No hay ironía que por posmodernidad no venga

Estoy experimentando un cambio. Uno que afecta, más que a mi empatía, o a los filtros que por los que pasan los estímulos que llegan a mis sentidos. Nada grave, nada que pueda afectar a mi organismo a corto o a largo plazo, pero sí a mis escritos, esa colección de textos de distinta naturaleza y calidad que, hasta el momento, se han beneficiado de unas altas dosis de ironía.

La ironía está muerta, el cinismo también, y a mí nadie me ha invitado al funeral. De ahí que, en mi desconocimiento, y como un hereje medieval, me haya lanzado en cuerpo y alma a la vieja práctica de la nigromancia. Años y años de conjuros satíricos hasta hoy mismo, momento en el que veo necesario un cambio de paradigma.

Mientras evalúo los potenciales traumas de esta decisión, analizo mi entorno en busca de las pistas que no supe ver a tiempo.

Para empezar, esta toda esa historia de los escritores indies, o como una banda de desencantados ha hecho de sus problemas comunes una musa de ficción. Dejo al margen sus alegatos, sus angustias vitales apaciguadas con ansiolíticos o cualquier dilema moral que termine en sus blogs. Son contemporáneos, escriben bien y la gran mayoría descartan la ironía como motor de sus obras.

De ellos salto en el tiempo hasta comienzos del siglo XXI, cuando Graydon Carter, editor de Vanity Fair, decía que “va a producirse un cambio sísmico. Pienso que estamos ante el final de la era de la ironía”, y que “las cosas que fueron consideradas frívolas y periféricas van a desaparecer”. Sus declaraciones se tuvieron muy en cuenta en círculos políticos y periodísticos, pero con el tiempo, matices al margen, han demostrado la misma cantidad de error que de certeza.

graydon carter photo

Graydon Carter, por David Shankbone.

Supongo que, por aquel entonces, Graydon Carter aún no había puesto un dedo en las redes sociales, y menos aún leído una novela de Tao Lin. De ahí que sus declaraciones sobre la nula necesidad de la ironía para defendernos de la banalidad extrema resulten, con el tiempo, igual de frívolas y periféricas. ¿O no?

La ironía, en el momento en que genera una energía, tampoco se destruye, se transforma, en este caso, perdiendo facultades o sintiéndose en desventaja ante nuevas perspectivas e ideologías. Internet ha desarrollado anticuerpos contra el cinismo, logrando que un tweet ingenioso y cargado de malicia se diluya al poco de nacer, o que los irónicos profesionales despierten las justas carcajadas antes de que alguien les llame haters o, peor, se les ignore.

¿En qué situación quedamos nosotros, amigos del comentario mordaz, en este nuevo esquema de las cosas? ¿Cómo reintegrarnos, como sería mi caso, en el mundo de las letras contemporáneas sin sacrificar mis principios o quedar obsoleto? ¿He de renunciar a mis raíces posmodernas en beneficio de la Nueva Sinceridad?

De ahí mis dilemas iniciales, el cambio que estoy experimentando y que, como el que deja de fumar, requiere de un cambio gradual. De los dos paquetes de ironía que gastaba al día voy a pasar a un comentario mordaz después de las comidas.

Seré fuerte, podré superarlo.

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Para aquellos lectores o lectoras que deseen profundizar en el tema, os dejo una lista de artículos y reflexiones, a mi parecer, relevantes. Todo la relevancia que pueden ser unos artículos en Internet con el paso de los años.

Cabecera por eosmay
Graydon Carter
 por david_shankbone

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