivos como el áspero terciopelo que les rodeaba. Habían convertido al Sr. Zarpas en una cloaca anegada de frustraciones.

«¿Adónde irás rápido?», preguntó Elle Mae con una voz untada en miel. Elaine y Rob asistieron a los señales de cortejo que el cuerpo de su hija desplegaba, desde la sonrisa seductora hasta la caída de ojos. Elle Mae fue bajando defensas ante el desconocido, un muchacho que no dejó rincón de su cuerpo libre de besos y que, allí donde alguna prenda le estorbaba, la retiraba amablemente para seguir amando en territorio desnudo. Los minutos transcurrieron como horas dentro del Sr. Zarpas. Elaine mantenía los ojos cerrados, conteniendo el llanto. No le importaba tanto el presente de su hija como dirigirse a ella en un futuro. Su impotencia rivalizaba con la petrificación de Rob, que seguía la escena en silencio y se preguntaba cuándo iba a finalizar la cabalgata de su hija sobre aquel desconocido. El hipnótico vaivén que agitaba la melena y pecho de Elle Mae le impedía pensar con claridad y establecer las barreras morales que separan a padres e hijos. Pensó en Elaine, en la última vez que la había visto desnuda fuera del Sr. Zarpas, y encontró el recuerdo en las profundidades de su memoria, difuso e irreal, como si nunca hubiera existido. Como si leyera sus pensamientos, Elaine se volvió enfurecida. Dirigía una indignación inconcreta hacia el miembro viril de su marido, esclavo de una erección inesperada. Rob reparó en ella, y en lugar de avergonzarse y dejar que la devolvieran a su reposo habitual, siguió contemplando la escena hasta que la columna de su pequeña Elle Mae se arqueó en una última exhibición de placer. Los ecos de su gozo arrastraron a su amante al orgasmo y ambos permanecieron largo tiempo extendidos en la alfombra que tantos juegos había albergado en el pasado. Los adolescentes recuperaron fuerzas fundidos en un abrazo, Elle Mae paseando sus uñas por un pecho que aún no había visto crecer bello en él.

«Puto oso», dijo él, «parece que esté vivo. Míralo.»

«Quizá lo esté», murmuró Elle Mae acariciándole los labios para que guardara silencio.

«Entonces se lo habrá pasado en grande», dijo él con picardía, aguardando un premio a su comentario. Lo tuvo, y luego otro, un largo y amoroso intercambio de besos antes de que a Elle Mae le invitara a olvidarse del oso disecado y vestirse antes de que sus padres les descubrieran.

«Tenemos que repetirlo», dijo él antes de abandonar la habitación y dedicarle una última mirada al Sr. Zarpas. Elle Mae asintió aunque ya hubiera decidido lo contrario. Extendió meñique y pulgar simulando un teléfono. Él asintió y corrió a celebrar su triunfo con sus amigos. Elle Mae tardó unos minutos más, contemplando el cuarto de juegos, rememorando alegrías e infelicidades. Luego dedicó la misma contemplación al Sr. Zarpas.

«Siempre tienes que ser la estrella», le dijo. «¿Y bien, qué te ha parecido? ¿Te gustó? ¿Le das el visto bueno?»

Elle Mae alargó un brazo y paseó sus dedos por las fauces del Sr. Zarpas, recorriendo con fascinación los afilados dientes. La mano descendió por el cuello del animal hasta su barriga. Mentía al decir que el hedor de las fibras le desagradaba. Empezó a gustarle en el momento en que lo identificó con el sexo.

«Te quiero, Sr. Zarpas. Gracias por estar a mi lado y no juzgarme.»

Elle Mae besó el vientre muerto del animal y abandonó la habitación guiada por un estómago que, tras los porros y el ejercicio, exigía un asalto a la nevera. Dentro del Sr. Zarpas, Elaine Herman lloraba al sentir la tibia eyaculación de Rob deslizándose por su muslo. Sabía que esa chiquilla sería la perdición de su matrimonio.

Imagen propiedad de storem y cabecera de Ben Husmann