Algunos mitos sobre la autoedición

He de reconocer que la autoedición no me ha sentado mal, aunque, naturalmente, juega en una liga distinta dentro del sector del libro. Vale la pena recordarlo porque vivimos en una época de trampas mercantiles en las que se nos venden casos de éxito literario que no son tales, como las cifras que barajan algunos autores indies  de Amazon. Otra liga que, a día de hoy, genera dudas sobre su pertenencia o no al mundo editorial, ya que Amazon trata con un rasero similar al producto literario y al producto de consumo general, con algoritmos que sí, segmentan, pero que responden a ejercicios de posicionamiento en los que poco tiene que decir la calidad de la obra.

Otro de los mitos sobre la autoedición es el propio concepto de edición independiente, llamada autopublicación por una parte exigente, puede que dolida, del negocio. El autor que escribe, corrige y publica su obra en Internet es tan editor como aquellos recién salidos de una filología. El problema, puede que nacido del entusiasmo de ver la obra en los mercados (un ejercicio quizá más deseado que asistir a cómo se viraliza ésta en las redes sociales), radica en que, como en todo oficio, hay gente mejor preparada o con más talento para la edición. Así, gran parte de las obras autoeditadas son fruto de un deseo, no de un estudio previo. Caen en un mercado que no las necesita, apuntan a lector potencial inexistente, que quizá aún no haya nacido o que nació en otra época y que ahora ya no está para tales historias. El editor de oficio repara en todos estos elementos y rechaza las novelas que incumplen esta máxima.

El tercero de los mitos sobre autoedición responde a la propia forma de la novela. No hablo de aspectos ortotipográficos, pues si bien resulta un incordio detener la lectura por culpa de una falta de ortografía, la reducción de presupuestos de corrección por parte de las editoriales ha propiciado cierta naturalización de la errata. Así, que la novela de un autor autoeditado presente alguna que otra faltilla no es tan motivo de drama como que ignore aspectos como la cubierta del libro, la maquetación y cualquier material gráfico que represente a la obra en los lineales de una librería. Quien diga que “lo importante es el contenido” y su novela esté disponible en Amazon, cae en el autoengaño, en no haber contado con el presupuesto o la habilidad suficiente para partir una cubierta decente. El mal diseño se asocia, más que a la mala calidad del producto, al abaratamiento que convierte la obra en una novela del montón.

El último mito sobre la autoedición que repasaré es el de la infraestructura. El “solo ante el peligro” al que se enfrentan los autores indies. Con la experiencia que tengo en marketing literario, ni mucha ni poca, os puedo decir que el grueso de las editoriales pequeñas las constituyen plantillas de una a cinco personas. Cinco personas ya es una cifra desmesurada, pero existen. Muchos editores de éxito externalizan sus servicios hasta tal punto que trabajan desde casa o desde una pequeña oficina que incluye una computadora y una estantería en la que almacenar las referencias. Los propios grupos editoriales asignan a una o varias personas la coordinación de una línea editorial, que viene a ser el mismo ejercicio individual enmarcado en las dinámicas de una multinacional.

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