Travestis de dientes afilados: un acercamiento a la figura del lobo literario

Su clasificación científica dice de ellos que son perro y lobo, canis y lupus, una especie animal enfrentada por naturaleza a la humana desde tiempos inmemoriales, con un rol cultural que, pese a contar con destellos benéficos, acumula mayores simbolismos tenebrosos.

El lobo como heraldo de una oscuridad desenfrenada pero también como fuerza fundadora (la maternal loba de Rómulo y Remo), o destructora de la civilización, como en el caso de Fenrir, el lobo de la mitología escandinava vinculado al fin de los tiempos. Un nutrido folklore y una literatura, el tema que nos ocupa, que genera ríos de tinta líquida y electrónica en una conexión directa entre los tiempos bíblicos y nuestra época, donde el mal sigue residiendo, como bien dice la expresión, en la boca del lobo.

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Ya en Mateo 7:15 los lobos visten ropa de oveja en la forma de falsos profetas, una metáfora religiosa que la tradición recuperaría siglos después con la historia de los cabritillos que desafían a las mentiras del lobo que busca cenárselos. Una de las muchas vinculaciones al disfraz que discurren paralelas al lobo y que, en una ironía patriarcal, apuntan a la suplantación de la figura femenina.

El caso más popular lo protagoniza la famosa chiquilla de la caperuza roja, que tras un engaño en el camino, descubre que una criatura velluda, colmilluda y, sobre todo, voraz, la espera en casa de su abuela disfrazada de su enfermo pariente. Los cabritillos también topan con el travestismo del lobo cuando, buscando a toda costa el acceso en su hogar, trata de imitar el aspecto y comportamiento de su madre.

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El lobo es la representación eficaz de la mentira, de su éxito temporal hasta su violento destrone, pero como farsante concentrado en su propio beneficio no conoce igual, como bien recoge Esopo en sus fábulas, donde asistimos a un desfile de conductas reprobables por parte de sus lobos protagonistas y a una doblez enfrentada con la nobleza canina o la astucia positiva del zorro. En Esopo, el lobo acusa, traiciona y miente a placer, incluso vence en ocasiones, reivindicando a una maldad necesaria que da brillo al camino correcto. Las fábulas confirman que la astucia reside entre la luz y las tinieblas, una herramienta que transforma a ambas en un amplio abanico de grises.

Pero, más allá de los simbolismos que dividen el mundo entre buenos y malos, el lobo fabulesco conecta con el mismísimo libro del Génesis, representando a la libertad en la naturaleza que Adán y Eva destruyen con su pecado original. Una libertad reglada, como recuerda Kipling en su  “El libro de la Selva”, donde dos personajes lupinos resultan claves en la evolución de Mowgli. Por un lado Raksha, la madre adoptiva del niño humano, y por el otro Akela, líder de la manada Seeonee. Los dos representan al consejo y la tutoría, lobos imitando las reglas de los hombres sin que por ello pierdan el espíritu fiero que tantos quebraderos de cabeza ha dado a nuestra pirámide alimenticia.

La moraleja recurrente en el lobo literario es la misma que invocaba el tío Ben al decirle a su sobrino Peter Parker aquello de “todo poder conlleva una gran responsabilidad”. La inteligencia del lobo tiene pocos rivales, y solo cae derrotada cuando se enfrenta a fuerzas superiores, como el tres divino o el siete de la perfección. Por separado, cada uno de los cerdos del cuento no es más que un animal simbólicamente denostado; en triada, la armonía divina, nadie puede derrotarles. Algo parecido ocurre con los inocentes cabritillos, que como buen siete, resisten los envites del lobo hasta que la falta de cohesión los derrota. Más tarde, con la aparición de su madre, el siete se vuelve ocho, representación del equilibrio. El universo vuelve a la normalidad y el lobo muere tras el renacimiento de sus víctimas.

Antes del siglo XV, las victorias del lobo o eran absolutas o bien sufría derrotas humillantes. Europa necesitaba de las perspectivas amplias del Renacimiento para combinar todos esos conceptos tradicionales en la figura del licántropo: el transformismo, la condición humana conviviendo en el cuerpo de la bestia, las sombras del alma… los extremos acaban confluyendo en nuevas posibilidades literarias que, como los vampiros y otros horrores góticos de profundo calado psicológico, se reciclan periódicamente o mutan con la sociedad.

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Tiempo después, la contemporaneidad establece nuevas reglas en la relación del hombre con el lobo. La vuelta a la tradición de “Bailando con lobos”, del oscarizado Michael Blake o, a la inversa, la civilización doblegando la naturaleza salvaje en el clásico de Jack London “Colmillo blanco”.

Chamanismo, travestismo y oscuridad en un folklore que el tiempo ha disfrazado de narración infantil, un trasfondo que esconde a un antagonista carismático, de villanía establecida por la corrección social y de terroríficas perlas. Porque, como el imaginario popular sabe y la factoría Disney inmortalizó, cuando el lobo sopla, no hay casa de cerdo a salvo.