La Niña de La Puebla

Nos detuvimos ante el bar tras algunos comentarios nostálgicos acerca del barrio y sus gentes. Nostalgia, por otra parte, incomprensible, pues qué interés puede tener un vecindario donde los bares superan en número al resto de establecimientos. Desiré me explicó que el bar perteneció a sus abuelos durante veinte años. Ni ella recordaba la cifra exacta, pero el periplo coincidió con buena parte de su infancia y adolescencia, ese vacío que resumía con adjetivos vagos y del que, mientras duró nuestra relación, solo obtuve detalles que surgían cuando menos lo esperaba, en especial, cuando volvíamos de casa de su hermana. Interactuar con su única familia eran ejercicios de coraje, de ver que la susodicha prestaba más atención al móvil que a Desiré. La mujer vivía en un vórtice de likes, comparticiones y pestes arrojadas a personas que, incluso despotricando de ellas, llamaba amigos. El nucleo familiar se completaba con el marido, entidad invisible, y dos hijos engendrados tempranamente que tendían a enfrentarse a sus progenitores por capricho. Así que, cuando Desiré me dijo de camino a IKEA, vamos a detenernos unos minutos en el barrio donde crecí, sospeché que la elección del establecimiento no respondió a practicidad alguna, más bien a un deseo encubierto de sumergirse en el pasado. Pensé en qué mal podía hacernos visitar ese local degenerado tras una larga lista de traspasos, donde los parroquianos se agolpan en la puerta porque el interior arde perennemente y de la escasa ventilación penden aromas a frito. Gente que nos vio y juzgó casi tan rápido como Desiré accedió al interior, tironeándome de la mano para que no dudara, para que no me sintiera intimidado por esas víctimas de la novedad. La parroquia la constituían un grupo de hombres rondando los cuarenta años que vestían con ropa deportiva; también me llamó la atención un abuelo, incapaz de ceder la silla que había ocupado durante los últimos treinta años; y el dueño, de origen asiático, al que parecía salirle rentable esa parroquia de individuos desestructurados y proclives a la xenofobia, por como anunciaban sin reparos que iban a pagar sus consumiciones al chino. Desiré escrutó la decoración del establecimiento con una maravilla que solo la nostalgia puede explicar, sorprendida de que el aluminio de los marcos fuera el mismo de antaño, con sus arañazos, y la larga hilera de botellas tras la barra contuviera licores que nadie en su sano juicio se pediría debido a su graduación desorbitada. La vi sonreír al reparar en el único cuadro del bar, o más bien un recorte de periódico enmarcado. En él aparecía una mujer de pelo ensortijado y oscuro como las gafas que lucía, grandes, alargadas para que nadie detectara por los flancos su invidencia. La Niña de La Puebla, anunció Desiré, primera noticia de su existencia para mí, la artista favorita de su abuela, como le explicó al patrón del establecimiento. El hombre asintió con sonrisa nerviosa hasta que nos preguntó si íbamos a tomar algo. Sí, venga, así me explicas por qué conservas aún el cuadro, y también esas baldosas de «aquí vive un hincha del Madrid», y también esa otra del Barça, con el abuelo culé jactándose de sus colores. Intervine con un comentario sobre la inercia y la nula necesidad de reformar el escenario cuando el libreto de los actores solo les pide sostener un botellín de cerveza y hablar de cualquier tema con autoridad sofista. Desiré dedicó una sonrisa cansada al comentario, tras la cual, pidió un café con leche. Especificó que se lo sirvieran en vaso, algo que en casa no solía hacer pese a insistir en que la experiencia cambia según el recipiente. Luego dio un nuevo y amplio vistazo al conjunto y esperó en silencio a que le sirvieran, pues yo no me pedí nada, ya que, como habíamos acordado en el coche, pensaba merendar en el propio IKEA. El café con leche, como se puede esperar de un líquido hirviendo y servido en un recipiente sin asa, puso a prueba la habilidad de Desiré, que finalmente optó por el truco de cogerlo por los cantos, con dos dedos. Esa técnica la había aprendido de un exnovio de amplio mundo que solía aparecer con frecuencia en nuestras conversaciones. Si bien Desiré había terminado definitivamente con él, y yo tampoco es que sea hombre celoso, el agravio comparativo siempre flotó sobre dichas anécdotas. Entre sorbos, Desiré rememoró las habituales broncas de sus progenitores, en especial, cuando él se demoraba en esa misma tasca y a la mujer no le quedaba otra que bajar los tres pisos de casa, concentrando ira a cada escalón, para luego dejarla ir ante del tipo, al que parecía entrarle por un oído y salirle por el otro mientras sonreía ampliamente, no se sabe bien si por la escena, de un marcado machismo, o a causa de una broma diluida en el presente y prolongada en su mente. ¿Eso es cuando trabajó en la gasolinera?, le pregunté, y ella me contestó que no, que la gasolinera vendría años más tarde, un curro que le salió a modo de favor, pues es posible que su padre fuera de vocación difusa, pero era hombre de gentes, agradecido, a la vanguardia en hacer favores y luego recibirlos. Así fue como llegó a trabajar de comercial, y en el taller mecánico de un amigo, un salto laboral detrás de otro hasta su prematura defunción a los cincuenta años. Nosotros comenzábamos a salir por aquel entonces y me perdí las idas y venidas de la familia al hospital. El derrumbe hepático fue inexorable y el hombre culminó su existencia entubado, con respiración artificial, en los huesos, aunque por las fotos que le he visto a Desiré, escasas, he de reconocerlo, bien guardadas en una caja con otros recuerdos de la infancia, su padre nunca fue un portento físico, más bien un tirillas, de brazos delgados, greñas irregulares y alguna que otra carie que jamás trató por falta de suficientes ingresos. Sí asistí a la misa que se ofició al mes de la defunción, totalmente cohibido por tan atribulado inicio de relaciones. Estreché manos por cortesía, sin luego recordar el nombre de esos familiares de distinta proximidad que Desiré mantiene insonorizados en un grupo de WhatsApp. Una vez se dieron las presentaciones y se formularon preguntas sobre quién era y qué hacía ahí, pasé a un segundo plano del que no me moví durante el oficio. Recordé ese día mientras Desiré apuraba el café con leche con postreros sorbos amargos, puede que debido a un inesperado poso, propio del café o, quizá, de los recuerdos. Las memorias la invitaron a reflexionar hondamente, si bien abandonó los pensamientos con velocidad, con energía. Cóbreme el café y el cuadro, dijo, y aun estando acostumbrado a las explosiones de su carácter, la propuesta me sorprendió. El dueño del bar, perplejo, le indicó que el café salía por un euro y diez céntimos, y ella extrajo el monedero del bolso y repitió la pregunta a la par que contaba las monedas. No entiendo, no entiendo, cuadro no en venta, dijo el hombre, y si transcribo de este modo pueril sus palabras es para mantener el lost in translation entre ellos. El anciano enquistado en su silla alzó la vista pero en ningún momento intervino. En cambio, los tipos de la entrada sí lo hicieron, aunque solo uno se involucró realmente. Era un caballero de mentón sombreado y cejas espesas como el bello de sus axilas, fáciles de advertir ya que lucía una camiseta imperio y una intensa gestualidad que proyectaba las manos por encima del torso. La chica quiere comprar el cuadro de la cantante, la ciega, el cuadro, ese cuadro, dinerito… Frotó índice con pulgar y, si por un instante pensamos que iba a ayudarnos en la negociación, descubrimos que intervino porque el mercadeo le quedaba de camino al baño, la diminuta puerta en el fondo del establecimiento que obligaba a inclinarse para acceder. Finalmente, el dueño nos ofreció el cuadro entre ademanes cordiales y la palabra gratis repetida en voz alta para acentuar el gesto, sin extraviar la sonrisa en todo momento. Incluso nos invitó a tomarlo nosotros mismos. Descuélgalo, por favor, dijo Desiré, y yo procedí con desgana y luego con repulsa al advertir que una película de grasa se acumulaba en el marco. Retiré la fotografía de la pared para desvelar a la concurrencia un nuevo tono de baldosa, el original azul pastel que contrastaba con la polución que cubría al resto de azulejos. Aquí tienes a la Niña del Pueblo, le dije a Desiré, y ella, sin corregirme, tomó el marco con entusiasmo pero sin demasiada manipulación de tan evidente que era la roña. Nos despedimos, salimos del bar apresuradamente, como si lo hubiéramos atracado. No bajamos el ritmo hasta llegar al coche. Le dije a Desiré que guardara el trofeo en el maletero. No volvimos a hablar de él, y ya en IKEA, paseamos por las instalaciones sin mostrar excesivo interés por los muebles expuestos. Fuimos directos a la cafetería, donde yo me tomé un café en vaso de foam, que es una experiencia a la que estoy habituado. Lo acompañé de un rollo de canela. Desiré, por su parte, no quiso tomar nada.

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Michel

Recibía a los Márquez todos los jueves a las siete, aunque Julio, el marido, acostumbraba a llegar tarde debido al tráfico. Como ninguno de los dos planteaba mover las visitas a otra franja, solía dejar a Teresa esperando en la antesala de la consulta por mucho que expresara el deseo de que iniciáramos la sesión sin su esposo. Me negué siempre, así que la mujer aguardaba entre diez y quince minutos mientras repasaba con desgana las revistas caducas que siempre me propongo renovar y que nunca hago por el punto morboso que tiene la consulta de un pasado intrascendente.

A Teresa le desbordaban los enfrentamientos con su pareja, también con sus compañeros del trabajo y, en especial, con sus empleadores, enquistados en el puesto por inercia más que por méritos. Teresa, de perspectiva estructurada, puede que un poco intransigente, tildaba a dicha jerarquía de ponzoñosa, como el hedor que adquieres al pasar cerca de un contenedor y que no desaparece hasta que visitas la ducha y la ropa que llevaste durante el día descansa en la cestilla de la colada. En su caso, tal reinicio jamás llegaba, porque en el hogar le esperaban nuevos deberes, con dos hijos con dos bocas exigentes de seis y nueve años que le impedían disfrutar del respiro que sus pulmones al borde de la asfixia pedían. Más allá de la evidente tensión, Teresa procuraba que las angustias permanecieran tras capas de simpatía retórica. Tienes un estilo fabuloso, me decía, si yo intentara llevar ese vestido, parecería un botijo; pero qué color tan maravilloso el de esa blusa, y qué bien se ve con esos zapatos, ¿dónde los compraste? Yo solía responder a todas y cada una de sus preguntas, pero jamás le devolví los elogios, por mucho tiempo y dinero que invirtiera en agradarme. Dos años después de la última sesión con los Márquez, me encontré con ella en un bar ubicado en las alturas de la calle Balmes. Alegre y bebedora, feliz por salir de copas con sus compañeros de trabajo y diluir, al menos durante unas horas, las tensiones laborales. Recuerdo que fue una conversación confusa en la que Teresa buscó en todo momento el contacto físico, que si una palmadita en el hombro, que se un intento de pellizcarme la manga de la blusa para identificar el tejido del que estaba hecha… Logró interceptarme de camino al baño, pues yo la vi antes y traté de darle esquinazo. Y una vez más tuvo buenas palabras hacia mi vestuario e incluso dijo que siempre le parecí una mujer atractiva. Creo recordar que incluso empleó la palabra sexy. Yo le pregunté por Julio y ahí fue donde me habló del divorcio. Tendrás que disculparme, le dije, he venido con unos amigos y desde aquí les veo hacerme gestos para que no me demore. Tranquila, lo entiendo, ya hablaremos en otra ocasión. Toma mi tarjeta, ahí está mi teléfono, no vayas a confundirlo con el de Julio, dijo antes de echarse a reír escandalosamente. Como no quería propiciar un segundo encuentro, al volver del baño propuse a mis acompañantes que nos fuéramos a otro bar. Ellos accedieron.

Respecto a Julio, el marido de Teresa, nunca volví a saber de él tras las sesiones, pues el hombre era visiblemente reacio a cualquier terapia, individual o colectiva. Su actitud hacia ella cambió con la desestructura de Eric, el hijo pequeño, que pasó por una fase compleja de introversión directamente proporcional a la virulencia de los conflictos paternos. La criatura evitaba los espacios comunes y solía pasar largas horas jugando en soledad, sin importarle las medidas que Julio y Teresa tomaran para incluirlo en las dinámicas familiares. Yo creo que le tiene envidia al hermano, aseguró Julio en reiteradas sesiones, a lo que Teresa le respondía, sin necesidad de que yo mediara, pues las horas que pasaba con los niños, superiores a las que empleaba Julio en la educación de ambos, la embestían en autoridad, Teresa decía que si bien Eric mantenía a Jon, el otro hermano, al margen de sus juegos, la interacción entre ellos era respetuosa, sin enfrentamientos ni resquemores. Como nunca tuvo una respuesta mágica por mi parte, Julio exhibió durante los dos primeros meses un profundo rechazo hacia la terapia. Le recuerdo hundido en el sofá, piernas cruzadas y cuerpo en escorzo, siempre buscando el truco al artificio profesional que para él es la psicología. Al entrar, examinaba los diplomas enmarcados como un Dante que contempla las inscripciones de las puertas del Infierno. Una vez se convencía de que el peligro para su persona era nulo, que la loquera no iba a penetrar en su barrera de escepticismo, tomaba asiento él primero, pero siempre a dos palmos de distancia de su esposa, a la que interrumpía durante la sesión en busca de nuevos choques, nuevas reprimendas.

Como dije, el talante de Julio cambió a la par que el de su hijo, pues el pequeño Eric había desarrollado una serie de recursos que ayudaron a reducir el impacto que generaba el mal ambiente familiar. El de mayor calado fue la invención de un amigo invisible llamado Michel que, si bien, en un principio, pasó inadvertido a sus progenitores, Julio no tardó en analizar secretamente. Incluso recuperó el escucha bebés que adquirieron para seguir a ambos niños durante su primer año de vida. Lo escondió entre unos libros, fuera del alcance de Eric y Jon, y mientras consultaba el ABC o zapeaba en busca del programa de televisión que le salvaría del aburrimiento, atendía a las evoluciones discursivas de Eric e interpretaba las preguntas que el niño le hacía al tal Michel, consultas de amplia hondura por lo que extrajo de sus parlamentos. Temas tales como el rol de las instituciones en la sociedad, llevadas al terreno del jardín de infancia; la naturaleza, trasladadas al parque público donde cada tarde echaba unas horas con su hermano; o el poder, tema central en el que, a través de ejemplos artísticos, o todo lo artísticos que puedan llegar a ser los garabatos hechos con cera sobre un papel, Eric replicaba a su invisible interlocutor con argumentos en los que flotaba el género y la clase social y que luego Julio llevaba a la sesión y convertía en estandarte de sus argumentos.

He estado reflexionando sobre el tal Michel, nos confesó Julio, y he de reconocer que la sorpresa fue mayúscula y tuve que ajustarme las gafas al volverse mis cejas arquivoltas. Sí, siguió el Julio de impostada retórica que jamás habría empleado la palabra arquivolta para describir sus cejas, el sábado incluso me desvelé pensando en el susodicho Michel y en cómo Eric juega con términos y expresiones que no se corresponden a las de un chiquillo de su edad. Su hermano es igual de imaginativo, pero los diálogos que proyecta en sus muñecos son, en comparación, intrascendentes. Ahí le dije a Julio que la trascendencia de esos diálogos es un fenómeno subjetivo y que quizá tendría que prestarle más atención a esas conversaciones y evitarse así futuros agravios comparativos. Julio asintió, no del todo convencido, o quizá porque, al seguirme la corriente, conservaba así el turno de palabra. Prosiguió con el resumen de una de las conversaciones entre Eric y Michel: el apasionante debate giró en torno a la historia, la del mundo, el devenir humano, en cómo nos afecta y, a la hora de ilustrar la episteme con un ejemplo, Eric habló de la evolución del Sargento Sanders, un soldado de juguete, todo plástico él, que perteneció a su hermano. Pasó de soldado aguerrido a veterano bregado en mil batallas. El uniforme de botones rotos y el arma de goma retorcida que sostenía el muñeco daban fe de su retiro, de ahí que Eric lo mantuviera en reserva y solo lo tomara del cubo de los juguetes como refuerzo en las batallas que protagonizaban los muñecos recién comprados o también cuando algún miembro de esas nuevas generaciones requería consejo. ¿No os parece sorprendente?, dijo Julio. No tanto, dije yo, Eric ha adquirido consciencia temporal y ya advierte los cambios que experimenta su entorno. Es más, seguro que ha aprendido a datarlos y ordenarlos narrativamente. Michel es la réplica que cubre los vacíos de información que genera su constante experiencia.

Julio quedó poco convencido, por cómo volvió a sacar el tema en la siguiente sesión. Diluyó con sus investigaciones otros puntos de conflicto con Teresa, como la negativa por parte de Julio de hacer el amor más allá de las once de la noche, la hora en la que sus obligaciones paternales les dejaban más o menos ociosos. Siempre tiene una excusa, decía Teresa, que si estoy cansado, que si no dormiremos nada, que si a estas horas no se me levanta… ¿Le parece normal? La normalidad depende de cada uno de vosotros, respondí, tampoco existe una normalidad estándar, así que quizá debáis encontrar un punto intermedio en el que los deseos de ambos se satisfagan. Teresa asintió con determinación. Su esposo tardó en reaccionar, como quien tiene problemas para procesar un dato en un idioma extranjero. Cuando lo hizo, regañó a su mujer por el «a estas horas no se me levanta», pues le pareció un comentario de mal gusto y, aparte, frívolo ante una problemática de gravedad, todo eso sin perder la compostura y siempre en busca de la fórmula argumentativa que le permitiera introducir sus nuevos descubrimientos acerca de Michel. Al parecer, Michel está en contra del dogmatismo presente en la cultura contemporánea. Naturalmente, Eric no empleó la palabra dogmatismo, ni tampoco Julio, pero resume bien los rodeos del padre, y luego, prosiguió el progenitor, el niño volvió a ejemplificar sus ideas con una historia acerca de la estación de servicio que le obsequiamos en Reyes, la que cuenta con pequeños surtidores, con una cafetería y con una sección lateral de tres plantas que ejerce de aparcamiento. Antes de conocer a Michel, Eric distribuía los cochecitos por esplendor, permitiendo a los modelos costosos ocupar las plazas más altas mientras los viejos y feos residían en la primera. Bien es cierto que eran los primeros en abandonar el edificio, aunque, por el contrario, se perdían la rampa de tirabuzón que conectaba la parte superior con la gasolinera. ¿Pues no me dijo Eric que el asunto de las clases es muy delicado? Para Julio fue tan chocante que se fue directo a Internet a investigar de dónde había salido tal idea, pues cabía la posibilidad de que Eric, como ya hacen muchos críos de su edad, hubiera aprendido a saltarse el control parental de la tableta que comparte con su hermano y hubiera buscado en Google, ya sea por error o premeditadamente, los datos con los que engordaba la dialéctica de su imaginario amigo. Encontré, dijo el padre, el historial de navegación bien limpio. Como mucho, di con algunas referencias a Dora la Exploradora y otros personajes de los dibujos animados, pero ningún dato en relación con Michel. Así que llevé a cabo mis propias búsquedas y entre las sugerencias que Google me ofreció encontré una suerte de concordancia entre el nombre Michel y el fenómeno de la locura. ¿Michel Foucault?, pregunté. Sí, Michel Foucault, dijo Julio, ¿ha oído hablar de él? ¿Michel qué?, preguntó Teresa. Un filósofo, le dijo Julio. Creo que tengo en casa su Historia de la locura, dije yo, aunque no llegué a terminarlo, pero es buen libro, recordé, pero disculpe, qué relación puede tener Michel Foucault con el Michel de su hijo, dónde ha podido Eric oírlo mentar y extraer conclusiones sólidas de su cuerpo filosófico. Ya le informo que su sospecha es infundada, por no decir imposible, Sr. Márquez,  así que relájese, Michel es solo una etapa en la evolución de Eric, desaparecerá tan rápido como apareció. Lo más sensato es dejarle hacer y no intervenir, pues los niños son imaginativos pero no tontos, conocen a la perfección las reglas del juego que ellos mismos construyen, como cuando transforman una silla en barco y la escoba en remo. Identifican los lindes de su imaginación, así que no le recomiendo entrometerse en las amistades imaginarias de su retoño.

Julio hizo caso omiso del consejo, tal y como me contó Teresa en la siguiente sesión, visiblemente preocupada porque el espionaje adoptaba tintes obsesivos. Incluso llegó a anunciarle al pequeño que Michel estaba más que invitado a la cena, por si quería compartir mesa con ellos e iluminarles con su sabiduría. Eric le respondió que Michel no aceptaría, ya que dedica muchas horas a escribir en su casa. ¿Y qué escribe Michel? Libros, libros muy grandes en los que explica sus anécdotas y las de otros. Aquí tuve que intervenir y regañar a Julio por legitimar la fantasía de su hijo, a lo que este me dijo que era su derecho, que era un padre inquieto y que si hacía seguimiento del amigo imaginario de Eric era por su bien, para que no creciera contaminado por ideas ajenas a su edad. Volví a invitarle con tecnicismos a que no entorpeciera el desarrollo psicológico y cognitivo del niño, y aunque pareció intimidado por la amenaza, ya que él vio la opinión como tal, prometió que aflojaría un poco, así que en las siguientes sesiones reconoció que había dirigido la intriga hacia si al adquirir diferentes ensayos de Foucault, así como un libro titulado Foucault para dummies que le permitía traducir la jerga filosófica del pensador francés a su nivel académico. Leyó esas publicaciones con delirio, las subrayó, y engordó los volúmenes con anotaciones de su cosecha que asomaban por entre las páginas. Libros despeluchados, me parecieron cuando los trajo a la consulta. Teresa, por su parte, dejó de preocuparle la obcecación de su marido y sacó provecho de sus largas sesiones de lectura. Dedicó el tiempo a salir con sus compañeros tras el trabajo, pues al parecer, la marcha del jefe de departamento había reconciliado las energías de la plantilla; también salía de compras con una amiga de la infancia que recientemente la había agregado a Facebook y de la que cantaba sus excelencias y lo atractiva que se veía con dos simples toques de maquillaje. También empleó la palabra sexy para describirla.

El seguimiento se prolongó dos meses. Mientras tanto, Eric desintegró a Michel sin ayuda de adultos. Julio advirtió que éste ya no aparecía tanto en las conversaciones de su hijo. Al parecer, a Eric le preocupaba la salud de Michel, al que prefería saberlo en su domicilio sano a salvo, donde podría darle a las letras hasta altas horas, pues eran su pasión y la de sus amigos, que esperaban fervientemente la publicación de los volúmenes. Julio quemó cartuchos desesperados con preguntas sobre el aspecto de Michel, como si era una persona mayor, o si era calvo, o si necesitaba gafas. En la primera y en la segunda pregunta coincidieron sus deseos, en la tercera falló estrepitosamente por la cara que Eric le plantó. Papá, qué tonterías dices, cómo va a llevar gafas, dijo el niño.

Llegó un momento en que Michel fue un recuerdo, su nombre solo se manifestaba en las sesiones, por otra parte, de reducida productividad. Los Márquez habían experimentado un cambio anímico, una suerte de redistribución de energías maritales, y mientras Teresa estaba cada día más lozana e incluso llegué a pensar que, en alguna ocasión, se había presentado ebria en la consulta, Julio se mustió y actuó como un testigo silencioso que, a diferencia de otras ocasiones, ni se revolvía cuando la responsabilidad recaía en su persona.

Finalmente, la pareja dejó de acudir. A la semana, recibí la llamada de Julio, la voz irreconocible de un cuerpo sin fuerzas, todas ellas en manos de la decepción. En su corta comunicación me dio las gracias por el trabajo llevado a cabo, si bien, por recién adquiridos compromisos laborales, ya no podría seguir asistiendo a la terapia en pareja. Teresa pensaba de forma similar, también consideraba que la terapia había cumplido con su fundamento y ya no era necesaria. Pues eso, que ambos estamos muy agradecidos, me dijo. Les invité a que, en caso de un repunte personal de sus antagonismos, consultaran a un colega de confianza. Yo no quise llevarlos individualmente porque me olía el naufragio y sabía demasiado del barco como para resultar imparcial. Así que me despedí, también agradecí a Julio la confianza puesta en mi trabajo y así la pareja salió de mi vida hasta el ya mencionado encuentro del bar. Al salir y buscar otro establecimiento, mis amigos me preguntaron quién era esa mujer que me había devorado con la vista. También si les escondía algún secretillo, tal es la frivolidad de ciertas personas con la sexualidad de las otras. Y sin entrar en detalles, les expliqué que Teresa y su exmarido formaban parte de un pasado reciente, uno en el que los juegos infantiles no son tales juegos, sino sus más serias actividades.

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Lecturas superficiales sobre El Matriarcado de Bachofen

Los objetos literarios sufren distorsiones cuando la lectura es superficial. Lo descubrí este año al leer y, posteriormente, analizar la obra de Bertolt Brecht Madre Coraje y sus hijos. De ella deriva el concepto de la madre abnegada que hace cualquier cosa por su descendencia. Concepto errado, ya que la protagonista de la pieza resulta antagónica a tal principio, pues sus hijos, a lo largo del texto, sufren las consecuencias de su afán mercantilista, extraviándose a lo largo de un viaje vital que tiene por telón la guerra de los Cien Años.

Tal distorsión resulta conmovedora porque confirma cierta necesidad por parte de los seres humanos, humanos civilizados, por entender lo que nos conviene. En el caso de la Madre Coraje, transforma el egoísmo en altruismo, como demuestra la insistencia por parte de los medios, e incluso establecimientos, por mantener el cuño vivo.

Otro descubrimiento reciente parte de la lectura de El matriarcado, de Johann Jakob Bachofen. Sin ser un estudio atestiguado científica o históricamente, rompe una lanza a favor de esa mítica etapa de nuestro desarrollo de claro gobierno matriarcal.

el matriarcado de bachofen

Entre las tesis que Bachofen desarrolla gracias a, principalmente, la referencia mitológica, se encuentra el rol de las amazonas en las culturas de la antigüedad, consideradas por el antropólogo un fenómeno global, no el concreto que historiadores como Heródoto, Diodoro y otros tantos ubicaron a lo largo de la geografía mediterránea y asiática.

Sea cual sea su impreciso origen, así como el uso posterior por interlocutores tan opuestos como la teoría feminista o la industria hollywoodiense, Bachofen ubica a las amazonas en un estadio de transición entre la ginecocracia y el patriarcado, una respuesta a la degeneración de la primera a causa de la arribada del culto dionisíaco. Con más de sociedad terrorista que de oasis matriarcal, las amazonas se erigen el enésimo malentendido dentro de la evolución de las sociedades primitivas.

La falta de fundamentos históricos convierte las opiniones de Bachofen en una especulación que roza la esterilidad. Habitualmente, es el destino usual de las teorías históricas que parten del mito, aunque su ángulo resulta de interés por las mismas lecturas erróneas que el público hizo de la obra de Brecht. Lecturas erróneas que sobreviven gracias a la perpetuidad del error y que, sin ellas, o desaparecerían o quedarían relegadas al plano de influencia que les corresponde. En el caso de la Madre Coraje, a la esfera teatral; en el de las amazonas, al mitológico. Lo llamativo de todo esto es el interés que despiertan los lost in traslation en la cultura popular.

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Tragedia y modernidad, por Simon Critchley

 tragedia y modernidad simon critchleyTragedia y modernidad es un in media res dentro del discurso filosófico de Simon Critchley. Un libro menudo dentro la de la colección Mínima Trotta que sirve de tránsito entre las ideas del filósofo británico. Y cuando digo menudo, es pequeño, con dos partes diferenciadas; una puramente ensayística y titulada Filosofía de la tragedia, tragedia de la filosofía y otra a modo de diálogo entre Critchley y Tood Kesselman en el que advertimos la transición realizada por el pensamiento del primero hacia la tragedia griega, previo paso (fructífero) por el humor. Obvio la completa presentación que hace Ramón del Castillo del autor y de su obra, que como guía resulta efectiva aunque, por su extensión, desajuste el protagonismo de Critchley que, como lectores, andamos buscando. Así, Tragedia y modernidad, es la historia de un germen que el propio filósofo anuncia que tendrá un eco de mayor volumen en el futuro.

Sobre el texto en sí, Simon Critchley vira su interés en el humor como herramienta para comprender y sobrevivir a la modernidad hacia la tragedia griega, con ejemplos en torno a la obra de Sófocles y de Eurípides. Así confirma su lucidez interpretativa, con aproximaciones al Edipo Rey y la relación del individuo clásico con la muerte. Una relación para la que existe una educación previa y que, como todo aprendizaje, desemboca en una comprensión concreta de la realidad. Critchley reflexiona sobre el desapego y el apego hacia el final de los finales desde el punto de vista actual. Si bien es cierto que hablar de modernidad en 2014, para los puristas, puede caer en el anacronismo, Crichtley se las ingenia para trasladarse en el tiempo sin levar el ancla en el presente. Para ello, no duda en invocar u opinar sobre narrativas trágicas modernas, como la televisiva The Wire que, por otra parte, lo merezca o no, se ha convertido en sello de autenticidad en diferentes escenarios críticos.

Fuera del marco representado por este ensayo, el interés de Crichtley por vincular inquietudes filosóficas separadas por milenios es lícito, y hasta lógico. Que la herramienta sea la literatura, también. Fue Erich Auerbach quien advirtió tales correlaciones entre los relatos bíblicos del Antiguo y el Nuevo Testamento en su ensayo Figura (también disponible en Trotta). De ahí que, más allá de las diferencias entre el pensamiento clásico y el moderno, puedan trazarse líneas coherentes entre ambos. Iría más allá y diría que toda época es susceptible de empacar sus principios y viajar en el tiempo en un movimiento inverso al de la mujer del futuro de Neutrex. La soberbia evolutiva del ser humano fantasea con la idea de aleccionar a sus antecesores. Ya sea ofreciéndoles una botella de lejía revolucionaria o proyectando la ficción al futuro. Recordemos las teorías sobre los avistamientos de ovnis, posibles  visitas de una humanidad en tal estado de avance que disfruta contemplando el pasado tal y como nosotros visitamos la prehistoria gracias al programa El hormiguero.

Desentrañar los dramas del presente a partir de la literatura del pasado es una decisión. Como todo, el éxito depende de nuestra capacidad para traducir (o que nos traduzcan) heroísmo, tragedia, romanticismo o la ideología que mejor se ajuste a la época. La siguiente fase es la descubrir si lo que funciona para el individuo puede trasladarse al colectivo, muy posible, o si en la traducción la esencia se extravía o nos llega adulterada. Por fortuna, en este caso, Simon Critchley es lo bastante lúcido para erigirse intérprete o especulador en temas trágicos.

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El puño de la estrella del norte: summa violentiam en tiempos del pop

Hokuto no Ken, de título El puño de la estrella del norte en nuestro país, forma parte de aquella primera hornada de mangas que llegaron a Europa a comienzos de los noventa y a raíz del éxito de films como Akira, de Katsuhiro Otomo, o el incombustible Dragon Ball de Akira Toriyama. Sus ecos al pop de los ochenta, así como la ultraviolencia que destiló erigieron a Kenshiro, su protagonista, en uno de los iconos de la revista Weekly Shonen Jump.

Hokuto no Ken es un manga creado por Buronson, pseudónimo de Yoshiyuki Okamura, con dibujos de Tetsuo Hara. La obra narra el viaje de Kenshiro, experto en artes marciales, a través de un mundo postapocalíptico directamente influenciado por la película Mad Max. En el trayecto, Kenshiro se enfrentará a otros artistas marciales, tanto de su escuela como de ajenas, todas ellas caracterizadas por unos estilos de lucha basados en el despiece o la implosión del rival. La premisa es sencilla, propio de los mangas de la época y la creciente industria del videojuego de los ochenta, con una jerarquía de villanos de ascendente poderío que el protagonista derrotará episódicamente.

Esta fórmula en apariencia simple bebe de la tradición marcial japonesa, del héroe solitario que establece vínculos tanto con el pistolero como el héroe caballeresco del Medievo. Protagonista de un viaje de virtud en el que la tentación acecha a cada paso y en el que, como mucho, puede contar con la ayuda de un elenco de secundarios estereotipados o el recuerdo de una amada perdida que insufla regularmente las energías que las batallas restan.

Más allá de estos trazos evidentes, Hokuto no Ken es una obra de narrativa parca, con un protagonista agresivo/pasivo que demuestra especial talento en ambas facetas. Kenshiro es personaje de pobre diálogo, que calla y otorga, y que solo pasa a la acción cuando alguien pone a prueba los valores que, por otra parte, le condujeron al drama en el que vive. Estoico es poco, alrededor de su figura se reúnen siglos de martirios que, inevitablemente, conectan con la figura de Jesucristo.

De ahí que Hokuto no Ken apunte más a la tradición judeocristiana que a la shintoista, budista o cualquier otro credo de las islas japonesas. El suyo es un discurso de herencia anglosajona, libre de prejuicios ya que, por otra parte, el Puño plagia conceptualmente al Max Rockatansky de George Miller. Un producto que, tan solo por su origen australiano, establece un discurso moral periférico que funciona a través de la violencia, ahorrándose cualquier valor de fondo o redenciones prematuras que eluden el conflicto. En Hokuto no Ken, la violencia engendra violencia y se resuelve con violencia. Si existen epifanías o anagnórisis, éstas se darán después de la masacre.

El minimalismo estilístico de la narrativa de El puño de la estrella del norte también es propia de la narración judeocristiana, como Auerbach describe en La sandalia de Ulises, capítulo dentro de su Mímesis en el que compara el estilo homérico con el de los narradores de la Biblia. Frente a la necesidad de las exposiciones retrospectivas para aclarar el detalle, propio del aedo, encontramos a lo largo del Antiguo Testamento una sobriedad que trabaja por la acción. Que en Hokuto no Ken cobren importancia el cuerpo y la sangre de los protagonistas logra que el producto final también se enmarque en una tradición escatológica cristiana.

El puño de la estrella del norte es la historia de un final, un más allá terrenal con aires de purgatorio, y como trayecto por realidades dominadas por polaridades como el bien y el mal, o la virtud y el pecado, entrevemos en el manga ecos dantescos y un carácter de summa que, si bien en Dante aglutinaba tradición intelectual, en Hokuto no Ken se sustituye por violencia. El Puño es una summa violentiam, pues no es extraño encontrarnos en sus entregas las muchas penitencias que han caracterizado a la historia de la humanidad, desde los castigos del Medievo a una estereotipada era arcaica donde los esclavos mueren durante el alzamiento de faraónicos proyectos. Estos sutiles brincos históricos apuntan también a un mito fundacional en el que, curiosamente, en lugar de que el héroe domine el caos potencial, éste se enfrenta a aquellos que establecen el orden en su cara extrema.

La lectura superficial de Hokuto no Ken aporta testosterona y superficialidad moral; la relectura en profundidad resulta aterradora por el catálogo de crueldades con el que la humanidad se ha autoflagelado a lo largo de la historia. Una locura con la que, por otra parte, también se puede establecer ficción de masas.

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Self-publishing hero: una conversación con Isaac Pachón

Cosas que escribí mientras se me enfriaba el café es, aparte de un excelente libro de relatos, un ejemplo de éxito autoeditorial en nuestro país. Su autor, Isaac Pachón, cruzó la línea que divide al escritor del editor con éxito, como atestigua la sexta edición de su antología y las numerosas menciones en prensa, tanto física como online, que el libro acumula desde su aparición en 2015. En 2017, Isaac sumaría a su proyecto editorial Buscando el lado frío de la almohada, otra compilación de relatos tan cuidada y bien recibida como la anterior. Un año después de este segundo lanzamiento, analizamos el balance de la aventura en una conversación que repasa sus éxitos y los principales obstáculos que surgieron durante el proceso.

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El éxito comercial y de difusión de tus obras te convierte en uno de los pocos casos de estudio de la autoedición. ¿Qué lugar ocupa la autoedición en tu trayectoria? ¿Lo ves cómo una puerta de acceso a otros mercados o un terreno a defender por su potencial?

Me resulta curioso, a la par que halagador, ser un caso de estudio por mi trabajo con la autoedición. En mi trayectoria como escritor, autoeditar sin duda ha sido la clave para estar aquí haciendo esta entrevista, así como el haber tenido el privilegio de aparecer en otros medios. Siempre procuro ser sincero cuando hablo de mi propósito inicial cuando decidí editar mis propios libros y te diré que lo hice para poder llegar a una buena editorial. De momento estoy en el buen camino, aunque no hay nada conseguido todavía. En el caso de continuar por este terreno lo haría como hasta ahora, de una manera seria y profesional, y separando, cuando sea conveniente, al escritor del editor.

Entrevistando recientemente al poeta Jaume Muñoz, surgió la condescendencia que entre algunas personas existe hacia este tipo de publicaciones. Aunque no dejan de ser opiniones subjetivas, aún son numerosas. ¿Qué debería cambiar para que la gente pensara distinto y el libro autoeditado se equiparara al tradicional?

A mí me gusta llamarlo «estigma». Suena muy feo, lo sé, pero es así. Una etiqueta ganada a pulso y que difícilmente conseguirá quitarse de encima el libro autopublicado. El problema es que este tipo de publicaciones son un reflejo de la persona que lo escribe, corrige, edita y distribuye. Hay que reunir muchas cualidades para conseguir un producto que pueda estar a la altura de libros publicados por editoriales, así como contar con los servicios de profesionales en el mundo de la edición para conseguir un resultado lo más óptimo y decente posible. He visto auténticas chapuzas autopublicadas y las seguirán habiendo, no hay filtro que lo evite salvo nuestro propio criterio. También las hay en publicaciones realizadas por editoriales convencionales, aunque los casos son menos habituales.

Otras etiquetas en las que se está poniendo énfasis son “autores indies” y “editoriales independientes”, como si esfuerzos como el tuyo fueran un asalto al sistema o similar. ¿Es un asunto comercial o en realidad los autores autoeditados podrían llegar a formar parte activa de la industria editora?

Hoy te diré que lo veo más bien un tema comercial, mañana quizá responda lo contrario (risas). Y lo pienso así porque la etiqueta «indie» da un toque moderno y genuino. Dentro de una película, disco o libro, como en este caso, firmado por un autor independiente esperas encontrar algo distinto a lo visto hasta el momento, con la libertad que da el no estar sometido a ningún tipo de política editorial. Creo que es bastante complicado que los libros autopublicados sean seria competencia para las grandes editoriales. Mientras tanto, las editoriales independientes hacen lo que buenamente pueden, apostando por la originalidad como clave de su éxito para abrirse un hueco en el mercado.

Hablando de este proceso, la autoedición te ha puesto en contacto con otras fases de la producción libresca, como la maquetación, el diseño de cubiertas o la distribución de las obras. ¿Alguna de ellas te ha sorprendido especialmente hasta el punto de disfrutarla al mismo nivel que la escritura?

Podría decirte que el diseño de cubiertas, por el sencillo motivo de que soy admirador de un gran número de ilustradores, mi vocación frustrada. En mis portadas he contado con el arte de Alfonso Casas y de Javier Rubín Grassa que han realizado grandes trabajos y disfruté mucho siguiendo todo el proceso. Pero nada me llena más que escribir. Editar tu propio libro es un camino bonito, pero en mi caso ha sido por fuerza mayor, aun así he intentado hacerlo de la manera más profesional posible. Por el contrario, la dificultad más grande que he encontrado ha sido la distribución y el trato con algunas librerías que no apuestan por este tipo de publicaciones. Aunque de todo hay que sacar el lado positivo, como haber conocido a muchos libreros con los que contaré seguro para futuros proyectos.

Llegar a las librerías no es sencillo. Llegar a muchas librerías, como en tu caso, más difícil aún. ¿Qué consejos das a los autores y autoras que venden sus novelas a puerta fría? ¿Qué han de cuidar para generar una buena impresión?

No me gusta dar consejos, porque no me creo con la verdad absoluta de nada. Pero explicaré como lo gestioné desde el primer día por si a alguien le sirve de ayuda. Lo primero que hice cuando publiqué «Cosas que escribí mientras se me enfriaba el café» fue dejar a un lado a mi yo escritor y vestirme con la piel del editor que presenta un producto de una manera fría sin sentimientos de por medio. Las dos primeras librerías que visité me dieron una respuesta negativa a mi pregunta, que siempre era la misma: «Buenos días, mi nombre es Isaac Pachón y vengo a presentaros mi libro para ver si lo podéis tener aquí a la venta». Sin vergüenza ni dar la sensación de estar mendigando un lugar para tu libro en sus estanterías, pero con educación. Educación y buenos modales al entrar, y educación y agradecimiento al salir, sea cual sea la respuesta, aunque ésta sea un no rotundo. Por otro lado, y por suerte, muchos libreros sí apuestan por este tipo de libros, convirtiéndose así en nuestros primeros padrinos literarios.

Tus libros también pueden encontrarse en Amazon, un terreno fértil para la autoedición. ¿Qué opinión tienes del mundo digital cuando comienzan a oírse voces de que a nivel ventas y difusión tampoco ha sido el revulsivo que la industria del libro esperaba?

Sin números ni estadísticas delante, puedo decirte que a día de hoy el libro digital no es más que otra variedad de lectura, que no es poca cosa. Pero no es competencia seria para el libro en papel, pueden vivir en estas plataformas de una manera paralela y ser fuente de beneficios de igual modo para los mismos sellos editoriales. Hay libros que pueden funcionar muy bien en formato digital y ser otra opción, evitando los costes de imprenta, para el lector. En cambio, hay libros como «Buscando el lado frío de la almohada» que van acompañados de ilustraciones y que son una verdadera pena editar en formato digital, ya que pierden toda su esencia. Este tipo de libros mejor publicarlos solamente en papel.

Y hablando de ebooks, ¿temes a la piratería?

Aunque el tema para las grandes editoriales es algo muy serio, para mí no lo es todavía. Me resulta curioso que alguien quiera descargarse gratis alguno de mis libros, que desde el minuto uno en el que está disponible en la plataforma de venta ya está en varias webs para descarga de libros de manera gratuita. No creo haber perdido muchos beneficios a causa de la piratería, y sí así fuera no me hago mala sangre y espero que los piratas hayan disfrutado de mis historias y que hagan el favor de comprar el próximo.

En la última pregunta quiero preguntarte por tus próximos proyectos. ¿Alguna novedad para este 2018 que me puedas adelantar?

Para este 2018 veo complicado tener publicación nueva, aunque no imposible. Espero en unos meses poder presentar un nuevo libro, una novela muy en la línea de los relatos y de ese juego entre realidad y ficción de mi primer libro. Si será autoeditada o publicada por una editorial tradicional dependerá de varios factores, entre ellos, de la fortuna y de la alineación de los astros. Deséame suerte.

 

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La verdad (o parte de la verdad) tras los consejos para escritores

Uno de los temas estrellas de este blog son los consejos para escritores que últimamente se prodigan en la red. Tampoco es que sea algo nuevo, pero 2017 vio numerosos ejemplos en alza que, oficialmente, establecen tendencia.

En mi caso, me costó entender el formato de algunos de ellos, en especial los que intercalan la construcción de personajes con consejos gramaticales y ortográficos de enseñanza secundaria. Más tarde, entendí que el grueso de las personas que se plantan ante el ordenador con interés literario no necesariamente trabajan por la literatura. En algunos, muchos casos, sus obras son ejercicios continuistas de una tradición que ya hace tiempo dio sus mejores frutos. Tales autores, si bien pueden desarrollar apasionantes historias, se aproximan peligrosamente al producto libresco, por lo que sus obras requieren de un pulido más orientado a la forma que vende que a aquella que innova.

Otro de los objetivos de una estrategia de consejos para escritores son todas aquellas personas que, a causa de su negocio, se embarcan en la redacción de un libro que, posteriormente, emplean para aumentar las visitas de su sitio web. Entiendo que este sector requiera de cierto empujón ante la página en blanco, la ordenación de ideas y otros tantos consejos que hagan su ebook legible.

Así que, en conclusión, ¿a quién están destinados estos consejos? ¿A los copywriters, a los jovenzuelos que trasladan los guiones de sus partidas de rol al gran formato representado por el libro, o al autor que se plantea trasladar en clave sci-fi la novela Mientras agonizo, de William Faulkner?

Una vez más, la respuesta conduce a Google. Los blogs basados en consejos para escritores trabajan por esa máxima que corre por entre los recién llegados al negocio online: crea un blog. Cada uno de esos textos incluye una serie de palabras clave que, con el paso de los meses, incluso de los años, posicionará la web que las alberga, con suerte y esfuerzo, entre los primeros resultados de nuestro buscador favorito. Es así de simple, si bien existen importantes matices técnicos que podría detallar en futuras entregas de este blog (perpetuando el mismo ejercicio que detecto en otros), la generación de contenido está bien vista por Google. La suma de todas las personas que, como tú, han detenido su ritmo vital para leerse este texto, lanzan un mensaje de relevancia al respecto de esta web. Y que mi sitio aparezca bien alto en las búsquedas genera sobre mis opiniones un halo de importancia que, o bien puede tenerla, o solo es fruto del marketing. El clásico “parece interesante lo que dice, voy a comprar su libro”.

 

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Algunos precios a pagar por una edición tradicional

La puerta al mundo de la edición representada por Amazon parece fácil de abrir y cruzar con tan solo una novela, un relato o un ensayo publicado en formato electrónico. Y aunque existen resultados para todos los públicos, sorprende el volumen de pésimas ediciones que posicionan entre libros de mayor competencia. En este saco entran las obras de entusiastas que deciden dar salida a sus textos, gesto válido y, por otra parte, falto de complejos que desvirtúa el panorama editorial independiente.

¿Y por qué los autores se vuelcan en masa por la publicación electrónica y no por la edición tradicional? Sencillo, porque es barato. Porque con unos conocimientos básicos de Word y una cubierta resultona pares una novela en menos de una semana.

¿Pero tan caro resulta editar en papel? Pues no tanto, la verdad, ya que como inversión, la edición tradicional de libros se amortiza con facilidad. Naturalmente, todo depende de la ambición que le pongas al proyecto y las energías publicitándolo, aunque, con una firme estrategia de comunicación, puedes recuperar una buena parte de la inversión en la presentación de la obra.

Una novela de alrededor de 300 páginas, dependiendo de la tirada1, puede costar por ejemplar de dos a cuatro euros. Hablo de una edición de bolsillo como las de Varón de multiforme ingenio e Hijos de la siega. En ambos casos, me moví por cifras manejables porque, más que por el dinero, comencé a preocuparme por el espacio que requieren, como mínimo, un centenar de ejemplares en tapa dura. Sin duda, más espacio del que cualquier pareja, progenitor o compañero de piso pueden tolerar. Así que, una vez decidido formato y cantidad, mi cuenta corriente sobrevivió al asalto sin suicidarse antes.

A partir de ahí, y teniendo en cuenta que los libros acostumbran a venderse por el triple o cuádruple de lo que suelen costar, tenemos que por cada uno de esos ejemplares a tres o cuatro euros conseguimos de doce a dieciséis lereles. El margen es interesante, más del que nos ofrece Amazon, con unas reglas de posicionamiento más duras que la rueda que empujaba Jorge Sanz en Conan.

Hasta aquí todo parecen beneficios y, si eres habilidoso organizando la presentación de tu novela, descubres que reuniendo a diez personas en el mismo espacio, has hecho una caja de, aproximadamente, 150 euros. Es sencillo, y más cuando empiezas, ya que familia y amigos suelen romper una lanza por tales iniciativas.

En caso de que tengas que alquilar el espacio de la presentación, el beneficio será menor, aproximadamente un 30% menos por cada ejemplar, pero la inversión vale la pena, porque si tienes la fortuna de realizarla en una librería, es muy probable que los propietarios inviten a los habituales del establecimiento y caiga algún ejemplar más.

Poco a poco, a medida que se vayan vendiendo ejemplares, verás cómo la inversión inicial se reduce. Los beneficios, por otra parte, son efímeros, ya que la campaña de comunicación de la que hablé antes requiere el envío de ejemplares a prensa, a blogueros o criaturas influyentes que puedan multiplicar el interés por el proyecto. Si todo ha ido bien, habrás obtenido difusión, críticas y algún beneficio económico, pero esto último es secundario, ya que eres un autor independiente y, hazte a la idea, enriquecerse con el oficio no es, o no debería ser, la prioridad.

Si bien esta exposición puede resultar liosa por la cantidad de factores que he introducido en el proceso de autoedición, con el texto solo quiero demostrar que existen vías alternativas a entregar el fruto de tu esfuerzo libresco a una multinacional sin alma definida. La edición tradicional no es una meta inalcanzable. Es cierto que he obviado algunos detalles, como que no todo el mundo sabe maquetar una novela o diseñar una cubierta que llame instantáneamente la atención, pero al igual que las letras se han democratizado, o eso dicen, también lo han hecho el diseño, la comunicación digital, etc. En pocas palabras: en Internet abundan los tutoriales. Es hora de ponerse a trabajar.

Imagen por Rita Morais


  1. Recordemos que, a más ejemplares impresos, en más se reduce el precio final 

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Sobre qué escribes, le preguntaron al sufrido autor

Sobre qué escribes, así como su variante «qué escribes» y, la de mayor complejidad por el juego preposicional que añade: «de qué escribes», son las preguntas a las que se enfrenta el escritor que, tarde o temprano, es descubierto y reconocido por su entorno como hombre de letras. De muchas letras, tantas como para finalizar una novela.

Sobre qué escribes se vuelve un ejercicio de reflexión profundo cuanto tu ficción es generalista. El drama es menor cuando abrazas un género concreto, pues el grueso de la población parece más afín a las concreciones que a las generalidades. Así que, cuando tu novela, como en el caso de mi Varón de multiforme ingenio, narra las desventuras de un hombre adulto en Barcelona y describe las relaciones laborales y emocionales que establece con su entorno, la respuesta invita al silencio, uno prolongado en el que barajo conceptos como “comedia” o “tragicomedia”, aparte de recuperar y crear rebuscadas etiquetas propias de webs como Goodreads, donde la segmentación puede, en algunos géneros, alcanzar niveles enfermizos.

Aquello en lo que quería reflexionar con este sobre qué escribes es la necesidad o no de etiquetar la obra propia para hacer que llegue a más público. Son las reglas del juego cuando en Amazon buscamos libros afines a nuestros gustos literarios, y uno de los requisitos de las publicaciones digitales del programa KDP.

Una vez más los mercados se apropian de una cuestión en la que la teoría literaria lleva años trabajando. No con la burda pregunta sobre qué escribes, más bien con el análisis de géneros a lo largo de la historia, siempre bajo la sombra de la dicotomía ficción/no ficción.

Personalmente, no tengo nada en contra de la catalogación de novelas a la hora de allanar su recepción. Puede ocurrir que, una vez estrenada nuestra flamante etiqueta, alguien pregunte en voz alta: ¿y qué significa? Cuestión que nos obligue a inventar una excusa que justifique la excusa previa. Y vuelta a empezar.


Photo by Cristina Gottardi

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La más fuerte entre las narrativas matemáticas

El reciente contacto con la producción de August Strindberg y, en especial, con la obra teatral La más fuerte, me ha recordado las dificultades que entraña un ejercicio estructural al margen del constructo clásico de inicio-nudo-desenlace o la división en actos de, en este caso, la obra teatral.

En La más fuerte, fuera o no la intención del autor, aparece un diseño en forma de ecuación donde las protagonistas adoptan el rol de variables. Sus propios nombres las delatan, X e Y, dos incógnitas que, a medida que avance el texto, irán descubriendo su valor dentro de la fórmula de la que forman parte.

La más fuerte, a modo de rápido resumen, narra la conversación que mantienen dos actrices de diferentes edades y paralelo desarrollo vital. Conversación por no hablar de monólogo, ya que solo una de ellas, la veterana, parlamenta durante toda la obra, dejando la gestualidad a la más joven, que soporta el contenido de la charla con dignidad, ataques implícitos y explícitos incluidos.

El desarrollo de sus posiciones define la ecuación, con un acercamiento a la barrera invisible que las separa, el igual que establece la relación de los factores en la operación matemática. Posteriormente, aparecen una serie de virajes en la perspectiva de X que pueden identificarse con el comportamiento de los elementos de la ecuación cuando se desplazan al otro lado de la igualdad, con el cambio de los elementos negativos en positivos y viceversa.

El resto de ecos ecuacionales aparecen en la figura de los hijos y el marido de X. Para ella, un valor que suma; para Y, un número negativo pues desconoce la maternidad. El marido, en cambio, deviene constante que afecta a ambas, ya que, aparte de esposo, descubrimos que también fue amante de Y, de ahí la escalada de enfrentamiento entre las dos mujeres.

Desenlace al margen, La más fuerte, como ejemplo exitoso de una estructura matemática latente, me sirve de baremo a la hora de identificar las costuras de otras piezas, ya sean teatrales, cinematográficas o literarias. El éxito de tales operaciones matemáticas radica en la proximidad del público hacia éstas, el grado de costumbre a ciertos cálculos. Recordemos que el chico conoce a chica y su posterior enamoramiento no es más que una suma de factores. Que este 1+1 desemboque en diferentes resultados es el siguiente paso en su complejidad, pero no deja de ser una estructura manida y fácilmente reconocible. La ecuación de primer grado es harina de otro costal, al igual que los ejercicios estructuralistas de Vladímir Propp con los cuentos populares rusos, donde descubrimos factores elevados a diferentes potencias y combinatorias imposibles de identificar mientras gozamos del relato. Aunque la labor de Propp sea estrictamente analítica, parte de construcciones transmitidas entre generaciones, en este caso, complejas pero también superadas con el paso de los siglos como, por ejemplo, la historia de la triada de hermanos que parten en busca de fortuna y el retorno victorioso de uno de ellos, el que expresó mayor contención en sus ambicionesEl gato al agua adopta la forma de una princesa o de un artefacto mágico que resuelve la vida a toda la familia.

Ocultar las operaciones que sostienen una obra es problemático, nada fácil. Al menor descuido salta la liebre, algo parecido a que los edificios en los que vivimos conservaran en las paredes las medidas e indicaciones del arquitecto. Y cuando hablo de estructuras matemáticas, también puede aplicarse a las semánticas. Lo importante, en ambos casos, es ser consciente de que estamos empleando tales formulaciones en nuestros textos y determinar hasta qué punto forman parte de las convenciones narrativas de nuestra época. Si trabajas desde un género concreto no existe problema alguno, o no debería, ya que los lectores exigen la visibilidad de ciertos elementos para sentirse identificados con el texto. En caso contrario, alerta, vigila como sostienes tus cartas porque las estas mostrando al resto de la mesa.

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Triunfa con tu libro antes de que otro autor triunfe con el suyo

Triunfa con tu libro es, posiblemente, una de las mayores falacias del mercado editorial actual, y cuando hablo de actualidad, me refiero a un periodo estirado más allá de sus límites que puede comprender veinte años, o tal vez más.

Triunfa con tu libro es un eslogan comercial empleado por innumerables servicios editoriales y algunas figuras del coaching literario que, estando en su derecho, ofrecen su experiencia a los autores que comienzan, o que creen comenzar, en esto de las letras.

Digamos que representan a un nomadismo editor totalmente desvinculado de un sello editorial, por lo que la especificidad se pierde en beneficio de un rango de acción más amplio. Por otra parte, invierten menos capital que la persona que crea su propia empresa y decide, por poner un ejemplo, publicar libros de poesía.

La diferencia entre ponerse en manos de una editorial tradicional (si las manos de la editorial deciden sostenerte) o uno de estos novedosos servicios basados en una cara visible y una serie de profesionales periféricos vinculados en mayor medida al mundo editorial se encuentra en el modus operandi. Los primeros recurren a estrategias consolidadas y forman parte de un circuito comercial directamente relacionado con los libros que editan; los segundos, dominan el entorno digital y, por lo tanto, y en pocas palabras: saben más de márquetin. Los primeros se dirigen a la persona que entra en una librería y se deja sorprender por cubiertas, títulos y cualquier otro gesto que los libreros empleen para dar visibilidad a los autores; los segundos lograrán que sus libros te aparezcan hasta en la sopa cada vez que accedas a Facebook o cualquier otra red social. Es un decir, porque como todo en esta vida cuenta con matices. Luego existen figuras híbridas que, tras ponerse las pilas, aprovechan el potencial online y su larga lista de contactos editoriales para convertir cualquier proyecto en algo grande. Son menores, pero existen.

Volviendo al triunfa con tu libro, vemos aquí un ejercicio claramente capitalista vinculado al ideario laboral estadounidense, con empinadas pirámides y jerarquías de éxito que, sí, es cierto, cuentan con reflejos en nuestra sociedad, pero que, a la larga, no se sostienen. De ahí que estos servicios de edición apuesten por los ascensos en las listas de Amazon, los cursos para convertir nuestro libro en un best-seller o el coaching puro y duro. Traducido al lenguaje de un aspirante a escritor, vendría a ser, siguiendo el mismo orden, gamificar la literatura, transformar el libro en un producto o, en la siempre vigente minoría de edad kantiana, dejar que otros lleven las reglas de tu carrera literaria. Son opciones respetables, perfectas si tu presupuesto lo permite, aunque peligrosas, ya que, lo sé por mi propia experiencia, el márquetin online es una hidra de seis letras, las que forman la palabra Google. Un día crees gobernarla, otro cambia su patrón y adiós, muy buenas.

El verbo triunfar es un veneno inoculado a las humanidades desde que el grueso de la sociedad les dio la espalda. Puedes triunfar en la música, puedes triunfar en las letras, puedes triunfar en el arte y puedes asumir que estas tres afirmaciones son una mentira porque, a mi modo de ver, las humanidades sirven al prójimo, ya sea a un nivel intelectual u ocioso. El que quiera triunfar con su libro no sabe dónde se mete, o sí, ya que se sumerge en un mar productivo y consumista en el que, si deja de nadar, el riesgo de ahogarse es alto.

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Vórtice

Una de las cosas que más preocupan a Calcetín Negro Derecho es que su compañero, Calcetín Negro Izquierdo, se separe durante el centrifugado y nunca vuelvan a verse. Le preocupa que Calcetín Negro Izquierdo cruce “la puerta invisible”, ese mítico acceso que, tal y como cuentan los habitantes más viejos del cajón de los calcetines y las bragas, conduce a otros mundos, parajes ignotos donde se viven grandes aventuras y los más valientes aspiran a cubrir el pie de un rey o una princesa. Por eso, tras el prelavado, Calcetín Negro Derecho se pega a Calcetín Negro Izquierdo y juntos giran entre otras prendas de algodón, como Don Calzoncillo Cagado y Camisa Bonita, de bello estampado pero axilas blancas por el sudor. Es en esos momentos de caos en los que Calcetín Negro Derecho busca el amparo de sus mayores, y reza porque durante el traqueteo, él y Calcetín Negro Izquierdo terminen dentro de un pantalón o prenda parecida. Pero no ocurrirá, porque hoy, Calcetín Negro Izquierdo se separó de Calcetín Negro Derecho y lo han echado en falta durante el recuento, la fatídica confirmación de que nada volverá a ser como antes. Calcetín Negro Izquierdo se lamenta largamente, y de los lloros pasa al enfado, y del enfado otra vez a los lloros cuando comprende que sí, es triste cruzar “la puerta invisible” y no regresar, pero más triste es perder a tu pareja y acabar por culpa suya en la basura.

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