Tragedia y modernidad, por Simon Critchley

 tragedia y modernidad simon critchleyTragedia y modernidad es un in media res dentro del discurso filosófico de Simon Critchley. Un libro menudo dentro la de la colección Mínima Trotta que sirve de tránsito entre las ideas del filósofo británico. Y cuando digo menudo, es pequeño, con dos partes diferenciadas; una puramente ensayística y titulada Filosofía de la tragedia, tragedia de la filosofía y otra a modo de diálogo entre Critchley y Tood Kesselman en el que advertimos la transición realizada por el pensamiento del primero hacia la tragedia griega, previo paso (fructífero) por el humor. Obvio la completa presentación que hace Ramón del Castillo del autor y de su obra, que como guía resulta efectiva aunque, por su extensión, desajuste el protagonismo de Critchley que, como lectores, andamos buscando. Así, Tragedia y modernidad, es la historia de un germen que el propio filósofo anuncia que tendrá un eco de mayor volumen en el futuro.

Sobre el texto en sí, Simon Critchley vira su interés en el humor como herramienta para comprender y sobrevivir a la modernidad hacia la tragedia griega, con ejemplos en torno a la obra de Sófocles y de Eurípides. Así confirma su lucidez interpretativa, con aproximaciones al Edipo Rey y la relación del individuo clásico con la muerte. Una relación para la que existe una educación previa y que, como todo aprendizaje, desemboca en una comprensión concreta de la realidad. Critchley reflexiona sobre el desapego y el apego hacia el final de los finales desde el punto de vista actual. Si bien es cierto que hablar de modernidad en 2014, para los puristas, puede caer en el anacronismo, Crichtley se las ingenia para trasladarse en el tiempo sin levar el ancla en el presente. Para ello, no duda en invocar u opinar sobre narrativas trágicas modernas, como la televisiva The Wire que, por otra parte, lo merezca o no, se ha convertido en sello de autenticidad en diferentes escenarios críticos.

Fuera del marco representado por este ensayo, el interés de Crichtley por vincular inquietudes filosóficas separadas por milenios es lícito, y hasta lógico. Que la herramienta sea la literatura, también. Fue Erich Auerbach quien advirtió tales correlaciones entre los relatos bíblicos del Antiguo y el Nuevo Testamento en su ensayo Figura (también disponible en Trotta). De ahí que, más allá de las diferencias entre el pensamiento clásico y el moderno, puedan trazarse líneas coherentes entre ambos. Iría más allá y diría que toda época es susceptible de empacar sus principios y viajar en el tiempo en un movimiento inverso al de la mujer del futuro de Neutrex. La soberbia evolutiva del ser humano fantasea con la idea de aleccionar a sus antecesores. Ya sea ofreciéndoles una botella de lejía revolucionaria o proyectando la ficción al futuro. Recordemos las teorías sobre los avistamientos de ovnis, posibles  visitas de una humanidad en tal estado de avance que disfruta contemplando el pasado tal y como nosotros visitamos la prehistoria gracias al programa El hormiguero.

Desentrañar los dramas del presente a partir de la literatura del pasado es una decisión. Como todo, el éxito depende de nuestra capacidad para traducir (o que nos traduzcan) heroísmo, tragedia, romanticismo o la ideología que mejor se ajuste a la época. La siguiente fase es la descubrir si lo que funciona para el individuo puede trasladarse al colectivo, muy posible, o si en la traducción la esencia se extravía o nos llega adulterada. Por fortuna, en este caso, Simon Critchley es lo bastante lúcido para erigirse intérprete o especulador en temas trágicos.

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El puño de la estrella del norte: summa violentiam en tiempos del pop

Hokuto no Ken, de título El puño de la estrella del norte en nuestro país, forma parte de aquella primera hornada de mangas que llegaron a Europa a comienzos de los noventa y a raíz del éxito de films como Akira, de Katsuhiro Otomo, o el incombustible Dragon Ball de Akira Toriyama. Sus ecos al pop de los ochenta, así como la ultraviolencia que destiló erigieron a Kenshiro, su protagonista, en uno de los iconos de la revista Weekly Shonen Jump.

Hokuto no Ken es un manga creado por Buronson, pseudónimo de Yoshiyuki Okamura, con dibujos de Tetsuo Hara. La obra narra el viaje de Kenshiro, experto en artes marciales, a través de un mundo postapocalíptico directamente influenciado por la película Mad Max. En el trayecto, Kenshiro se enfrentará a otros artistas marciales, tanto de su escuela como de ajenas, todas ellas caracterizadas por unos estilos de lucha basados en el despiece o la implosión del rival. La premisa es sencilla, propio de los mangas de la época y la creciente industria del videojuego de los ochenta, con una jerarquía de villanos de ascendente poderío que el protagonista derrotará episódicamente.

Esta fórmula en apariencia simple bebe de la tradición marcial japonesa, del héroe solitario que establece vínculos tanto con el pistolero como el héroe caballeresco del Medievo. Protagonista de un viaje de virtud en el que la tentación acecha a cada paso y en el que, como mucho, puede contar con la ayuda de un elenco de secundarios estereotipados o el recuerdo de una amada perdida que insufla regularmente las energías que las batallas restan.

Más allá de estos trazos evidentes, Hokuto no Ken es una obra de narrativa parca, con un protagonista agresivo/pasivo que demuestra especial talento en ambas facetas. Kenshiro es personaje de pobre diálogo, que calla y otorga, y que solo pasa a la acción cuando alguien pone a prueba los valores que, por otra parte, le condujeron al drama en el que vive. Estoico es poco, alrededor de su figura se reúnen siglos de martirios que, inevitablemente, conectan con la figura de Jesucristo.

De ahí que Hokuto no Ken apunte más a la tradición judeocristiana que a la shintoista, budista o cualquier otro credo de las islas japonesas. El suyo es un discurso de herencia anglosajona, libre de prejuicios ya que, por otra parte, el Puño plagia conceptualmente al Max Rockatansky de George Miller. Un producto que, tan solo por su origen australiano, establece un discurso moral periférico que funciona a través de la violencia, ahorrándose cualquier valor de fondo o redenciones prematuras que eluden el conflicto. En Hokuto no Ken, la violencia engendra violencia y se resuelve con violencia. Si existen epifanías o anagnórisis, éstas se darán después de la masacre.

El minimalismo estilístico de la narrativa de El puño de la estrella del norte también es propia de la narración judeocristiana, como Auerbach describe en La sandalia de Ulises, capítulo dentro de su Mímesis en el que compara el estilo homérico con el de los narradores de la Biblia. Frente a la necesidad de las exposiciones retrospectivas para aclarar el detalle, propio del aedo, encontramos a lo largo del Antiguo Testamento una sobriedad que trabaja por la acción. Que en Hokuto no Ken cobren importancia el cuerpo y la sangre de los protagonistas logra que el producto final también se enmarque en una tradición escatológica cristiana.

El puño de la estrella del norte es la historia de un final, un más allá terrenal con aires de purgatorio, y como trayecto por realidades dominadas por polaridades como el bien y el mal, o la virtud y el pecado, entrevemos en el manga ecos dantescos y un carácter de summa que, si bien en Dante aglutinaba tradición intelectual, en Hokuto no Ken se sustituye por violencia. El Puño es una summa violentiam, pues no es extraño encontrarnos en sus entregas las muchas penitencias que han caracterizado a la historia de la humanidad, desde los castigos del Medievo a una estereotipada era arcaica donde los esclavos mueren durante el alzamiento de faraónicos proyectos. Estos sutiles brincos históricos apuntan también a un mito fundacional en el que, curiosamente, en lugar de que el héroe domine el caos potencial, éste se enfrenta a aquellos que establecen el orden en su cara extrema.

La lectura superficial de Hokuto no Ken aporta testosterona y superficialidad moral; la relectura en profundidad resulta aterradora por el catálogo de crueldades con el que la humanidad se ha autoflagelado a lo largo de la historia. Una locura con la que, por otra parte, también se puede establecer ficción de masas.

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Self-publishing hero: una conversación con Isaac Pachón

Cosas que escribí mientras se me enfriaba el café es, aparte de un excelente libro de relatos, un ejemplo de éxito autoeditorial en nuestro país. Su autor, Isaac Pachón, cruzó la línea que divide al escritor del editor con éxito, como atestigua la sexta edición de su antología y las numerosas menciones en prensa, tanto física como online, que el libro acumula desde su aparición en 2015. En 2017, Isaac sumaría a su proyecto editorial Buscando el lado frío de la almohada, otra compilación de relatos tan cuidada y bien recibida como la anterior. Un año después de este segundo lanzamiento, analizamos el balance de la aventura en una conversación que repasa sus éxitos y los principales obstáculos que surgieron durante el proceso.

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El éxito comercial y de difusión de tus obras te convierte en uno de los pocos casos de estudio de la autoedición. ¿Qué lugar ocupa la autoedición en tu trayectoria? ¿Lo ves cómo una puerta de acceso a otros mercados o un terreno a defender por su potencial?

Me resulta curioso, a la par que halagador, ser un caso de estudio por mi trabajo con la autoedición. En mi trayectoria como escritor, autoeditar sin duda ha sido la clave para estar aquí haciendo esta entrevista, así como el haber tenido el privilegio de aparecer en otros medios. Siempre procuro ser sincero cuando hablo de mi propósito inicial cuando decidí editar mis propios libros y te diré que lo hice para poder llegar a una buena editorial. De momento estoy en el buen camino, aunque no hay nada conseguido todavía. En el caso de continuar por este terreno lo haría como hasta ahora, de una manera seria y profesional, y separando, cuando sea conveniente, al escritor del editor.

Entrevistando recientemente al poeta Jaume Muñoz, surgió la condescendencia que entre algunas personas existe hacia este tipo de publicaciones. Aunque no dejan de ser opiniones subjetivas, aún son numerosas. ¿Qué debería cambiar para que la gente pensara distinto y el libro autoeditado se equiparara al tradicional?

A mí me gusta llamarlo “estigma”. Suena muy feo, lo sé, pero es así. Una etiqueta ganada a pulso y que difícilmente conseguirá quitarse de encima el libro autopublicado. El problema es que este tipo de publicaciones son un reflejo de la persona que lo escribe, corrige, edita y distribuye. Hay que reunir muchas cualidades para conseguir un producto que pueda estar a la altura de libros publicados por editoriales, así como contar con los servicios de profesionales en el mundo de la edición para conseguir un resultado lo más óptimo y decente posible. He visto auténticas chapuzas autopublicadas y las seguirán habiendo, no hay filtro que lo evite salvo nuestro propio criterio. También las hay en publicaciones realizadas por editoriales convencionales, aunque los casos son menos habituales.

Otras etiquetas en las que se está poniendo énfasis son “autores indies” y “editoriales independientes”, como si esfuerzos como el tuyo fueran un asalto al sistema o similar. ¿Es un asunto comercial o en realidad los autores autoeditados podrían llegar a formar parte activa de la industria editora?

Hoy te diré que lo veo más bien un tema comercial, mañana quizá responda lo contrario (risas). Y lo pienso así porque la etiqueta “indie” da un toque moderno y genuino. Dentro de una película, disco o libro, como en este caso, firmado por un autor independiente esperas encontrar algo distinto a lo visto hasta el momento, con la libertad que da el no estar sometido a ningún tipo de política editorial. Creo que es bastante complicado que los libros autopublicados sean seria competencia para las grandes editoriales. Mientras tanto, las editoriales independientes hacen lo que buenamente pueden, apostando por la originalidad como clave de su éxito para abrirse un hueco en el mercado.

Hablando de este proceso, la autoedición te ha puesto en contacto con otras fases de la producción libresca, como la maquetación, el diseño de cubiertas o la distribución de las obras. ¿Alguna de ellas te ha sorprendido especialmente hasta el punto de disfrutarla al mismo nivel que la escritura?

Podría decirte que el diseño de cubiertas, por el sencillo motivo de que soy admirador de un gran número de ilustradores, mi vocación frustrada. En mis portadas he contado con el arte de Alfonso Casas y de Javier Rubín Grassa que han realizado grandes trabajos y disfruté mucho siguiendo todo el proceso. Pero nada me llena más que escribir. Editar tu propio libro es un camino bonito, pero en mi caso ha sido por fuerza mayor, aun así he intentado hacerlo de la manera más profesional posible. Por el contrario, la dificultad más grande que he encontrado ha sido la distribución y el trato con algunas librerías que no apuestan por este tipo de publicaciones. Aunque de todo hay que sacar el lado positivo, como haber conocido a muchos libreros con los que contaré seguro para futuros proyectos.

Llegar a las librerías no es sencillo. Llegar a muchas librerías, como en tu caso, más difícil aún. ¿Qué consejos das a los autores y autoras que venden sus novelas a puerta fría? ¿Qué han de cuidar para generar una buena impresión?

No me gusta dar consejos, porque no me creo con la verdad absoluta de nada. Pero explicaré como lo gestioné desde el primer día por si a alguien le sirve de ayuda. Lo primero que hice cuando publiqué “Cosas que escribí mientras se me enfriaba el café” fue dejar a un lado a mi yo escritor y vestirme con la piel del editor que presenta un producto de una manera fría sin sentimientos de por medio. Las dos primeras librerías que visité me dieron una respuesta negativa a mi pregunta, que siempre era la misma: “Buenos días, mi nombre es Isaac Pachón y vengo a presentaros mi libro para ver si lo podéis tener aquí a la venta”. Sin vergüenza ni dar la sensación de estar mendigando un lugar para tu libro en sus estanterías, pero con educación. Educación y buenos modales al entrar, y educación y agradecimiento al salir, sea cual sea la respuesta, aunque ésta sea un no rotundo. Por otro lado, y por suerte, muchos libreros sí apuestan por este tipo de libros, convirtiéndose así en nuestros primeros padrinos literarios.

Tus libros también pueden encontrarse en Amazon, un terreno fértil para la autoedición. ¿Qué opinión tienes del mundo digital cuando comienzan a oírse voces de que a nivel ventas y difusión tampoco ha sido el revulsivo que la industria del libro esperaba?

Sin números ni estadísticas delante, puedo decirte que a día de hoy el libro digital no es más que otra variedad de lectura, que no es poca cosa. Pero no es competencia seria para el libro en papel, pueden vivir en estas plataformas de una manera paralela y ser fuente de beneficios de igual modo para los mismos sellos editoriales. Hay libros que pueden funcionar muy bien en formato digital y ser otra opción, evitando los costes de imprenta, para el lector. En cambio, hay libros como “Buscando el lado frío de la almohada” que van acompañados de ilustraciones y que son una verdadera pena editar en formato digital, ya que pierden toda su esencia. Este tipo de libros mejor publicarlos solamente en papel.

Y hablando de ebooks, ¿temes a la piratería?

Aunque el tema para las grandes editoriales es algo muy serio, para mí no lo es todavía. Me resulta curioso que alguien quiera descargarse gratis alguno de mis libros, que desde el minuto uno en el que está disponible en la plataforma de venta ya está en varias webs para descarga de libros de manera gratuita. No creo haber perdido muchos beneficios a causa de la piratería, y sí así fuera no me hago mala sangre y espero que los piratas hayan disfrutado de mis historias y que hagan el favor de comprar el próximo.

En la última pregunta quiero preguntarte por tus próximos proyectos. ¿Alguna novedad para este 2018 que me puedas adelantar?

Para este 2018 veo complicado tener publicación nueva, aunque no imposible. Espero en unos meses poder presentar un nuevo libro, una novela muy en la línea de los relatos y de ese juego entre realidad y ficción de mi primer libro. Si será autoeditada o publicada por una editorial tradicional dependerá de varios factores, entre ellos, de la fortuna y de la alineación de los astros. Deséame suerte.

 

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La verdad (o parte de la verdad) tras los consejos para escritores

Uno de los temas estrellas de este blog son los consejos para escritores que últimamente se prodigan en la red. Tampoco es que sea algo nuevo, pero 2017 vio numerosos ejemplos en alza que, oficialmente, establecen tendencia.

En mi caso, me costó entender el formato de algunos de ellos, en especial los que intercalan la construcción de personajes con consejos gramaticales y ortográficos de enseñanza secundaria. Más tarde, entendí que el grueso de las personas que se plantan ante el ordenador con interés literario no necesariamente trabajan por la literatura. En algunos, muchos casos, sus obras son ejercicios continuistas de una tradición que ya hace tiempo dio sus mejores frutos. Tales autores, si bien pueden desarrollar apasionantes historias, se aproximan peligrosamente al producto libresco, por lo que sus obras requieren de un pulido más orientado a la forma que vende que a aquella que innova.

Otro de los objetivos de una estrategia de consejos para escritores son todas aquellas personas que, a causa de su negocio, se embarcan en la redacción de un libro que, posteriormente, emplean para aumentar las visitas de su sitio web. Entiendo que este sector requiera de cierto empujón ante la página en blanco, la ordenación de ideas y otros tantos consejos que hagan su ebook legible.

Así que, en conclusión, ¿a quién están destinados estos consejos? ¿A los copywriters, a los jovenzuelos que trasladan los guiones de sus partidas de rol al gran formato representado por el libro, o al autor que se plantea trasladar en clave sci-fi la novela Mientras agonizo, de William Faulkner?

Una vez más, la respuesta conduce a Google. Los blogs basados en consejos para escritores trabajan por esa máxima que corre por entre los recién llegados al negocio online: crea un blog. Cada uno de esos textos incluye una serie de palabras clave que, con el paso de los meses, incluso de los años, posicionará la web que las alberga, con suerte y esfuerzo, entre los primeros resultados de nuestro buscador favorito. Es así de simple, si bien existen importantes matices técnicos que podría detallar en futuras entregas de este blog (perpetuando el mismo ejercicio que detecto en otros), la generación de contenido está bien vista por Google. La suma de todas las personas que, como tú, han detenido su ritmo vital para leerse este texto, lanzan un mensaje de relevancia al respecto de esta web. Y que mi sitio aparezca bien alto en las búsquedas genera sobre mis opiniones un halo de importancia que, o bien puede tenerla, o solo es fruto del marketing. El clásico “parece interesante lo que dice, voy a comprar su libro”.

 

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Algunos precios a pagar por una edición tradicional

La puerta al mundo de la edición representada por Amazon parece fácil de abrir y cruzar con tan solo una novela, un relato o un ensayo publicado en formato electrónico. Y aunque existen resultados para todos los públicos, sorprende el volumen de pésimas ediciones que posicionan entre libros de mayor competencia. En este saco entran las obras de entusiastas que deciden dar salida a sus textos, gesto válido y, por otra parte, falto de complejos que desvirtúa el panorama editorial independiente.

¿Y por qué los autores se vuelcan en masa por la publicación electrónica y no por la edición tradicional? Sencillo, porque es barato. Porque con unos conocimientos básicos de Word y una cubierta resultona pares una novela en menos de una semana.

¿Pero tan caro resulta editar en papel? Pues no tanto, la verdad, ya que como inversión, la edición tradicional de libros se amortiza con facilidad. Naturalmente, todo depende de la ambición que le pongas al proyecto y las energías publicitándolo, aunque, con una firme estrategia de comunicación, puedes recuperar una buena parte de la inversión en la presentación de la obra.

Una novela de alrededor de 300 páginas, dependiendo de la tirada1, puede costar por ejemplar de dos a cuatro euros. Hablo de una edición de bolsillo como las de Varón de multiforme ingenio e Hijos de la siega. En ambos casos, me moví por cifras manejables porque, más que por el dinero, comencé a preocuparme por el espacio que requieren, como mínimo, un centenar de ejemplares en tapa dura. Sin duda, más espacio del que cualquier pareja, progenitor o compañero de piso pueden tolerar. Así que, una vez decidido formato y cantidad, mi cuenta corriente sobrevivió al asalto sin suicidarse antes.

A partir de ahí, y teniendo en cuenta que los libros acostumbran a venderse por el triple o cuádruple de lo que suelen costar, tenemos que por cada uno de esos ejemplares a tres o cuatro euros conseguimos de doce a dieciséis lereles. El margen es interesante, más del que nos ofrece Amazon, con unas reglas de posicionamiento más duras que la rueda que empujaba Jorge Sanz en Conan.

Hasta aquí todo parecen beneficios y, si eres habilidoso organizando la presentación de tu novela, descubres que reuniendo a diez personas en el mismo espacio, has hecho una caja de, aproximadamente, 150 euros. Es sencillo, y más cuando empiezas, ya que familia y amigos suelen romper una lanza por tales iniciativas.

En caso de que tengas que alquilar el espacio de la presentación, el beneficio será menor, aproximadamente un 30% menos por cada ejemplar, pero la inversión vale la pena, porque si tienes la fortuna de realizarla en una librería, es muy probable que los propietarios inviten a los habituales del establecimiento y caiga algún ejemplar más.

Poco a poco, a medida que se vayan vendiendo ejemplares, verás cómo la inversión inicial se reduce. Los beneficios, por otra parte, son efímeros, ya que la campaña de comunicación de la que hablé antes requiere el envío de ejemplares a prensa, a blogueros o criaturas influyentes que puedan multiplicar el interés por el proyecto. Si todo ha ido bien, habrás obtenido difusión, críticas y algún beneficio económico, pero esto último es secundario, ya que eres un autor independiente y, hazte a la idea, enriquecerse con el oficio no es, o no debería ser, la prioridad.

Si bien esta exposición puede resultar liosa por la cantidad de factores que he introducido en el proceso de autoedición, con el texto solo quiero demostrar que existen vías alternativas a entregar el fruto de tu esfuerzo libresco a una multinacional sin alma definida. La edición tradicional no es una meta inalcanzable. Es cierto que he obviado algunos detalles, como que no todo el mundo sabe maquetar una novela o diseñar una cubierta que llame instantáneamente la atención, pero al igual que las letras se han democratizado, o eso dicen, también lo han hecho el diseño, la comunicación digital, etc. En pocas palabras: en Internet abundan los tutoriales. Es hora de ponerse a trabajar.

Imagen por Rita Morais


  1. Recordemos que, a más ejemplares impresos, en más se reduce el precio final 

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Sobre qué escribes, le preguntaron al sufrido autor

Sobre qué escribes, así como su variante “qué escribes” y, la de mayor complejidad por el juego preposicional que añade: “de qué escribes”, son las preguntas a las que se enfrenta el escritor que, tarde o temprano, es descubierto y reconocido por su entorno como hombre de letras. De muchas letras, tantas como para finalizar una novela.

Sobre qué escribes se vuelve un ejercicio de reflexión profundo cuanto tu ficción es generalista. El drama es menor cuando abrazas un género concreto, pues el grueso de la población parece más afín a las concreciones que a las generalidades. Así que, cuando tu novela, como en el caso de mi Varón de multiforme ingenio, narra las desventuras de un hombre adulto en Barcelona y describe las relaciones laborales y emocionales que establece con su entorno, la respuesta invita al silencio, uno prolongado en el que barajo conceptos como “comedia” o “tragicomedia”, aparte de recuperar y crear rebuscadas etiquetas propias de webs como Goodreads, donde la segmentación puede, en algunos géneros, alcanzar niveles enfermizos.

Aquello en lo que quería reflexionar con este sobre qué escribes es la necesidad o no de etiquetar la obra propia para hacer que llegue a más público. Son las reglas del juego cuando en Amazon buscamos libros afines a nuestros gustos literarios, y uno de los requisitos de las publicaciones digitales del programa KDP.

Una vez más los mercados se apropian de una cuestión en la que la teoría literaria lleva años trabajando. No con la burda pregunta sobre qué escribes, más bien con el análisis de géneros a lo largo de la historia, siempre bajo la sombra de la dicotomía ficción/no ficción.

Personalmente, no tengo nada en contra de la catalogación de novelas a la hora de allanar su recepción. Puede ocurrir que, una vez estrenada nuestra flamante etiqueta, alguien pregunte en voz alta: ¿y qué significa? Cuestión que nos obligue a inventar una excusa que justifique la excusa previa. Y vuelta a empezar.


Photo by Cristina Gottardi

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La más fuerte entre las narrativas matemáticas

El reciente contacto con la producción de August Strindberg y, en especial, con la obra teatral La más fuerte, me ha recordado las dificultades que entraña un ejercicio estructural al margen del constructo clásico de inicio-nudo-desenlace o la división en actos de, en este caso, la obra teatral.

En La más fuerte, fuera o no la intención del autor, aparece un diseño en forma de ecuación donde las protagonistas adoptan el rol de variables. Sus propios nombres las delatan, X e Y, dos incógnitas que, a medida que avance el texto, irán descubriendo su valor dentro de la fórmula de la que forman parte.

La más fuerte, a modo de rápido resumen, narra la conversación que mantienen dos actrices de diferentes edades y paralelo desarrollo vital. Conversación por no hablar de monólogo, ya que solo una de ellas, la veterana, parlamenta durante toda la obra, dejando la gestualidad a la más joven, que soporta el contenido de la charla con dignidad, ataques implícitos y explícitos incluidos.

El desarrollo de sus posiciones define la ecuación, con un acercamiento a la barrera invisible que las separa, el igual que establece la relación de los factores en la operación matemática. Posteriormente, aparecen una serie de virajes en la perspectiva de X que pueden identificarse con el comportamiento de los elementos de la ecuación cuando se desplazan al otro lado de la igualdad, con el cambio de los elementos negativos en positivos y viceversa.

El resto de ecos ecuacionales aparecen en la figura de los hijos y el marido de X. Para ella, un valor que suma; para Y, un número negativo pues desconoce la maternidad. El marido, en cambio, deviene constante que afecta a ambas, ya que, aparte de esposo, descubrimos que también fue amante de Y, de ahí la escalada de enfrentamiento entre las dos mujeres.

Desenlace al margen, La más fuerte, como ejemplo exitoso de una estructura matemática latente, me sirve de baremo a la hora de identificar las costuras de otras piezas, ya sean teatrales, cinematográficas o literarias. El éxito de tales operaciones matemáticas radica en la proximidad del público hacia éstas, el grado de costumbre a ciertos cálculos. Recordemos que el chico conoce a chica y su posterior enamoramiento no es más que una suma de factores. Que este 1+1 desemboque en diferentes resultados es el siguiente paso en su complejidad, pero no deja de ser una estructura manida y fácilmente reconocible. La ecuación de primer grado es harina de otro costal, al igual que los ejercicios estructuralistas de Vladímir Propp con los cuentos populares rusos, donde descubrimos factores elevados a diferentes potencias y combinatorias imposibles de identificar mientras gozamos del relato. Aunque la labor de Propp sea estrictamente analítica, parte de construcciones transmitidas entre generaciones, en este caso, complejas pero también superadas con el paso de los siglos como, por ejemplo, la historia de la triada de hermanos que parten en busca de fortuna y el retorno victorioso de uno de ellos, el que expresó mayor contención en sus ambicionesEl gato al agua adopta la forma de una princesa o de un artefacto mágico que resuelve la vida a toda la familia.

Ocultar las operaciones que sostienen una obra es problemático, nada fácil. Al menor descuido salta la liebre, algo parecido a que los edificios en los que vivimos conservaran en las paredes las medidas e indicaciones del arquitecto. Y cuando hablo de estructuras matemáticas, también puede aplicarse a las semánticas. Lo importante, en ambos casos, es ser consciente de que estamos empleando tales formulaciones en nuestros textos y determinar hasta qué punto forman parte de las convenciones narrativas de nuestra época. Si trabajas desde un género concreto no existe problema alguno, o no debería, ya que los lectores exigen la visibilidad de ciertos elementos para sentirse identificados con el texto. En caso contrario, alerta, vigila como sostienes tus cartas porque las estas mostrando al resto de la mesa.

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Triunfa con tu libro antes de que otro autor triunfe con el suyo

Triunfa con tu libro es, posiblemente, una de las mayores falacias del mercado editorial actual, y cuando hablo de actualidad, me refiero a un periodo estirado más allá de sus límites que puede comprender veinte años, o tal vez más.

Triunfa con tu libro es un eslogan comercial empleado por innumerables servicios editoriales y algunas figuras del coaching literario que, estando en su derecho, ofrecen su experiencia a los autores que comienzan, o que creen comenzar, en esto de las letras.

Digamos que representan a un nomadismo editor totalmente desvinculado de un sello editorial, por lo que la especificidad se pierde en beneficio de un rango de acción más amplio. Por otra parte, invierten menos capital que la persona que crea su propia empresa y decide, por poner un ejemplo, publicar libros de poesía.

La diferencia entre ponerse en manos de una editorial tradicional (si las manos de la editorial deciden sostenerte) o uno de estos novedosos servicios basados en una cara visible y una serie de profesionales periféricos vinculados en mayor medida al mundo editorial se encuentra en el modus operandi. Los primeros recurren a estrategias consolidadas y forman parte de un circuito comercial directamente relacionado con los libros que editan; los segundos, dominan el entorno digital y, por lo tanto, y en pocas palabras: saben más de márquetin. Los primeros se dirigen a la persona que entra en una librería y se deja sorprender por cubiertas, títulos y cualquier otro gesto que los libreros empleen para dar visibilidad a los autores; los segundos lograrán que sus libros te aparezcan hasta en la sopa cada vez que accedas a Facebook o cualquier otra red social. Es un decir, porque como todo en esta vida cuenta con matices. Luego existen figuras híbridas que, tras ponerse las pilas, aprovechan el potencial online y su larga lista de contactos editoriales para convertir cualquier proyecto en algo grande. Son menores, pero existen.

Volviendo al triunfa con tu libro, vemos aquí un ejercicio claramente capitalista vinculado al ideario laboral estadounidense, con empinadas pirámides y jerarquías de éxito que, sí, es cierto, cuentan con reflejos en nuestra sociedad, pero que, a la larga, no se sostienen. De ahí que estos servicios de edición apuesten por los ascensos en las listas de Amazon, los cursos para convertir nuestro libro en un best-seller o el coaching puro y duro. Traducido al lenguaje de un aspirante a escritor, vendría a ser, siguiendo el mismo orden, gamificar la literatura, transformar el libro en un producto o, en la siempre vigente minoría de edad kantiana, dejar que otros lleven las reglas de tu carrera literaria. Son opciones respetables, perfectas si tu presupuesto lo permite, aunque peligrosas, ya que, lo sé por mi propia experiencia, el márquetin online es una hidra de seis letras, las que forman la palabra Google. Un día crees gobernarla, otro cambia su patrón y adiós, muy buenas.

El verbo triunfar es un veneno inoculado a las humanidades desde que el grueso de la sociedad les dio la espalda. Puedes triunfar en la música, puedes triunfar en las letras, puedes triunfar en el arte y puedes asumir que estas tres afirmaciones son una mentira porque, a mi modo de ver, las humanidades sirven al prójimo, ya sea a un nivel intelectual u ocioso. El que quiera triunfar con su libro no sabe dónde se mete, o sí, ya que se sumerge en un mar productivo y consumista en el que, si deja de nadar, el riesgo de ahogarse es alto.

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Escribe sobre lo que sabes aunque no sepas de qué escribes

Escribe sobre lo que sabes quizá sea el consejo más manido que se le pueda dar a alguien que pone por escrito tanto su experiencia como las ficciones que corren por su cabeza. En el segundo caso, ¿cómo podemos llegar a la conclusión de que la ficción es nuestra área de experiencia sin chocar con la naturaleza no ficcional de la experiencia en sí?

Con esta compleja (y hasta cierto punto confusa) pregunta, trato de desarticular el consejo con el que abro este texto, ya que, de tomárnoslo al pie de la letra, acotaría los temas de los que un autor puede escribir a un mínimo peligroso para la coherencia y el interés narrativo.

La duda surge del reciente visionado de la serie I love Dick, un producto televisivo surgido de la adaptación de la novela de la artista Chris Kraus, centrada en los avatares creativos de la protagonista, camuflados por las tensiones romántico/eróticas con el personaje masculino protagonista, el Dick del título. En el capítulo quinto de la serie, “A Short History of Weird Girls”, cualitativamente, el mejor de la serie, cuatro personajes femeninos describen a Dick a través de la experiencia y las relaciones, directas e indirectas, que éstas establecen con él. Que tras la producción se encuentre Jill Soloway, creadora de la excelente Transparent, explica la habilidad para destruir las concepciones narrativas de género que, por lo general, abundan en las ficciones televisivas, en parte mímesis de los discursos que encontramos en nuestro día a día o, apuntando con malicia a la preponderancia del ideario estadounidense, los discursos que, nos dicen, encontramos en nuestro día a día.

i love dick

En el episodio quinto encontramos un guion concebido por mujeres que se comunican a través de unos personajes femeninos que, a su vez, hablan de un hombre de ficción que engloba a diferentes concepciones de la masculinidad. En este punto, ¿quién habla de lo que sabe?

Por esta regla, en la ficción, sea cual sea el género al que se adhiera, deberían mediar las mismas reglas que en el humor, donde el chiste social, racial o de género recorre derroteros políticamente incorrectos siempre y cuando el emisor no pertenezca a la clase, raza o sexo de la temática en cuestión. Afortunadamente, no ocurre así con la ficción, que si bien cuenta con fronteras imprecisas y mucho teoriza sobre sus formas, al menos tiene claro lo que no es, que para el caso, es en esencia más definitorio.

Escribir sobre lo que sabes es una frase tan propia de la mercadotécnia literaria como el tópico de la página en blanco. El autor puede escribir de lo que no sabe, todo es cuestión del empeño y el estudio que ponga en el tema. Otro asunto es que se crea experto en una temática concreta y el resultado denote lo contrario. Volviendo a I love Dick, encontramos en el personaje interpretado por Kathryn Hahn la búsqueda de esa voz que valida tu producción artística, con un recorrido que pasa de las percepciones que ella misma tenía de su obra al despunte de ésta a partir de su interacción con un entorno agreste donde su producción, finalmente, conecta de forma honesta con la sociedad.

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Algunos mitos sobre la autoedición

He de reconocer que la autoedición no me ha sentado mal, aunque, naturalmente, juega en una liga distinta dentro del sector del libro. Vale la pena recordarlo porque vivimos en una época de trampas mercantiles en las que se nos venden casos de éxito literario que no son tales, como las cifras que barajan algunos autores indies  de Amazon. Otra liga que, a día de hoy, genera dudas sobre su pertenencia o no al mundo editorial, ya que Amazon trata con un rasero similar al producto literario y al producto de consumo general, con algoritmos que sí, segmentan, pero que responden a ejercicios de posicionamiento en los que poco tiene que decir la calidad de la obra.

Otro de los mitos sobre la autoedición es el propio concepto de edición independiente, llamada autopublicación por una parte exigente, puede que dolida, del negocio. El autor que escribe, corrige y publica su obra en Internet es tan editor como aquellos recién salidos de una filología. El problema, puede que nacido del entusiasmo de ver la obra en los mercados (un ejercicio quizá más deseado que asistir a cómo se viraliza ésta en las redes sociales), radica en que, como en todo oficio, hay gente mejor preparada o con más talento para la edición. Así, gran parte de las obras autoeditadas son fruto de un deseo, no de un estudio previo. Caen en un mercado que no las necesita, apuntan a lector potencial inexistente, que quizá aún no haya nacido o que nació en otra época y que ahora ya no está para tales historias. El editor de oficio repara en todos estos elementos y rechaza las novelas que incumplen esta máxima.

El tercero de los mitos sobre autoedición responde a la propia forma de la novela. No hablo de aspectos ortotipográficos, pues si bien resulta un incordio detener la lectura por culpa de una falta de ortografía, la reducción de presupuestos de corrección por parte de las editoriales ha propiciado cierta naturalización de la errata. Así, que la novela de un autor autoeditado presente alguna que otra faltilla no es tan motivo de drama como que ignore aspectos como la cubierta del libro, la maquetación y cualquier material gráfico que represente a la obra en los lineales de una librería. Quien diga que “lo importante es el contenido” y su novela esté disponible en Amazon, cae en el autoengaño, en no haber contado con el presupuesto o la habilidad suficiente para partir una cubierta decente. El mal diseño se asocia, más que a la mala calidad del producto, al abaratamiento que convierte la obra en una novela del montón.

El último mito sobre la autoedición que repasaré es el de la infraestructura. El “solo ante el peligro” al que se enfrentan los autores indies. Con la experiencia que tengo en marketing literario, ni mucha ni poca, os puedo decir que el grueso de las editoriales pequeñas las constituyen plantillas de una a cinco personas. Cinco personas ya es una cifra desmesurada, pero existen. Muchos editores de éxito externalizan sus servicios hasta tal punto que trabajan desde casa o desde una pequeña oficina que incluye una computadora y una estantería en la que almacenar las referencias. Los propios grupos editoriales asignan a una o varias personas la coordinación de una línea editorial, que viene a ser el mismo ejercicio individual enmarcado en las dinámicas de una multinacional.

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Víctimas de un territorio agreste: géneros y mercado

Las lecturas de Emma Bovary reflejan, en la novela “Madame Bovary”, de Gustave Flaubert, no solo la decadencia de un género, el romántico, también la transformación del hecho literario en producto literario. Los conceptos gestados en el romanticismo alemán, en el primer Goethe, en su “Werther”, por ejemplo, llegan a la vida de Emma completamente sesgados, con un predominio del exotismo sobre las bases filosóficas que gestaron los germanos. Así, disfrutar de Walter Scott puede considerarse un ejercicio de calidad lectora con enormes matices, los mismos ante los que sucumbe Emma al pensar que esos grandes amores vividos en parajes que patrocinan las pasiones son una realidad que puede experimentar en su cotidianeidad.

Esta misma mercantilización de la obra literaria no es un hecho aislado que Flaubert reproduce en su trabajo. “Madame Bovary” es heredera directa del “Quijote”, el mismo modelo de personaje alienado por sus fantasías lectoras, en este caso, unas novelas de caballería que, en tiempos de Alonso Quijano, se baten en rápida retirada.

Tras estos dos ejemplos se amaga la paulatina decadencia de un género a causa de la mecanización de su proceso creativo, de la explotación de aquellos elementos que motivan la lectura de la obra en beneficio de sus ventas, habitualmente, los componentes lúdicos que hacen del libro objeto de ocio. De ahí que géneros como la novela negra no se permitan los modelos de comienzos del siglo XX, a no ser que caigan en la parodia o el directo homenaje; o que incluso los vestigios del romanticismo de Scott sobrevivan en la actualidad en novelas producidas en serie para un público concreto, de género y edad hiperespecíficos.

Algo parecido, aunque prolongado en el tiempo, es la transformación de la materia artúrica en las franquicias de fantasía épica surgidas del éxito de los juegos y videojuegos de rol. Si los autores medievales son el equivalente a los románticos alemanes en las lecturas de Emma Bovary, ¿en qué lugar queda un recuperador de la tradición como J.R.R. Tolkien? ¿Es el Walter Scott de la fantasía épica? ¿Y sus seguidores, qué papel juega “La canción de hielo y fuego” de George R.R. Martin en esta línea claramente descendente de ficciones arquetípicas? ¿Podríamos decir que, más allá de los motivos, su saga está fuera del género?

Aceptar esta lógica es caer en un desarrollo evolucionista de los géneros tal y como fue propuesto por Ferdinand Brunetière a finales del siglo XIX. Si bien su escuela tuvo éxito y tardaría algunas décadas en perder vigencia, siempre resulta goloso extrapolar modelos en busca de patrones. La cuestión es si los géneros se precipitan a la extinción en el momento en que los depositas en el mercado, hasta qué punto las dinámicas económicas los destruyen al igual que un selva tropical acabaría con un oso polar. ¿Y el autor? ¿Se transforma o desaparece cuando se adentra en un género extraño?

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Marines, mirmidones, caballeros artúricos y los Doce Pares de Francia

El estreno de la primera temporada de The Punisher a través de la plataforma de contenidos televisivos Netflix nos devuelve la vieja costumbre de las ficciones épicas de mitologizar a sus protagonistas. En concreto, castas guerreras como, en este caso, los marines de los Estados Unidos:  hombres dotados de unas habilidades bélicas superiores al resto, así como una capacidad para soportar el dolor y las penurias del oficio en cualquier circunstancia, ya sean los desiertos de Oriente Medio o la desubicación de la polis.

En The Punisher, Frank Castle es un exmarine de características excepcionales al que una confabulación le arrebató mujer e hijos. Desde entonces, dedica el tiempo a tomarse la justicia por su mano, eliminando sin juicios a todos aquellos que participaron de forma directa o indirecta en sus muertes. Más allá del perfil psicopático del héroe y de la polémica servida en una sociedad que ha vivido recientes dramas a causa de la proliferación de armas entre la población civil, vemos en The Punisher el viejo ejercicio de posicionar al soldado de élite por encima del resto de mortales, incluidas las fuerzas militares del país al que representa.

El gesto surge de diversas mitologías de la antigüedad. Uno de los primeros ejemplos son los mirmidones, pueblo guerrero que combatió a las órdenes de Aquiles durante la guerra de Troya. También dentro el mundo clásico, encontramos el paradigmático ejemplo (paradigmático gracias al trabajo de Frank Miller en el cómic 300) de las fuerzas espartanas, donde la ficción demuestra menor consideración por los ejércitos tespios y tebanos que acompañaron a los espartanos durante la defensa del paso, para la creencia popular, principal contingente en la hazaña.

Un sacrificio similar ocurre en el siglo VIII durante la batalla de Roncesvalles, la escaramuza transformada en poema épico trescientos años después y protagoniza por Roldán, miembro de la jerarquía carolingia mitificado junto a los Doce Pares de Francia. Esta fuera militar bebe de las fuentes de la materia de Bretaña, la misma que al mismo tiempo exportará el mito artúrico por los territorios franceses. Al igual que los caballeros al servicio del regente de Camelot, los Doce Pares de Francia son excelsos representantes de su tierra de origen (familias, en su caso), dotados todos ellos de una habilidad excepcional para las armas y otros menesteres bélicos que les permitieron plantar cara a las sobredimensionadas fuerzas enemigas, posible licencia de Turoldo, el pretendido autor de El cantar del Roldán.

La Europa medieval fue un hervidero de milicias que han alimentado páginas de ensayo y ficción, como los almogávares o cualquiera de las compañías libres que asolaron Francia durante la Guerra de los Cien Años. Su eficiencia en combate se suma al imaginario en torno a sus líderes, con demoledoras victorias dentro de un conflicto que, si tenemos en cuenta las opiniones de una parte de la comunidad historiadora, ni adopta la forma exacta de una guerra y, ni por asomo, duró un siglo.

Los ejemplos son abundantes a medida que entramos en los últimos cincuenta años, donde a la lista de fuerzas militares en competencia por el más letal de los adiestramientos, se suman los servicios secretos de una buena parte de naciones, figuras que aúnan letalidad con la sutileza del asesino. Así, llegamos al presente con una larga lista de sicarios, mercenarios y ejércitos profesionales que proyectan este misticismo hacia alturas insostenibles, si bien la mayoría de estos usos surge de géneros como el thriller o la novela negra.

¿Qué motiva esta transformación del soldado raso en una romantizada máquina de matar? Se entendería un deseo de marcar las diferencias de un poder fáctico como el ejército ante otros grupos sociales o una débil herencia mitológica en la que se mezcla la figura del héroe con uno de los pocos oficios emparentado con sus modos y causas. Es posible que la motivo sea la mera y llana subsistencia de la vida castrense, una elección vital que promete trascendencia a través de la disciplina. El hombre llano se despoja de muchas de las debilidades que le atenazan o adquiere control total sobre ellas. El sujeto se transforma en objeto y, como les ocurre a muchos soldados al abandonar el servicio, finalmente adquieren consciencia de esta transformación antinatural. El choque, por otra parte, también ficcionado hasta la saciedad, retoma las miserias terrenales allí donde las dejaron. Y no existe adversario peor que hacer frente a un dolor acumulado.

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