Marines, mirmidones, caballeros artúricos y los Doce Pares de Francia

El estreno de la primera temporada de The Punisher a través de la plataforma de contenidos televisivos Netflix nos devuelve la vieja costumbre de las ficciones épicas de mitologizar a sus protagonistas. En concreto, castas guerreras como, en este caso, los marines de los Estados Unidos:  hombres dotados de unas habilidades bélicas superiores al resto, así como una capacidad para soportar el dolor y las penurias del oficio en cualquier circunstancia, ya sean los desiertos de Oriente Medio o la desubicación de la polis.

En The Punisher, Frank Castle es un exmarine de características excepcionales al que una confabulación le arrebató mujer e hijos. Desde entonces, dedica el tiempo a tomarse la justicia por su mano, eliminando sin juicios a todos aquellos que participaron de forma directa o indirecta en sus muertes. Más allá del perfil psicopático del héroe y de la polémica servida en una sociedad que ha vivido recientes dramas a causa de la proliferación de armas entre la población civil, vemos en The Punisher el viejo ejercicio de posicionar al soldado de élite por encima del resto de mortales, incluidas las fuerzas militares del país al que representa.

El gesto surge de diversas mitologías de la antigüedad. Uno de los primeros ejemplos son los mirmidones, pueblo guerrero que combatió a las órdenes de Aquiles durante la guerra de Troya. También dentro el mundo clásico, encontramos el paradigmático ejemplo (paradigmático gracias al trabajo de Frank Miller en el cómic 300) de las fuerzas espartanas, donde la ficción demuestra menor consideración por los ejércitos tespios y tebanos que acompañaron a los espartanos durante la defensa del paso, para la creencia popular, principal contingente en la hazaña.

Un sacrificio similar ocurre en el siglo VIII durante la batalla de Roncesvalles, la escaramuza transformada en poema épico trescientos años después y protagoniza por Roldán, miembro de la jerarquía carolingia mitificado junto a los Doce Pares de Francia. Esta fuera militar bebe de las fuentes de la materia de Bretaña, la misma que al mismo tiempo exportará el mito artúrico por los territorios franceses. Al igual que los caballeros al servicio del regente de Camelot, los Doce Pares de Francia son excelsos representantes de su tierra de origen (familias, en su caso), dotados todos ellos de una habilidad excepcional para las armas y otros menesteres bélicos que les permitieron plantar cara a las sobredimensionadas fuerzas enemigas, posible licencia de Turoldo, el pretendido autor de El cantar del Roldán.

La Europa medieval fue un hervidero de milicias que han alimentado páginas de ensayo y ficción, como los almogávares o cualquiera de las compañías libres que asolaron Francia durante la Guerra de los Cien Años. Su eficiencia en combate se suma al imaginario en torno a sus líderes, con demoledoras victorias dentro de un conflicto que, si tenemos en cuenta las opiniones de una parte de la comunidad historiadora, ni adopta la forma exacta de una guerra y, ni por asomo, duró un siglo.

Los ejemplos son abundantes a medida que entramos en los últimos cincuenta años, donde a la lista de fuerzas militares en competencia por el más letal de los adiestramientos, se suman los servicios secretos de una buena parte de naciones, figuras que aúnan letalidad con la sutileza del asesino. Así, llegamos al presente con una larga lista de sicarios, mercenarios y ejércitos profesionales que proyectan este misticismo hacia alturas insostenibles, si bien la mayoría de estos usos surge de géneros como el thriller o la novela negra.

¿Qué motiva esta transformación del soldado raso en una romantizada máquina de matar? Se entendería un deseo de marcar las diferencias de un poder fáctico como el ejército ante otros grupos sociales o una débil herencia mitológica en la que se mezcla la figura del héroe con uno de los pocos oficios emparentado con sus modos y causas. Es posible que la motivo sea la mera y llana subsistencia de la vida castrense, una elección vital que promete trascendencia a través de la disciplina. El hombre llano se despoja de muchas de las debilidades que le atenazan o adquiere control total sobre ellas. El sujeto se transforma en objeto y, como les ocurre a muchos soldados al abandonar el servicio, finalmente adquieren consciencia de esta transformación antinatural. El choque, por otra parte, también ficcionado hasta la saciedad, retoma las miserias terrenales allí donde las dejaron. Y no existe adversario peor que hacer frente a un dolor acumulado.

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