Los dos nacimientos de Dionisio, de Robert Graves

Como aficionado a los mitos, la comparación de religiones y cualquier simbolismo de raíces milenarias, puedo decir que la aportación de Robert Graves al género ha sido indispensable, y más si tenemos en cuenta que su trabajo, más allá del cuerpo poético, se sostiene en una tremenda erudición no del todo académica.

Robert Graves fue, en esencia un poeta, como bien nos recuerda en sus ensayos o, subrepticiamente, en sus novelas. También un fervoroso adorador de una diosa madre paleolítica que la tradición patriarcal enterró. De ahí que ambos temas sean recurrentes en su producción y protagonicen una colección de ensayos que desconocía hasta el pasado Sant Jordi, cuando, en una búsqueda entre libros de segunda mano, identifiqué el nombre y el apellido del británico unidos, una vez más, a un conjunto iconográfico griego.

El título de la colección de ensayos es, en España, la España de 1980, “Los dos nacimientos de Dionisio”, título de uno de los textos incluidos. Su versión original responde al título “Difficult Questions, Easy Answers”, quizá más próxima a los conceptos que Graves quiso explorar.

En “Los dos nacimientos de Dionisio” encontramos a un Graves ya maduro, o más bien anciano, que despliega conocimientos a velocidad de vértigo, invocando a deidades olvidadas, pasajes de la Biblia, flora y fauna ancestral y establece paralelismos y conexiones que se asemejan, en consistencia, a uno de sus trabajos más representativos: “La diosa blanca”1. Ensayos brillantes con preguntas que vinculan a la antropología con las nuevas eras que, gestadas en los sesenta, eclosionarían en las décadas siguientes. Y si recurro a la consistencia para juzgar a Graves es por la facilidad con la que el autor invoca información contrastada a través de condicionales.

Robert Graves fue una inminencia de la especulación, y allí donde no le alcanzaban los sentidos componía una teoría romántica y/o matriarcal. En los ensayos incluidos en “Los dos nacimientos de Dionisio” ocurre lo mismo, y así, a la que queremos darnos cuenta, estamos digiriendo una tarta de realidad recubierta de teoría e, incluso me arriesgaría a decir, de una chispa de ficción. Ficción de la buena, la misma que alimenta nuestro interés en los mitos, surgida de un reducido rigor científico y que, en el fondo, tiene mucho en común con la construcción de los libros sagrados a los que Graves referencia. Narraciones sobre otras narraciones que el tiempo y la manipulación histórica han vuelto dogma. La fortuna, en este caso, es que el interés del autor no es político, y menos aún religioso. Robert Graves escribía sus ensayos con interés de poeta, de ahí que sus textos sean una delicia impredecible.

Imagen por Ian W Scott


  1. Obra que recientemente he podido disfrutar en castellano gracias a la reedición de Alianza Editorial, un mastodóntico ejemplar amarillo derivado de la edición británica de Faber & Faber

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