Michel

Recibía a los Márquez todos los jueves a las siete, aunque Julio, el marido, acostumbraba a llegar tarde debido al tráfico. Como ninguno de los dos planteaba mover las visitas a otra franja, solía dejar a Teresa esperando en la antesala de la consulta por mucho que expresara el deseo de que iniciáramos la sesión sin su esposo. Me negué siempre, así que la mujer aguardaba entre diez y quince minutos mientras repasaba con desgana las revistas caducas que siempre me propongo renovar y que nunca hago por el punto morboso que tiene la consulta de un pasado intrascendente.

A Teresa le desbordaban los enfrentamientos con su pareja, también con sus compañeros del trabajo y, en especial, con sus empleadores, enquistados en el puesto por inercia más que por méritos. Teresa, de perspectiva estructurada, puede que un poco intransigente, tildaba a dicha jerarquía de ponzoñosa, como el hedor que adquieres al pasar cerca de un contenedor y que no desaparece hasta que visitas la ducha y la ropa que llevaste durante el día descansa en la cestilla de la colada. En su caso, tal reinicio jamás llegaba, porque en el hogar le esperaban nuevos deberes, con dos hijos con dos bocas exigentes de seis y nueve años que le impedían disfrutar del respiro que sus pulmones al borde de la asfixia pedían. Más allá de la evidente tensión, Teresa procuraba que las angustias permanecieran tras capas de simpatía retórica. Tienes un estilo fabuloso, me decía, si yo intentara llevar ese vestido, parecería un botijo; pero qué color tan maravilloso el de esa blusa, y qué bien se ve con esos zapatos, ¿dónde los compraste? Yo solía responder a todas y cada una de sus preguntas, pero jamás le devolví los elogios, por mucho tiempo y dinero que invirtiera en agradarme. Dos años después de la última sesión con los Márquez, me encontré con ella en un bar ubicado en las alturas de la calle Balmes. Alegre y bebedora, feliz por salir de copas con sus compañeros de trabajo y diluir, al menos durante unas horas, las tensiones laborales. Recuerdo que fue una conversación confusa en la que Teresa buscó en todo momento el contacto físico, que si una palmadita en el hombro, que se un intento de pellizcarme la manga de la blusa para identificar el tejido del que estaba hecha… Logró interceptarme de camino al baño, pues yo la vi antes y traté de darle esquinazo. Y una vez más tuvo buenas palabras hacia mi vestuario e incluso dijo que siempre le parecí una mujer atractiva. Creo recordar que incluso empleó la palabra sexy. Yo le pregunté por Julio y ahí fue donde me habló del divorcio. Tendrás que disculparme, le dije, he venido con unos amigos y desde aquí les veo hacerme gestos para que no me demore. Tranquila, lo entiendo, ya hablaremos en otra ocasión. Toma mi tarjeta, ahí está mi teléfono, no vayas a confundirlo con el de Julio, dijo antes de echarse a reír escandalosamente. Como no quería propiciar un segundo encuentro, al volver del baño propuse a mis acompañantes que nos fuéramos a otro bar. Ellos accedieron.

Respecto a Julio, el marido de Teresa, nunca volví a saber de él tras las sesiones, pues el hombre era visiblemente reacio a cualquier terapia, individual o colectiva. Su actitud hacia ella cambió con la desestructura de Eric, el hijo pequeño, que pasó por una fase compleja de introversión directamente proporcional a la virulencia de los conflictos paternos. La criatura evitaba los espacios comunes y solía pasar largas horas jugando en soledad, sin importarle las medidas que Julio y Teresa tomaran para incluirlo en las dinámicas familiares. Yo creo que le tiene envidia al hermano, aseguró Julio en reiteradas sesiones, a lo que Teresa le respondía, sin necesidad de que yo mediara, pues las horas que pasaba con los niños, superiores a las que empleaba Julio en la educación de ambos, la embestían en autoridad, Teresa decía que si bien Eric mantenía a Jon, el otro hermano, al margen de sus juegos, la interacción entre ellos era respetuosa, sin enfrentamientos ni resquemores. Como nunca tuvo una respuesta mágica por mi parte, Julio exhibió durante los dos primeros meses un profundo rechazo hacia la terapia. Le recuerdo hundido en el sofá, piernas cruzadas y cuerpo en escorzo, siempre buscando el truco al artificio profesional que para él es la psicología. Al entrar, examinaba los diplomas enmarcados como un Dante que contempla las inscripciones de las puertas del Infierno. Una vez se convencía de que el peligro para su persona era nulo, que la loquera no iba a penetrar en su barrera de escepticismo, tomaba asiento él primero, pero siempre a dos palmos de distancia de su esposa, a la que interrumpía durante la sesión en busca de nuevos choques, nuevas reprimendas.

Como dije, el talante de Julio cambió a la par que el de su hijo, pues el pequeño Eric había desarrollado una serie de recursos que ayudaron a reducir el impacto que generaba el mal ambiente familiar. El de mayor calado fue la invención de un amigo invisible llamado Michel que, si bien, en un principio, pasó inadvertido a sus progenitores, Julio no tardó en analizar secretamente. Incluso recuperó el escucha bebés que adquirieron para seguir a ambos niños durante su primer año de vida. Lo escondió entre unos libros, fuera del alcance de Eric y Jon, y mientras consultaba el ABC o zapeaba en busca del programa de televisión que le salvaría del aburrimiento, atendía a las evoluciones discursivas de Eric e interpretaba las preguntas que el niño le hacía al tal Michel, consultas de amplia hondura por lo que extrajo de sus parlamentos. Temas tales como el rol de las instituciones en la sociedad, llevadas al terreno del jardín de infancia; la naturaleza, trasladadas al parque público donde cada tarde echaba unas horas con su hermano; o el poder, tema central en el que, a través de ejemplos artísticos, o todo lo artísticos que puedan llegar a ser los garabatos hechos con cera sobre un papel, Eric replicaba a su invisible interlocutor con argumentos en los que flotaba el género y la clase social y que luego Julio llevaba a la sesión y convertía en estandarte de sus argumentos.

He estado reflexionando sobre el tal Michel, nos confesó Julio, y he de reconocer que la sorpresa fue mayúscula y tuve que ajustarme las gafas al volverse mis cejas arquivoltas. Sí, siguió el Julio de impostada retórica que jamás habría empleado la palabra arquivolta para describir sus cejas, el sábado incluso me desvelé pensando en el susodicho Michel y en cómo Eric juega con términos y expresiones que no se corresponden a las de un chiquillo de su edad. Su hermano es igual de imaginativo, pero los diálogos que proyecta en sus muñecos son, en comparación, intrascendentes. Ahí le dije a Julio que la trascendencia de esos diálogos es un fenómeno subjetivo y que quizá tendría que prestarle más atención a esas conversaciones y evitarse así futuros agravios comparativos. Julio asintió, no del todo convencido, o quizá porque, al seguirme la corriente, conservaba así el turno de palabra. Prosiguió con el resumen de una de las conversaciones entre Eric y Michel: el apasionante debate giró en torno a la historia, la del mundo, el devenir humano, en cómo nos afecta y, a la hora de ilustrar la episteme con un ejemplo, Eric habló de la evolución del Sargento Sanders, un soldado de juguete, todo plástico él, que perteneció a su hermano. Pasó de soldado aguerrido a veterano bregado en mil batallas. El uniforme de botones rotos y el arma de goma retorcida que sostenía el muñeco daban fe de su retiro, de ahí que Eric lo mantuviera en reserva y solo lo tomara del cubo de los juguetes como refuerzo en las batallas que protagonizaban los muñecos recién comprados o también cuando algún miembro de esas nuevas generaciones requería consejo. ¿No os parece sorprendente?, dijo Julio. No tanto, dije yo, Eric ha adquirido consciencia temporal y ya advierte los cambios que experimenta su entorno. Es más, seguro que ha aprendido a datarlos y ordenarlos narrativamente. Michel es la réplica que cubre los vacíos de información que genera su constante experiencia.

Julio quedó poco convencido, por cómo volvió a sacar el tema en la siguiente sesión. Diluyó con sus investigaciones otros puntos de conflicto con Teresa, como la negativa por parte de Julio de hacer el amor más allá de las once de la noche, la hora en la que sus obligaciones paternales les dejaban más o menos ociosos. Siempre tiene una excusa, decía Teresa, que si estoy cansado, que si no dormiremos nada, que si a estas horas no se me levanta… ¿Le parece normal? La normalidad depende de cada uno de vosotros, respondí, tampoco existe una normalidad estándar, así que quizá debáis encontrar un punto intermedio en el que los deseos de ambos se satisfagan. Teresa asintió con determinación. Su esposo tardó en reaccionar, como quien tiene problemas para procesar un dato en un idioma extranjero. Cuando lo hizo, regañó a su mujer por el «a estas horas no se me levanta», pues le pareció un comentario de mal gusto y, aparte, frívolo ante una problemática de gravedad, todo eso sin perder la compostura y siempre en busca de la fórmula argumentativa que le permitiera introducir sus nuevos descubrimientos acerca de Michel. Al parecer, Michel está en contra del dogmatismo presente en la cultura contemporánea. Naturalmente, Eric no empleó la palabra dogmatismo, ni tampoco Julio, pero resume bien los rodeos del padre, y luego, prosiguió el progenitor, el niño volvió a ejemplificar sus ideas con una historia acerca de la estación de servicio que le obsequiamos en Reyes, la que cuenta con pequeños surtidores, con una cafetería y con una sección lateral de tres plantas que ejerce de aparcamiento. Antes de conocer a Michel, Eric distribuía los cochecitos por esplendor, permitiendo a los modelos costosos ocupar las plazas más altas mientras los viejos y feos residían en la primera. Bien es cierto que eran los primeros en abandonar el edificio, aunque, por el contrario, se perdían la rampa de tirabuzón que conectaba la parte superior con la gasolinera. ¿Pues no me dijo Eric que el asunto de las clases es muy delicado? Para Julio fue tan chocante que se fue directo a Internet a investigar de dónde había salido tal idea, pues cabía la posibilidad de que Eric, como ya hacen muchos críos de su edad, hubiera aprendido a saltarse el control parental de la tableta que comparte con su hermano y hubiera buscado en Google, ya sea por error o premeditadamente, los datos con los que engordaba la dialéctica de su imaginario amigo. Encontré, dijo el padre, el historial de navegación bien limpio. Como mucho, di con algunas referencias a Dora la Exploradora y otros personajes de los dibujos animados, pero ningún dato en relación con Michel. Así que llevé a cabo mis propias búsquedas y entre las sugerencias que Google me ofreció encontré una suerte de concordancia entre el nombre Michel y el fenómeno de la locura. ¿Michel Foucault?, pregunté. Sí, Michel Foucault, dijo Julio, ¿ha oído hablar de él? ¿Michel qué?, preguntó Teresa. Un filósofo, le dijo Julio. Creo que tengo en casa su Historia de la locura, dije yo, aunque no llegué a terminarlo, pero es buen libro, recordé, pero disculpe, qué relación puede tener Michel Foucault con el Michel de su hijo, dónde ha podido Eric oírlo mentar y extraer conclusiones sólidas de su cuerpo filosófico. Ya le informo que su sospecha es infundada, por no decir imposible, Sr. Márquez,  así que relájese, Michel es solo una etapa en la evolución de Eric, desaparecerá tan rápido como apareció. Lo más sensato es dejarle hacer y no intervenir, pues los niños son imaginativos pero no tontos, conocen a la perfección las reglas del juego que ellos mismos construyen, como cuando transforman una silla en barco y la escoba en remo. Identifican los lindes de su imaginación, así que no le recomiendo entrometerse en las amistades imaginarias de su retoño.

Julio hizo caso omiso del consejo, tal y como me contó Teresa en la siguiente sesión, visiblemente preocupada porque el espionaje adoptaba tintes obsesivos. Incluso llegó a anunciarle al pequeño que Michel estaba más que invitado a la cena, por si quería compartir mesa con ellos e iluminarles con su sabiduría. Eric le respondió que Michel no aceptaría, ya que dedica muchas horas a escribir en su casa. ¿Y qué escribe Michel? Libros, libros muy grandes en los que explica sus anécdotas y las de otros. Aquí tuve que intervenir y regañar a Julio por legitimar la fantasía de su hijo, a lo que este me dijo que era su derecho, que era un padre inquieto y que si hacía seguimiento del amigo imaginario de Eric era por su bien, para que no creciera contaminado por ideas ajenas a su edad. Volví a invitarle con tecnicismos a que no entorpeciera el desarrollo psicológico y cognitivo del niño, y aunque pareció intimidado por la amenaza, ya que él vio la opinión como tal, prometió que aflojaría un poco, así que en las siguientes sesiones reconoció que había dirigido la intriga hacia si al adquirir diferentes ensayos de Foucault, así como un libro titulado Foucault para dummies que le permitía traducir la jerga filosófica del pensador francés a su nivel académico. Leyó esas publicaciones con delirio, las subrayó, y engordó los volúmenes con anotaciones de su cosecha que asomaban por entre las páginas. Libros despeluchados, me parecieron cuando los trajo a la consulta. Teresa, por su parte, dejó de preocuparle la obcecación de su marido y sacó provecho de sus largas sesiones de lectura. Dedicó el tiempo a salir con sus compañeros tras el trabajo, pues al parecer, la marcha del jefe de departamento había reconciliado las energías de la plantilla; también salía de compras con una amiga de la infancia que recientemente la había agregado a Facebook y de la que cantaba sus excelencias y lo atractiva que se veía con dos simples toques de maquillaje. También empleó la palabra sexy para describirla.

El seguimiento se prolongó dos meses. Mientras tanto, Eric desintegró a Michel sin ayuda de adultos. Julio advirtió que éste ya no aparecía tanto en las conversaciones de su hijo. Al parecer, a Eric le preocupaba la salud de Michel, al que prefería saberlo en su domicilio sano a salvo, donde podría darle a las letras hasta altas horas, pues eran su pasión y la de sus amigos, que esperaban fervientemente la publicación de los volúmenes. Julio quemó cartuchos desesperados con preguntas sobre el aspecto de Michel, como si era una persona mayor, o si era calvo, o si necesitaba gafas. En la primera y en la segunda pregunta coincidieron sus deseos, en la tercera falló estrepitosamente por la cara que Eric le plantó. Papá, qué tonterías dices, cómo va a llevar gafas, dijo el niño.

Llegó un momento en que Michel fue un recuerdo, su nombre solo se manifestaba en las sesiones, por otra parte, de reducida productividad. Los Márquez habían experimentado un cambio anímico, una suerte de redistribución de energías maritales, y mientras Teresa estaba cada día más lozana e incluso llegué a pensar que, en alguna ocasión, se había presentado ebria en la consulta, Julio se mustió y actuó como un testigo silencioso que, a diferencia de otras ocasiones, ni se revolvía cuando la responsabilidad recaía en su persona.

Finalmente, la pareja dejó de acudir. A la semana, recibí la llamada de Julio, la voz irreconocible de un cuerpo sin fuerzas, todas ellas en manos de la decepción. En su corta comunicación me dio las gracias por el trabajo llevado a cabo, si bien, por recién adquiridos compromisos laborales, ya no podría seguir asistiendo a la terapia en pareja. Teresa pensaba de forma similar, también consideraba que la terapia había cumplido con su fundamento y ya no era necesaria. Pues eso, que ambos estamos muy agradecidos, me dijo. Les invité a que, en caso de un repunte personal de sus antagonismos, consultaran a un colega de confianza. Yo no quise llevarlos individualmente porque me olía el naufragio y sabía demasiado del barco como para resultar imparcial. Así que me despedí, también agradecí a Julio la confianza puesta en mi trabajo y así la pareja salió de mi vida hasta el ya mencionado encuentro del bar. Al salir y buscar otro establecimiento, mis amigos me preguntaron quién era esa mujer que me había devorado con la vista. También si les escondía algún secretillo, tal es la frivolidad de ciertas personas con la sexualidad de las otras. Y sin entrar en detalles, les expliqué que Teresa y su exmarido formaban parte de un pasado reciente, uno en el que los juegos infantiles no son tales juegos, sino sus más serias actividades.

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