Elantris, el falso clásico

Descubrí Elantris, de Brandon Sanderson, gracias a una lista de clásicos de fantasía épica. En ella figuraban nombres como El Hobbit de Tolkien y la descomunal Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin. La expectativas eran altas, en parte, porque mi gusto por la Tierra Media ya no es el que era y, seamos sinceros, el grueso de las publicaciones de fantasía épica posteriores han sido refritos más o menos acertados de esta fórmula.

Así que, sin acudir a reseñas o sinopsis que me destriparan el argumento, comencé a leer esta voluminosa obra. La adicción por ella fue tan progresiva como la decepción por su desarrollo, en el que se dan cita algunos de los peores vicios del género y de la narrativa de best sellers en general.

elantris

El argumento de Elantris presenta tres ejes fundamentales, tres personajes antagónicos que, durante toda la novela, recorren peligrosamente la línea que separa a los personajes bien construidos de los estereotipos. Todos, en algún momento, patinan; caen en tópicos del género heroico, se aferran a algún rasgo definitorio que, de tanto que se repite, les hace perder empaque.

Que la prosa de Brandon Sanderson sea ágil y elegante invita a que los deslices se vean con condescendencia, como males necesarios en una obra extensa que requiere de recordatorios para mantener todos sus hilos argumentales bien vivos.

Eso no quita que Sanderson construya un universo vibrante, que si bien parte de una base de escasa originalidad, se adereza con detalles brillantes como un sistema mágico atractivo y singular. También destaca el escenario, urbano y en un ningún momento monótono, un espacio que sabe transmitir misterio, el misterio de lo que está ocurriendo en la ciudad que titula la obra.

Esta atmósfera se define en la mitad de la obra, páginas y páginas de pequeños descubrimientos entre las conspiraciones políticas que impelen la trama. Como decía, Sanderson emplea tres personajes para desarrollar la acción, uno por capítulo y en firme alternancia. Una fórmula atractiva hasta que estableces predilecciones por uno u otro personaje y, naturalmente, te toca esperar a que se renueve este ciclo narratorio.

De lejos, los capítulos más atractivos corresponden a los del príncipe Raoden, convertido en un elantrino al comienzo de la novela y encargado de desentrañar los enigmas tras la caída de la antaño maravillosa ciudad. Le secundan la princesa Sarene, un personaje femenino mal entendido por el propio autor, que confunde una actitud enérgica e emancipada con una sarta de tópicos de princesas con espada que, a mi parecer, la vuelve más dependiente si cabe de los hombres de la narración. El tercero en discordia es Hrathen, un sacerdote guerrero que inicia la historia con autoridad para luego perderla en los episodios finales debido a unos acontecimientos que parecen superar al personaje y a los intereses del autor para con él.

En la segunda y tercera parte de Elantris, Brandon Sanderson rompe con su fórmula narrativa en beneficio de la acción. Esta se dispara exponencialmente y, en un gesto meritorio por parte del autor, nos ofrece una serie de giros argumentales que trastocan nuestras concepciones del universo elantrino. Como dirían, los acontecimientos se precipitan, así como los cambios de ángulo. Las elipsis también se multiplican, recurso que denota el enorme cinematografismo de la obra, forma de hacer que, pienso, demerita la experiencia. Porque el narrador de Elantris no es un buen narrador. En numerosas ocasiones se excede en sus funciones; en lugar de reforzar los numerosos diálogos de la novela, los interrumpe con obviedades o dosis de información que, quizá, debieron proporcionarse antes.

Por estos detalles y alguno que otro que obvio porque esta reseña ya parecería un despiece, Elantris de Brandon Sanderson no me parece tan clásico como muchos quieren creer. Sí que es una novela buena, pero tampoco tan buena para las críticas que he leído de ella. Detalle que arroja la duda de si el género épico aún no ha conocido las obras que lo consagren.

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Simpatía por la novela realista

Había olvidado lo presente que está la novela realista en la literatura.

Lo advierto a la que recibo feedback de mis relatos y novelas, cómo ciertos recursos despiertan desconcierto entre los lectores, en especial, aquellos que vienen de vanguardias y postmodernidad.

El grueso de lectores y lectoras se acogen a cierta comodidad, a formas de mostrar y desarrollar personajes tal y como los describiría E. M. Foster en su Aspectos de la novela. Ese rollo de los personajes planos y complejos que tanto prolifera en los blogs de consejos para escritores, que si bien tienen cierta razón, resumen una realidad más compleja.

La problemática es que al lector le chirrían la mayoría de estos recursos, y cuando le chirrían, surgen dos grupos. Primero, aquellos que se preguntan por los efectos del recurso en su percepción de la novela. Así, además de disfrutar de la ficción, también reflexionan con los mecanismos que la explicitan. El segundo grupo, más numeroso, tiende a pensar en tales recursos como deméritos, como errores del autor al poner en peligro el confort lector de sus seguidores.

Yo, naturalmente, me posiciono entre los que buscamos el extrañamiento. Gano poco sumándome a las formas clásicas y prolongándolas hasta el fin de los tiempos. Así que, a la que puedo, especio mis relatos con aquellos recursos que les pueden sentar bien a mis intenciones. Porque la intencionalidad va por delante que la propia novela. En el fondo, a la novela, al relato, etc., le sienta bien todo.

arte y novela realista
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Secundarios de lujo o el atrezzo ultrarrealista

Un ejercicio muy de talleres de novela es el de combinar personajes cuando la coralidad se te escapa de las manos.

Habrá gente que esté de acuerdo, ya que si el personaje en cuestión proporcionaba algo que otros ya hacían, a no ser que la redundancia sea clave en la novela, puedes eliminarlo.

secundarios de lujo

Otros dirán que el mundo hay tantas voces como personas, y que el hecho de que todos los personajes que pasan por el foco del narrador tengan voz y voto es síntoma de realismo.

Ambas posturas son correctas. El drama, una vez más, está en los hábitos de los lectores; en el hecho de si toleran que un personaje descrito al detalle, rico en diálogo, pero presente en un párrafo dentro de una novela de quinientas páginas, merece tantas cortesías.

De este brete solo nos saca el narrador, que se verá en la obligación de justificar el protagonismo de esos secundarios de lujo. De no hacerlo, al lector le surgen preguntas que la trama tampoco responde. Al sumarse los huecos, surge ese gesto reflejo de haber sobrevivido al tropezón y mirar el agujero mientras camina, con el peligro de tropezar con un nuevo bache. Hablo del lector y la sensación agridulce que le nace con los errores, o las decisiones que parecen errores. A la que se suman unos cuantos, por muy bien que esté concebida la novela, no se llegará a la sensación de redondez que se espera.

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Los narradores intrusivos en una ficción de fantasía

El narrador omnisciente en el sentido balzaquiano tiene algo de vintage, de herramienta en desuso que escondía la voluntad del autor por decir la suya. Por encima de trama y personajes.

Por fortuna –fortuna a la que me adhiero–, la postmodernidad hizo justicia a todos aquellos narradores metomentodos que tratan de recrear los hechos desde la imposibilidad de que no existe recreación 100% fidedigna, ya que, quieras que no, los sentidos y la memoria nos traicionan.

Honoré de Balzac, experto en narradores intrusivos

Por ello, los narradores intrusivos son mal vistos en narraciones de corte épico, al igual que los narradores no fiables. Deliciosa ironía viniendo de uno de los géneros más parcialmente políticos de la historia.

Entonces, ¿con qué posición te quedas si te viene en gana emplear narradores intrusivos en tu novela o relato?

Los narradores intrusivos caen en el saco de los narradores extradiegéticos, aquellos externos a la historia con un conocimiento más o menos profundo de esta. A partir de esta profundidad se calculará el grado de empatía sentida por el lector, que puede valorar la interrupción de la fábula en beneficio de informaciones complementarias o sentir que el narrador está metiendo el hocico en el placer de su lectura.

Ambos casos son válidos literariamente. Tampoco pueden considerarse un demérito por mucho que el lector medio frunza el ceño; su molestia nace de una problemática aún mayor: el predominio de la novela realista sobre otras expresiones literarias.

Entonces, ¿de qué sirve utilizar a los narradores intrusivos o poco fiables en una novela actual?

De mucho, si tus intenciones pasan por desbaratar la mímesis. Maltratar el supuesto reflejo de la realidad que es la novela ha sido desde comienzos del siglo XX el propósito de infinidad de autores. Tampoco lo inventaron, la cosa viene de lejos, pero el sigo XX cuenta con grandes ejemplos de extrañamiento en ese sentido.

Así, deslegitimar al narrador convencional de una novela de fantasía pone en doble alerta al lector, que tiene que hacer un primer esfuerzo por aceptar la ficción que le están contando y segundos, terceros y hasta cuartos esfuerzos cuando el narrador intrusivo le recuerda que está ante una ficción. En el fondo, la cosa va de hacernos pensar más de la cuenta como lectores.

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Sobre la Anábasis de Jenofonte

La Anábasis de Jenofonte es la principal influencia reconocible en El hambre exegética.

En la obra del historiador griego se narra la expedición de los llamados «Diez mil», el número de mercenarios que se unió a la campaña militar de Ciro el Joven contra su hermano, el rey persa Artajerjes II.

Adrien Guignet – La retirada de los Diez Mil

La Anábasis me interesó por dos motivos. El primero, la evolución del protagonista, donde Jenofonte, de «acoplado» en la expedición, acaba por tomar las riendas de esta cuando la cadena de mano sucumbe a las conspiraciones del enemigo. La vuelta a casa resulta penosa, pero también un ejercicio de superación que en El hambre exegética tendrá su reflejo en Claudia, la protagonista, que decidirá entre ser testigo o formar parte de la acción. En la Anábasis, Jenofonte es narrador y personaje presente en la historia, un recurso narrativo que, sin pretenderlo, apunta a ejercicios metaliterarios más recientes.

El segundo motivo que me llama especialmente la atención es la autosuficiencia de los «buenos», desde un primer momento superiores al enemigo. En su contra tienen el número y, a su favor, la habilidad; hecho veraz, pues los hoplitas griegos fueron una de las milicias más efectivas del mundo antiguo.

The Warriors, de Walter Hill

No es la primera vez que el tema de la Anábasis aparece en la literatura, aunque casi siempre en publicaciones de corte histórico. El caso más radical es la novela de Sol Yurick The Warriors, adaptada al cine por Walter Hill. En ella, encontramos la misma premisa: banda callejera que se queda vendida en territorio enemigo. Aademás de defender su honor, tendrán que salvar el pellejo ante otras bandas rivales. Aunque en El hambre exegética hay algo de callejeo, el escenario principal es el mundo editor de Barcelona, o más bien su romantización.

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La tienda online de Ediciones Astrágalo

Ediciones Astrágalo es algo así como una editorial independiente en Barcelona, aunque en realidad responde a la vieja etiqueta del «autor/editor», que englobaba a todos aquellos negocios editoriales que invertían parte de sus beneficios en publicar el trabajo de sus fundadores.

Aquí no hay trabajo previo de edición a terceros. Desde un primer momento tuve claro que Ediciones Astrágalo albergaría aquellos proyectos que, decía, guardaba en un cajón a la espera de ser descubiertos por una editorial.

En anteriores entradas de este blog he hablado de ese sueño barra falacia que es aguardar a que una editorial importante llame a tu puerta; también del ejercicio de darles la brasa con un producto que no han pedido. Pienso que ambas prácticas tienen algo de fútil pero también de necesario, ya que alimentan la parte soñadora del oficio, la misma de la que nacen muchas narraciones que acaban en el papel.

El objetivo de este artículo es presentar la nueva tienda online desde la que venderé mis novelas, tanto las físicas como los libros electrónicos.

La idea era crear una tienda sencilla y funcional, ya que el catálogo es de cuatro obras. Básicamente, dispone de una página principal y una ficha de producto por novela. Cada una de estas fichas incluye sinopsis, cubierta, contracubierta y datos técnicos. También reseñas, si existieran, y muestra del primer capítulo o primeras páginas. Las fotos hablan por sí mismas, aunque no tan bien como la propia tienda online de Ediciones Astrágalo. Podéis echar un vistazo en cualquier momento.

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Sobre la cubierta de «El hambre exegética»

El proceso de edición de El hambre exegética ha finalizado. Tras varias pruebas y consultas, la cubierta que adjunto será la definitiva en la novela que veréis en septiembre. Llegar a esta ella no ha sido sencillo; se han descartado diseños con mayor concepto, aunque, eso sí, ha prevalecido la elegancia y sensibilidad que me interesó desde un comienzo.

el hambre exegética

Conceptos de la cubierta

La cubierta de El hambre exegética trabaja sobre una ilustración obtenida en rawpixel y la tipografía Avantgarde. El contraste entre ambas se vincula a los dos escenarios que aparecen en la novela: las junglas colombianas y la ciudad de Barcelona.

La cubierta también refleja el romanticismo y la mitificación con la que describo a la industria editorial, en la que también se asoma una mención al mítico templo de Nemi de la diosa Diana, conocido por su santuario y las violentas sucesiones de sus sacerdotes.

La contraportada emplea parte de la ilustración y muestra la sinopsis acompañada de un guiño metaliterario: una cita de la revista Elocuencia. Elocuencia es el magazine cultural que sirve de escenario a Varón de multiforme ingenio, mi anterior novela.

Ediciones Astrágalo es un segundo juego metaliterario, el sello a través del que edito mis proyectos. Aparece también en El hambre exegética; es la editorial independiente en la que trabaja Claudia, la protagonista.

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La ficción como contenedor de una auténtica crítica literaria

Mantener un frente lector de más de diez novelas simultáneas implica, de tanto en tanto, alguna que otra grata casualidad.

Hablo de la reciente lectura de la novela de Chris Kraus I love Dick, un artefacto literario que trabaja a distintos niveles, siendo a su vez ficción clásica, obra feminista, novela epistolar y confesión en la línea agustiniana.

Por otra parte, también estoy enfrascado en la lectura de A contrapelo de Joris-Karl Huysmans, una novela caracterizada por los nulos giros de su trama, así como la larga exposición de los gustos estéticos de su protagonista.

crítica literaria en A Contrapelo de Huysmans
Huysmans – Foto por André Taponier

Aquí es donde confluyen ambas lecturas, en la descripción crítica de la obra de terceros, que en el caso de Chris Kraus reúne las opiniones de la autora sobre artistas coetáneos, ya sean en su relación con el feminismo o la cultura judía. Por su parte, Huysmans repasa la historia creativa del mundo desde tiempos clásicos para finalizar en aquellos artistas de su tiempo que mejor reflejan el espíritu finisecular del XIX.

A contrapelo es una obra clave, un eslabón entre la literatura naturalista y el simbolismo. Tiene algo de trampilla, ya que invita a las convenciones realistas y naturalistas de la época a que se sometan a una voluntad cansada de una fórmula obsoleta. Y así, una a una, estas van cayendo sin interés por recuperarlas en un desenlace que cierre los discursos abiertos.

El ejercicio crítico que Huysmans realiza con autores como Baudelaire y pintores como Odilon Redon resulta interesante desde un punto de vista actual. ¿Hasta qué punto es factible una formato similar en la ficción contemporánea?

Chris Kraus
Chris Kraus

Si tenemos en cuenta que, a nivel crítico, el país está es unas horas que, o bien se pueden considerar bajas o consecuencia natural de políticas heredadas, quizá sea el momento en el que la ficción ofrezca refugio al arte, al igual que el best seller lleva años albergando a la divulgación histórica y otras manifestaciones culturales que suelen dar color a sus tramas.

Trasladado a la sociedad de consumo, y en un fantaseo de corte utopista, este mismo gesto podría trasladarse a la televisión, con segundos –pienso que minutos serían inviables– en los que los protagonistas departen sobre sus obras favoritas, ya no solo ensalzándolas por los sentimientos estéticos que generan en sus personas, también evaluándolas críticamente.

En las pocas ocasiones que se realiza, vemos que los personajes de ficción apuntan sus opiniones a obras de autores dentro de la misma ficción, por lo que «todo queda en casa» y el ejercicio se diluye.

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El balancín de la verosimilitud: lo cotidiano vs lo extraordinario

A partir de la serie de HBO Barry (2018-) surgen varias líneas de diálogo con la tradición, tanto cinematográfica como literaria. Recordemos que Barry sigue el viraje laboral de un asesino a sueldo; una epifanía radical que le empuja a apartarse de la violencia metódica en beneficio de otra metodología: la interpretativa. Principalmente, la serie gira en torno a esta dicotomía, pero también se advierte una recuperación del género criminal humorístico, que tuvo en los años noventa episodios de esplendor literario como las novelas de Elmore Leonard.

hbo barry

El mérito de Barry es disponer un mosaico de personajes tipo que ganan en verosimilitud por medio de factores externos, como una reacción radicalmente cotidiana al entorno y el desmantele de las convenciones del género, al modo tarantiniano. De fondo, un mínimo juego metacinematográfico donde se expone la excepcionalidad de personajes –asesinos, mafiosos, militares– y situaciones –cualquier evento que finalice en una muerte violenta–. Así, el espectador bascula entre lo evidentemente ficcional y la mímesis cotidiana, en un equilibrio que resulta ameno y dinámico.

Este balancín de estilos rememora el teatro plautino, tanto por sus estereotipos de la vida romana del siglo I a.C. –con su equivalente actual– como por los diversos registros de lenguaje que aparecen en cada episodio, por lo general, asociados a un personaje específico.

Imagen basada en La cortesana, de Plauto

La oposición de un discurso artificiosamente criminal con uno cotidiano tiene en el lenguaje teatral un eje intermedio que, no solo permite al protagonista entender el mundo del que viene y al que quiere integrarse, también le lleva de una catarsis a otra, con un punto culminante en la primera temporada, con la lectura de Macbeth, donde Barry ve en la locura del rey escocés la propia crisis que experimenta al matar en nombre de la ambición de terceros.

A Harold Bloom le parecería bien inocente el recurso. No sería la primera vez que un guion emplea giros o psicologías shakesperianas –consciente o, en la mayoría de casos, inconscientemente–. Lo importante para este artículo es que conecta con la búsqueda de verosimilitud en la ficción a partir de lo cotidiano. En Macbeth trabaja un mundo de pulsiones muy reales que sostiene sin pestañear un trasfondo de folklore mágico. En Barry, la referencia a redes sociales o el uso de emoticonos es ancla robusta frente a la desconexión de un exceso de armas y su uso indiscriminado.

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Exposiciones ficticias

Yo no sé si está inventado, pero creo que sería una buena idea/experiencia crear un blog de arte con exposiciones falsas y debatir sesudamente sobre obras que no existen y sobre artistas ficticios. El único problema nacería de las imágenes, que tendrían que crearse y, por lo tanto, el proyecto dejaría de ser ficción.

Otra opción es que los textos aparecieran desnudos y las descripciones tuvieran tanto éxito que animaran a diferentes artistas a crear las piezas. Entonces, una vez creadas, podría elaborarse un segundo blog basado en las reviews de esas obras. De este modo, también se generaría un diálogo entre la obra real y la ficticia, si bien no quedaría del todo claro cuál es réplica u original. Naturalmente, un tercer blog debatiría al respecto de esta paradoja mimética.

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Autoeditarme o no autoeditarme: esa no es la cuestión

Si la autoedición ya de por sí despierta demasiados prejuicios externos, peores son los internos, los que el autor asume como ciertos hasta el punto de retornar sus manuscritos al cajón donde, románticamente, los escritores guardamos nuestras obras no publicadas.

Si bien es cierto que los prejuicios internos presentan una base exterior –la idea ha surgido de algún sitio–, al integrarlos se convierten en miedos que solo tú podrás combatir.

Autoeditarme me cerrará las puertas de las editoriales

Es falso. Las puertas de las editoriales están cerradas a todo el mundo. Solo pueden abrirlas aquellas personas directamente vinculadas a la editorial o las que, debido a una serie de causalidades (amistad, recomendación, etc.), reciben la invitación a pasar.

Las editoriales, al menos las que ya tienen ambos pies en este milenio, despliegan otros mecanismos para llegar a los autores. Los grandes grupos cuentan con empleados que realizan este trabajo o confían en las agencias, que representan a la externalización de tales funciones.

Por su parte, las pequeñas editoriales, incluso las que se consideran independientes, trabajan con unos calendarios de publicación medidos al milímetro. Son gente que ha realizado una importante inversión y trabajan sobre seguro –con la hipotética seguridad que ofrece el sector–, no esperan sentados a que les lleguen los manuscritos que les harán millonarios. Sería un suicidio económico.

La autoedición me resta seriedad como escritor/a

Mala cosa. Si piensas que la autoedición será dañina para tu “carrera”, entonces ni lo intentes.

La autoedición lleva siglos en funcionamiento, con mayor o menor visibilidad según la época, aunque es cierto que en los últimos siglos, en directa relación con el asentamiento del capitalismo y sus mercados, se ha vuelto un ejercicio minoritario y hasta cierto punto underground.

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El poeta William Blake autopublicó algunos de sus principales trabajos. Desde la escritura a la impresión, pasando por las ilustraciones y el posterior coloreado.

Aunque la edición de libros convencional emplee sujetos, recuerda que esos sujetos y sus obras son productos, así que, en caso de convertirte en el próximo bombazo literario de la década, tu bagaje autodidacta te beneficiará. Serás un caso de éxito que otras tantas personas tendrán en cuenta a la hora de dar a conocer sus propios proyectos.

Olvida la imagen del autor de sanctasanctórum, el intelectual que cuando habla sube el pan. O pertenecen a otra época o a ambientes académicos que nada tienen que ver con la industria del entretenimiento a la que se adhiere el grueso de la literatura actual.

Autoeditarme desperdiciará mi novela

Es probable, ya que una vez la edites y la difundas perderá todo su valor para las editoriales. Incluso aunque sea un hit y la reedición en un sello con más alcance fuera factible, es probable que ningún editor la quiera en su catálogo.

Cuando decidí autoeditarme, principalmente en el caso de Varón de multiforme ingenio, sabía que la novela jamás entraría en el circuito. Y bien que hice, porque mientras la mantuviera en el dichoso cajón, seguiría revisándola, cambiado comas y buscando sinónimos que, a modo de fórmula mágica, la hicieran más atractiva.

En el momento en que editas tu novela, adiós muy buenas, pasas a otros temas.

Se supone que te gusta escribir, que las ideas se acumulan en tu cabeza a la espera de plasmarlas sobre el papel. Si tu relación con el mundo editorial consiste en pegar el zambombazo y, ya animado, ponerte a escribir de nuevo, pasarán años y años hasta que se te presente la oportunidad.

Las historias de autores prestigiosos que sufrieron hasta cien rechazos de sus novelas son solo eso, anécdotas que alimentan blogs literarios.

n conclusión, al escritor no lo hacen sus libros publicados en las grandes editoriales, sino el grueso de su carrera, el discurso que plantea a lo largo de sus obras. Artes como el cine tienen esta realidad mejor integrada y todos aceptamos los cortos amateurs de un director como parte de su trayectoria. La autoedición es un ejercicio similar, radica en la necesidad de empezar a contar tus historias ya y encontrar a aquellas personas que serán tu público.

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Diseñar la cubierta de un libro autoeditado

El siguiente post de mi improvisada serie sobre autoedición gira en torno al diseño de la cubierta de tu libro. Dije en un artículo anterior que la maquetación del libro podía ser, hasta cierto punto, sencilla. La cubierta adquiere un cariz distinto.

Cómo diseñar la cubierta de un libro siendo un autodidacta

La clave para que tu cubierta luzca llamativa radica en la profesionalidad que pongas a la tarea. Entiendo que desconoces el oficio de diseñador pero que eres capaz de arremangarte y aprender ciertas nociones del Photoshop, InDesign o sus equivalentes gratuitos (que obtienen idénticos resultados).

Una vez invertido ese tiempo, ha llegado el momento de conceptualizar el trabajo. ¿Por dónde irán los tiros? ¿La cubierta reflejará el contenido del libro o el título, o no piensas darle al coco y simplemente quieres hacer de tu libro un objeto atractivo?

En ‘Follow this thread’, el diseño de Elena Giavaldi trabaja con el concepto de laberinto y el mito del hilo de Ariadna.

En todos los casos, tiene que existir coherencia. Si tu libro trata sobre relaciones familiares, recurre a elementos que evoquen familias. Si estas relaciones son agridulces, trabaja con colores fríos. Reduce a una mínima expresión los elementos que se pasearán por la cubierta y pronto tendrás dos o tres ideas fuertes con las que trabajar.

Eso sí, evita que sean más de dos o tres, pues un exceso de conceptos puede dañar el mensaje. Recuerda que eres un amateur. Deja la catedrales góticas a los profesionales.

Elementos que automáticamente harán tu cubierta más atractiva

Si por mucho que lees sobre teoría del diseño o del color, el resultado sigue apestando, apuesta por las imágenes.

Las fotografías nunca fallan. La industria literaria tira de ellas constantemente. Sí que es cierto que trabajan mucho sobre el collage de fotos, pero no debería preocuparte; con una foto vistosa y unas tipografías bien integradas, será suficiente.

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Ejemplo de fotografía e integración de la tipografía. Diseño de Rob Grom.

Rebusca por webs como Unsplash y otras tantas que trabajan con fotografías naturales y procesadas (los filtros cálidos que otorgan a las imágenes ese aire vintage que no pasa de moda). Además, la mayoría de estas fotos ya incluyen cierta narrativa que podrás explotar. Selecciónalas por temáticas y, una vez más, ten en consideración título y contenido.

El segundo elemento clave son las tipografías. Evita las que habitualmente empleas e invierte otra hora en seleccionar unas cuantas de repositorios como Dafont, Google Fonts, etc. El segundo es muy útil aunque incluya numerosas tipografías orientadas al diseño web (más que el editorial). No te olvides de escoger aquellas que incorporan acentos, por si quisieras emplearlas en notas de prensa o en tu página web de autor.

La parte de la integración de estos dos elementos es la más complicada de todas. Antes de enrollarme más, considera lo siguiente a la hora de diseñar la cubierta de un libro:

  • Escoge fotografías con marcados contrastes. Podrás aprovechar las zonas oscuras para ubicar tu nombre y el título de la obra.
  • Evita que el título parezca enganchado a la imagen con cambios de opacidad en las letras o la aplicación sutil de texturas que hermanen ambos niveles.
  • Ten en cuenta la temática del libro a la hora de seleccionar las tipografías. Algunas aluden inconscientemente a ciertos géneros.
diseñar la cubierta de un libro
La imagen que escojas puede hacer llorar de emoción o de miedo.

Y no tendrías que preocuparte de mucho más, salvo de aplicar el estilo que has decidido al lomo y a la contracubierta. Si la fotografía era apaisada, aprovéchala y que cubra por completo el libro. Eso sí, cuidado con el lomo; te interesa que el título esté bien visible.

En mi experiencia, abogo por un lomo de color blanco o un color claro en relación con los colores empleados en la cubierta. Evita el fondo negro, a no ser que la tipografía sea lo bastante llamativa como para contrastarlo. Tampoco trabajes con colores puros. En el caso del citado negro, bájale sutilmente el tono para que no cante tras la impresión.


Portada:  freddie marriage
Imágenes interiores: Mike Scheid y Tom Roberts en Unsplash

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