Lancha rápida, de Renata Adler

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Una de las virtudes de Lancha rápida, la novela de Renata Adler publicada en 1976, es la fortaleza de sus ideas y la vigencia de estas en la actualidad. Quizá la forma de expresarlas sea la propia de la postmodernidad, ese espacio ideológico de imprecisas fronteras y marcas literarias indefinidas, un marco que puede resultar ajeno al lector contemporáneo pero muy familiar para los consumidores de ficciones televisivas.

Lancha rápida presenta una narrativa ágil aunque de estructura voluble, donde los procesos de la protagonista ordenan con libertad una realidad que, en ocasiones, resulta más comprensible en su desorden. En parte, porque a Jen Fain, la voz que crea Renata Adler para su primera novela, percibe la realidad desde el detalle, dejando que nosotros, como lectores, construyamos el todo. Así, tanto los momentos anodinos como los trascendentes trabajan por una percepción de su época que presagia los bandazos emocionales de las generaciones que la precederán, cada vez más defraudados por una sociedad que ni sabemos interpretar ni se deja conocer.

Si bien las disquisiciones de Jen pueden conducir a la hartura en algunos pasajes de la novela, como protagonista es capaz de recuperar la empatía del lector con sus acercamientos sutiles al mundo, pero también con una falta de pasión que resulta hasta comprensible.

A nivel técnico, Lancha rápida es un ejercicio que asume las estrategias de la postmodernidad, como la fragmentación del pensamiento y una retórica frenética sembrada de dilemas morales y reflexiones circulares que, si logran avanzar, se deben a la inherente deriva propia de la toma de decisiones. También podremos encontrar en la obra una familiaridad con la comunicación de este siglo, en especial, la auspiciada por las redes sociales, dominadas por un titular, por un pensamiento, por una reflexión que tan solo quiere ubicarnos en un sobrepoblado mapa emocional. Así, en Lancha rápida encontramos ideas, reflexiones que nacen y mueren en un párrafo, tuits prehistóricos y vistazos a la vida sentimental de Jen que, si bien aspiran a una conclusión, no pueden considerarse un desenlace.

A Renata Adler hay que verla con ojos preparados para la novedad, pero también habituados a una tradición en la que aparecen nombres que Foster Wallace. Obras como Lancha rápida fueron una fuerte influencia para los escritores postmodernos de los años ochenta y noventa, si bien se aleja de la tradición maximalista que muchos ellos defendieron.

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