Varón de multiforme ingenio

varón de multiforme ingenioElocuencia, la revista de tendencias para la que Biel trabaja, simbolizó años atrás el acceso a los mejores eventos e inauguraciones de Barcelona. Actualmente, perdido todo su brillo, Elocuencia es la excusa de Biel para emborracharse públicamente o asistir a conciertos donde la música es el último de sus intereses.

Biel vive de añoranzas: de la estabilidad sentimental que alcanzó en una relación donde nunca llegó a comer perdices; y también de sueños: editar de una vez por todas los borradores que ha ido acumulando como escritor anónimo. Sus familiares y amigos, hipotéticos aliados, tampoco le son de mucha ayuda. Es más, exhiben la misma tendencia al naufragio que Biel. Richie, por ejemplo, su mejor amigo, rey de los afters y del absentismo laboral; o Coco, la jefa de redacción de Elocuencia, en guerra con Biel tras un corto y fallido romance.

Con el desencanto y un profundo cinismo por estandartes, Biel siente que ha llegado el momento de pasar página o aferrarse ante el inminente hundimiento de la vida que conoce.

‘Varón de multiforme ingenio’, aparte de una revisión alternativa de La Odisea de Homero, es una fotografía de las inseguridades de varias generaciones. Hombres, mujeres y algún que otro animal de cuatro patas condicionados por la insatisfacción laboral, el fracaso sentimental y las siempre peligrosas apariencias.


Nº de páginas:
250 págs.
Editorial:
Astrágalo
Lengua:
Castellano
Dimensiones:
12 x 18 cm
ISBN:
978-84-608-7357-0


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Si cualquiera de los establecimientos arriba detallados te queda lejos o te gustaría que Varón de multiforme ingenio se distribuyera en tu ciudad, escríbeme a hello@billjimenez.com.

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¡Ahí tienes tu fockin’ Pullitzer, Óscar Wao!

the_brief_wondrous_life_of_oscar_wao_largeEl Pullitzer es uno de esos premios que, de solo mentarlos, invocan automáticamente al prestigio periodístico, a valientes defensores de la verdad y las distintas realidades sociales de un país que, defectos al margen, siempre ha destacado por su habilidad para generar brillo. El Pullitzer se adhiere a la gran paradoja estadounidense, un premio de orígenes solemnes, las más nobles intenciones y un trasfondo de dudoso esplendor, el mismo que diferencia a las bombillas de veinte de las de cien kilovatios y arroja dudas sobre la imparcialidad de los ganadores y su predilección por aquellos que defienden causas liberales. Un premio que a lo largo de los años ha sufrido modificaciones en sus categorías y que, ya en 1918, al segundo año de vida, decidió que una de ellas sería estrictamente literaria.

Desde entonces, el Pullitzer a la mejor novela, posteriormente categoría de ficción, ha recaído en letras de distinta naturaleza como las de Faulkner, Harper Lee o, más cercanos a la actualidad, Cormac McCarthy y Michael Chabon.  Años y años de buena literatura que, en 2008, premiaron los esfuerzos de un escritor de origen dominicano llamado Junot Díaz.

“La maravillosa vida breve de Óscar Wao” es un título efectivo a la hora de narrar las desventuras, por no decir miserias, de un individuo con trazas de imposible, un hijo indirecto de la globalización cuya mayor, enorme, peculiaridad es haberse desarrollado nerd en un entorno alérgico a las subculturas. Óscar Wao es tan dominicano como Junot Díaz, menos agraciado, incapaz de sobrellevar sus defectos hasta el punto de dejarse esclavizar por ellos, condicionando así su vida familiar, estudiantil y sentimental. Óscar Wao es un potencial fracasado y su historia un drama pese a la habilidad de Díaz para dirigirnos hacia la sonrisa en más ocasiones de las que merece una tragedia.

Que Óscar Wao sea un nerd de manual y su desarrollo como personaje desate el terror de lo predecible dispara las dudas acerca de si esta obra merece o no los reconocimientos recibidos durante 2007 y 2008. No solo del Pullitzer vive “La maravillosa vida breve de Óscar Wao”, hasta seis premios más se sumaron al órdago, seis galardones que conducen a un examen detallado en busca de los porqués y cómos que justifiquen un éxito tan rotundo.

Los cómos dirigen a la técnica, a la impecable narrativa de Díaz, capaz de saltarse cualquier convencionalismo con su narración ágil, de diálogos implementados en la poética del conjunto, incluido ese pecado formal representado por el argot de los narradores, un recurso de resultados impredecibles y mal vistos por su peligrosidad. Junot Díaz juega con un hermano del clásico spanglish y sale victorioso, confirmando la primera sospecha que nace tras la lectura: sin los fockin y el abundante léxico dominicano estaríamos ante otra novela, una menos atractiva.

Los porqués atañen a la estructura, a sus capítulos, a los brincos de género y generación, destacando el tratamiento de sus figuras femeninas, un análisis de la mujer dominicana, independiente y emigrante, que si bien no era (ni es) una novedad dentro de la bibliografía de Junot Díaz, en este caso, englobando tres periodos históricos, deviene una muestra de ambición y conocimiento de causa, más de lo que podemos decir nosotros, desde nuestra perspectiva premeditadamente distante, tan europea, de la evolución de la Republica Dominicana y sus gentes durante la Era de Trujillo.

Rafael Leónidas Trujillo, esa fuente de todo mal omnipresente a lo largo de la novela a través de menciones directas o consecuencias indirectas, podría ser el fukú al que se elude constantemente, un mal fario de los que adoptan distintas formas y nombres dependiendo del pueblo que lo sufre, un mal tan generalizado como las dictaduras latinoamericanas del siglo XX. Así, esta “maravillosa vida breve” adquiere tintes de novela histórica, una historia ajena y terrorífica por encima de clases sociales.

El tercer elemento de la tríada recurrente en la producción de Junot Díaz, más allá de la mujer y la herencia cultural, es la inmigración, y en especial, el círculo de trazo trémulo que se establece con los Estados Unidos, bajo el que flotan finas conexiones, casi todas políticas, en ocasiones económicas, pero siempre tras densas sombras. La relación de la República Dominicana con los USA, en un atrevido resumen, no dista mucho de la de otras naciones de Centro y Sudamérica, basada en deudas y potenciales intereses ejecutados por la CIA. Tejemanejes que desembocan en unas políticas económicas que han alimentado un flujo migratorio de décadas, como demuestran las cifras recogidas por nuestro país a inicios de este milenio. Una inmigración que se suma a las muchas angustias flotantes sobre Óscar Wao y su familia.

En cualquier caso, “La maravillosa vida breve de Óscar Wao” tiene mucho de ejercicio literario tradicional, de fuerzas tentaculares tirando de un protagonista que ni alcanza el estatus de antihéroe, y cuya única defensa, una de las genialidades de la novela, es el mundo nerd que le alimenta: acertadas, divertidas y elegantes referencias que hablan de la (casi) total integración de una serie de periferias literarias (el rol, el cómic, la literatura de ciencia ficción y fantasía) en la megalópolis de la cultura popular, un pop industrializado en los ochenta y que, en manos de Junot, retorna gratamente a la orfebrería.

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El horror darwiniano de El corazón de las tinieblas

9780141441672El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad es una de esas novelas controvertidas que trascienden gracias al conjunto de sus virtudes y defectos, ya que, al igual que ha sido abalada por grandes de las letras como Mario Vargas Llosa (cuyas impresiones figuran a modo de introducción en ediciones recientes de la obra) también gozan, desde una perspectiva constructiva, de una serie de detractores que han perpetuado el debate entre contenido y forma.

El corazón de las tinieblas es una novela corta repleta de vicios narrativos, de técnica cuestionable y dependiente de un análisis profundo a la hora de brillar como clásico. Su estructura: un viaje episódico de sutiles transiciones; y esa sólida base que son las experiencias del propio Conrad en el Congo de Leopoldo II hacen de ella un texto indiscutible pese a lo sencillo que sería juzgar las habilidades narrativas de su protagonista, Charles Marlowe, receptáculo de las experiencias del propio escritor dirigiendo un mercante belga en pleno expolio congoleño.

Con este material, resulta difícil llegar a conclusiones que otros hayan pasado por alto, o arrojar una mirada crítica que excluya el colonialismo, racismo o la esencia de la locura representada por las prácticas genocidas del hombre blanco en la región. El corazón de las tinieblas es un estudio zoológico, una retorcida tesis darwiniana en la que el hombre blanco, caucásico, europeo, juega un papel que sabe representar a la perfección: el de la especie invasora. Su llegada al Congo y su habilidad para vestir su tiranía de misión civilizadora aluden al proceso en el que una especie extranjera se adentra en un ecosistema, se establece en su raíz, naturalizándose y, una vez gana en fortaleza, inicia su expansión, generando en este caso un fuerte impacto ecológico, económico y vital.

Pero, pese al éxito de la campaña de Leopoldo II de Bélgica a finales y comienzos del siglo XX, El corazón de las tinieblas narra el fracaso humano tras esa invasión, de la corrupción física y mental de los extranjeros al enfrentarse a un ecosistema que, aparte de no ser el suyo, les rechazaría de pleno. Las defensas de este organismo es la propia naturaleza que tratan de dominar más que la población autóctona, ya domesticada a través de la violencia y la supuesta superioridad cultural. Así, vemos un resumen ligero, una tímida denuncia a las torturas y la explotación que representaron la muerte de miles de personas en un lapso de tiempo vergonzoso, porque, recordemos, Conrad habla a través de Marlowe, pero Marlowe es, a su vez, un personaje dentro de la narración de un marinero que contempla el mundo desde el escepticismo que desarrollas cuando, aparte de no haber sido testigo del drama, tanto el tiempo como el espacio han arrojado kilos de desmemoria sobre los acontecimientos.

Ahí nacen las, para muchos, trabas técnicas de El corazón de las tinieblas, ese narrador en ocasiones grandilocuente, excesivo en la adjetivación y el detalle superfluo que, más que describir la oscuridad anidada en la selva, adorna sus reflexiones y experiencia. Un narrador que sabe cuál es su juego y que modifica su discurso a voluntad, como buen contador de historias, hasta que, poco a poco, agota sus fuerzas ante unas conclusiones terroríficas: el horror de Kurtz.

La dantesca situación del Sr. Kurtz en las profundidades de la selva simboliza el fracaso de la especie intrusa, una violenta corrupción en todos los sentidos, empezando por el físico y terminando por la locura que todos los personajes sufren en algún momento de la obra, desde los “directores” de una jerarquía depredadora, engordada con apariencias y envidias; a las fuerzas periféricas representadas por el desquiciado súbdito de Kurtz, el arlequín ruso personificando a las potencias extranjeras que se dejaron cegar por el brillo comercial de la campaña belga en el Congo.

El corazón de las tinieblas es un libro de contrastes, porque, aunque Conrad haga esfuerzos en ensalzar el negro espíritu que habita en la selva, negro de pensamiento, que no racial, toda la obra con Kurtz a la cabeza habla de brillos, de personajes que deslumbran por su aspecto; sus costumbres: proyectores de sombras que, también es cierto, acaban cegados por la naturaleza. Con la caída de Kurtz y la exposición de su locura mueren la grandeza del plan de Leopoldo II, el progresivo fracaso de un ideograma tiránico que luego devino epicentro de posteriores terremotos sociales (profetizado en la devoción de los nativos hacia el propio Kurtz) y, de forma sutil, representado por los oficios del enloquecido jefe de estación (periodista, poeta, músico, político), la defunción de toda una cultura, unas artes y, en conjunto, de la propia humanidad.

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Jonathan Culler o lo breve, si introductorio, dos veces bueno

jonathan culler breve intrudocción a la teoría literariaSi, después de meses y meses de ignorar por completo la existencia de esta página personal, me decido a retomar el blogueo con la ‘Breve introducción a la teoría literaria1 de Jonathan Culler, es, aparte de por las evidentes conexiones que este pequeño ensayo establece con la ciencia literaria, por la confirmación de una teoría que siempre he defendido con uñas y dientes y que, más o menos, viene a decir que no hay mejor maestro para un escritor que el crítico literario.

En el libro de Jonathan Culler, encontramos respuesta al significado de la teoría literaria, o al significado que el propio Culler puede dar si tenemos en cuenta las múltiples ambigüedades del tema. También nos revela su evolución y los principales obstáculos que docenas de literatos se han encontrado en los últimos dos siglos a la hora de definir una ciencia que, dependiendo de la corriente escogida, cuenta con más o menos saltos de fe.

De ahí que el libro no solo sea una guía excelente para aquellos estudiantes que, como un servidor y a mis edades, se arrojan en los brazos de un grado de Estudios Literarios; también es una herramienta de análisis rápido para cualquier aspirante a escritor o criatura de letras que anden despistados con su prosa. A través de las reflexiones de Jonathan Culler, y también de su completo apéndice de escuelas y movimientos teóricos, cualquiera puede determinar qué derroteros recorre su estilo y a quién debe leer o investigar si desea potenciar su prosa, su lírica o las cartas que remita a su comunidad de vecinos.

Una dosis exacta de teoría, de sus relaciones con otras disciplinas, entre ellas los estudios culturales y la lingüística, así como como su interacción con el individuo, su ubicación social y sexual y las fronteras difusas que separan la obra, el autor, el lector y el entorno. Una sardana de conceptos bien organizados por una de las figuras más relevantes del estructuralismo y la deconstrucción.

 


  1. Aunque las cubiertas de las ediciones españolas son notables, estoy enamorado de esta edición y del juego de colores que caracteriza a la serie de Oxford Very short introductions

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Los dos nacimientos de Dionisio, de Robert Graves

Como aficionado a los mitos, la comparación de religiones y cualquier simbolismo de raíces milenarias, puedo decir que la aportación de Robert Graves al género ha sido indispensable, y más si tenemos en cuenta que su trabajo, más allá del cuerpo poético, se sostiene en una tremenda erudición no del todo académica.

Robert Graves fue, en esencia un poeta, como bien nos recuerda en sus ensayos o, subrepticiamente, en sus novelas. También un fervoroso adorador de una diosa madre paleolítica que la tradición patriarcal enterró. De ahí que ambos temas sean recurrentes en su producción y protagonicen una colección de ensayos que desconocía hasta el pasado Sant Jordi, cuando, en una búsqueda entre libros de segunda mano, identifiqué el nombre y el apellido del británico unidos, una vez más, a un conjunto iconográfico griego.

El título de la colección de ensayos es, en España, la España de 1980, “Los dos nacimientos de Dionisio”, título de uno de los textos incluidos. Su versión original responde al título “Difficult Questions, Easy Answers”, quizá más próxima a los conceptos que Graves quiso explorar.

En “Los dos nacimientos de Dionisio” encontramos a un Graves ya maduro, o más bien anciano, que despliega conocimientos a velocidad de vértigo, invocando a deidades olvidadas, pasajes de la Biblia, flora y fauna ancestral y establece paralelismos y conexiones que se asemejan, en consistencia, a uno de sus trabajos más representativos: “La diosa blanca”1. Ensayos brillantes con preguntas que vinculan a la antropología con las nuevas eras que, gestadas en los sesenta, eclosionarían en las décadas siguientes. Y si recurro a la consistencia para juzgar a Graves es por la facilidad con la que el autor invoca información contrastada a través de condicionales.

Robert Graves fue una inminencia de la especulación, y allí donde no le alcanzaban los sentidos componía una teoría romántica y/o matriarcal. En los ensayos incluidos en “Los dos nacimientos de Dionisio” ocurre lo mismo, y así, a la que queremos darnos cuenta, estamos digiriendo una tarta de realidad recubierta de teoría e, incluso me arriesgaría a decir, de una chispa de ficción. Ficción de la buena, la misma que alimenta nuestro interés en los mitos, surgida de un reducido rigor científico y que, en el fondo, tiene mucho en común con la construcción de los libros sagrados a los que Graves referencia. Narraciones sobre otras narraciones que el tiempo y la manipulación histórica han vuelto dogma. La fortuna, en este caso, es que el interés del autor no es político, y menos aún religioso. Robert Graves escribía sus ensayos con interés de poeta, de ahí que sus textos sean una delicia impredecible.

Imagen por Ian W Scott


  1. Obra que recientemente he podido disfrutar en castellano gracias a la reedición de Alianza Editorial, un mastodóntico ejemplar amarillo derivado de la edición británica de Faber & Faber

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Política, alma y muertos confusos: un paseo por la semivida de Ubik

ubik philip k dickLo primero que debes tener en cuenta cuando hablas de una novela publicada hace 45 años es que cualquier cosa que digas ya lo habrán dicho otros con un rango de argumentos que van de la maestría a lo circunstancial. Puedes creer que esa reflexión que acudió a tu cabeza en la página 671 es un producto original, la brillantez de la que tanto hablaba tu abuela, más allá de su deseo, no sé si porque yo leía mucho o usaba gafas, de que utilizara mi inteligencia para participar en un concurso.

Aun así, me apetece hablar de Ubik ni 24 horas después de haberlo finalizado2, explicaros qué me ha parecido su lectura aunque entre mis opiniones aparezcan varios “eso ya lo sabía” o “Stanislaw Lem lo explicó mejor“. Correré el riesgo, ensalzaré sus muchas virtudes y desgranaré los distintos simbolismos que pueblan la novela de Philip K. Dick.

Empezaré anunciando que mi experiencia con Dick se resumía hasta el momento en un consumo feroz de sus relatos, atraído siempre por sus equivalentes fílmicos, en los que intuía el potencial narrativo del original, si es que películas y libros llegaban a parecerse en algún momento. De ahí que me quedara en la superficie, por otra parte, una buena forma de adentrarse en los universos de un experto en realidades alternativas.

Probablemente, y me atrevo a lanzar una de esas frases polémicas que los marketeros solemos resaltar en negrita, Philip K. Dick ha explorado más estratos de la mente humana que el psicoanálisis, y quizá, junto a David Lynch, llegado después pero igual de denso, su obra devenga la máxima expresión de la narrativa de niveles, una postmodernidad anticipada que justifica galardones y la vigencia de sus historias en el tiempo. Porque, como bien le ocurrió a Arthur C. Clarke3 y a otros tantos visionarios del corto plazo, el tiempo de Ubik caducó como los metabolismos de sus protagonistas en la novela, no así la vigencia de sus mensajes, que recogen desde la diversión de la novela detectivesca a las moralejas sociopolíticas que encontramos a lo largo de la épica de Joe Chip, un protagonista digno de nuestra época.

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Ilustración de Bob Pepper.

La precariedad económica de Joe es una constante en la novela, así como su enfrentamiento a lo establecido, representado por un sistema que le exige consumir y le niega los medios para hacerlo. Aun así, Joe Chip sale adelante gracias a alternativas como el trueque, el préstamo o, directamente, el premio a sus esfuerzos. No es un pícaro, tan solo pone sus esperanzas en el colectivo, en sus iguales, y de ahí que Ubik me haya gustado, aparte de por la inagotable frescura de la ficción que plantea, por sus evidentes lecturas políticas.

En el Ubik de Dick hay una lucha entre capitalismo y socialismo. Explícita, equilibrada, la clase de situaciones en las que el pez se muerde la cola ad eternum, una lucha donde no hay ganador y tampoco esperamos uno. Es la constante en la obra de Dick, la dualidad, el que los protagonistas de la novela vivan sin estar muertos, que mueran sin estar vivos o que el villano genere realidades a la hora de destruir a sus víctimas. Estas dobleces se pierden entre la ciencia ficción pero emergen en momentos concretos, generando divisiones entre burgueses y proletariado (el momento en el que uno de los niveles de Dick separa a Runciter de sus empleados) o resaltando el poder del trabajo colectivo (el peligro mortal que corren los inerciales al abandonar el grupo, o los esfuerzos de la organización “obrera” de los novivos enfrentados a Jory).

Comulgo algo menos con las lecturas trascendentes de la historia. Que Ubik represente a un demiurgo en constante lucha contra la destrucción, o que la semivida recuerde, salvando las diferencias, al estado intermedio del budismo tibetano, resulta menos relevante que intuir el lugar que ocupan los distintos personajes en el drama espiritual construido por Philip K. Dick, porque, por mucho que se teorice al respecto, en la novela nadie está del todo muerto, como confirma el capítulo final, que a su vez desmonta el destino de Joe Chip y, sobre todo, el de Glen Runciter4.

 


  1. Un dato falso, porque últimamente leo en un Kindle y, para los que no lo sepan, mide las extensiones de los libros en porcentajes. 

  2. Sí, reconozco que me he tomado mi tiempo y que coincide con una lectura de clásicos de la ciencia ficción que me he planteado durante este 2014 y, probablemente, al ritmo que voy, durante 2015. 

  3. También tengo pendiente un texto sobre su 2001: una odisea espacial. 

  4. Me sorprende que en los debates sobre la novela se dé tanta importancia a este capítulo que, en el fondo, cierra una sospecha viva desde el comienzo. Los inerciales reconocen la aparición de Jory en sueños, otro estrato más entre la vida que ellos conocen y la semivida donde reside este. La moneda con la efigie de Joe Chip es un ejemplo posterior de esa comunicación. El clásico “todo está conectado”. 

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