A tu narrador intrusivo le va mucho el kitsch

En perspectiva, y tras un repaso a las lecturas de mi adolescencia, alimentada con trilogías de fantasía épica y derivados literarios de los juegos de rol, descubro cómo de golosos son los narradores intrusivos en este tipo de narraciones. Ya sea en un uso estricto, al modo de los narradores de Balzac, con sus interrupciones, derivas y condicionantes; o sutil, reflejado en la poderosa capacidad descriptiva heredada de los realistas decimonónicos y esgrimida con exquisita lírica por Tolkien durante el siglo XX. La cuestión es que la narración fantástica, o quizá las traducciones servidas al lector español, exhiben las costuras y los mecanismos que las impelen hasta el punto de suspender la acción o incluso neutralizar sus efectos.

En fantasía, el narrador intruso disfraza la interrupción de extensas explicaciones sobre el escenario por el que transitan los personajes, ya sea geográfico o zoológico o, el más habitual, las teogonías que flotan de fondo y que el autor, aprovechando la menor oportunidad, relata en boca del narrador o en la de terceros afiliados (o no) a la historia. Este narrador teogónico/intrusivo puede manifestarse como voz omnisciente o como secundario cuya función es transmitir esta suerte de conocimiento primordial. El rol que luego desempeñe en la trama es secundario, ya sea héroe o villano; tales narradores adquieren una categoría dual parecida a la de Jenofonte en su Anábasis, donde ejerce de narrador en tercera persona y, a su vez, es uno de los protagonistas de la expedición. Ese movimiento en la literatura anterior a Cristo resulta en una genialidad. Casi dos siglos después, el gesto deviene menos efectivo.

Criticar a autores como R. A. Salvatore o el equipo Weis/Hickman es gratuito si no se atiende a la función de sus novelas dentro de la industria libresca contemporánea. Como producto orientado al consumo de masas, influido por los juegos de mesa, el cine y, posteriormente, por el videojuego, representan a narraciones de consumo ágil y faltas de pretensiones donde a los personajes solo les queda anunciar tras la batalla cuántos puntos de vida y magia les restan. Y, dentro de la escasa calidad literaria que esta práctica mantiene, resulta curiosa lo influyente que ha sido en el estilo de cientos de nuevos narradores y el peso que tales narraciones, engordadas por los datos superfluos, exhiben en el mercado de la autoedición.

Un paseo por Amazon desvela la cantidad de autores independientes que tiran de mundos exóticos a la hora de ambientar sus historias, traslaciones con mayor o menor fortuna de las aventuras vividas en sesiones de rol. La falta de rigor que puedes incluir en una narración lúdica, en el hecho literario se vuelve afectada y artificiosa. Advertimos pues que la reinvención laboral del dungeon master en escritor no es tan natural como a simple vista parece.

Las franquicias literarias de fantasía que en España alcanzan cierta gloria gracias al marketing y a los titánicos esfuerzos de sus traductores, y tienen en la trilogía de las Sombras de Grey un caso de éxito delirante (salvando las distancias de género), donde una escritora surgida de los fanfics pasa del anonimato a la riqueza gracias a la atracción ejercida sobre el gran público por sus novelas literariamente kitsch.

En cualquier caso, redirigiendo el tema hacia el narrador intrusivo, vemos que a éste aún le queda vida dentro de la literatura de consumo y que, aparte, no se le da mal el trabajo de catalizador transmedia o traductor de ideas románticas que apuntan a otro de mis recientes intereses, las nuevas mitologías.

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