La Niña de La Puebla

Nos detuvimos ante el bar tras algunos comentarios nostálgicos acerca del barrio y sus gentes. Nostalgia, por otra parte, incomprensible, pues qué interés puede tener un vecindario donde los bares superan en número al resto de establecimientos. Desiré me explicó que el bar perteneció a sus abuelos durante veinte años. Ni ella recordaba la cifra exacta, pero el periplo coincidió con buena parte de su infancia y adolescencia, ese vacío que resumía con adjetivos vagos y del que, mientras duró nuestra relación, solo obtuve detalles que surgían cuando menos lo esperaba, en especial, cuando volvíamos de casa de su hermana. Interactuar con su única familia eran ejercicios de coraje, de ver que la susodicha prestaba más atención al móvil que a Desiré. La mujer vivía en un vórtice de likes, comparticiones y pestes arrojadas a personas que, incluso despotricando de ellas, llamaba amigos. El nucleo familiar se completaba con el marido, entidad invisible, y dos hijos engendrados tempranamente que tendían a enfrentarse a sus progenitores por capricho. Así que, cuando Desiré me dijo de camino a IKEA, vamos a detenernos unos minutos en el barrio donde crecí, sospeché que la elección del establecimiento no respondió a practicidad alguna, más bien a un deseo encubierto de sumergirse en el pasado. Pensé en qué mal podía hacernos visitar ese local degenerado tras una larga lista de traspasos, donde los parroquianos se agolpan en la puerta porque el interior arde perennemente y de la escasa ventilación penden aromas a frito. Gente que nos vio y juzgó casi tan rápido como Desiré accedió al interior, tironeándome de la mano para que no dudara, para que no me sintiera intimidado por esas víctimas de la novedad. La parroquia la constituían un grupo de hombres rondando los cuarenta años que vestían con ropa deportiva; también me llamó la atención un abuelo, incapaz de ceder la silla que había ocupado durante los últimos treinta años; y el dueño, de origen asiático, al que parecía salirle rentable esa parroquia de individuos desestructurados y proclives a la xenofobia, por como anunciaban sin reparos que iban a pagar sus consumiciones al chino. Desiré escrutó la decoración del establecimiento con una maravilla que solo la nostalgia puede explicar, sorprendida de que el aluminio de los marcos fuera el mismo de antaño, con sus arañazos, y la larga hilera de botellas tras la barra contuviera licores que nadie en su sano juicio se pediría debido a su graduación desorbitada. La vi sonreír al reparar en el único cuadro del bar, o más bien un recorte de periódico enmarcado. En él aparecía una mujer de pelo ensortijado y oscuro como las gafas que lucía, grandes, alargadas para que nadie detectara por los flancos su invidencia. La Niña de La Puebla, anunció Desiré, primera noticia de su existencia para mí, la artista favorita de su abuela, como le explicó al patrón del establecimiento. El hombre asintió con sonrisa nerviosa hasta que nos preguntó si íbamos a tomar algo. Sí, venga, así me explicas por qué conservas aún el cuadro, y también esas baldosas de «aquí vive un hincha del Madrid», y también esa otra del Barça, con el abuelo culé jactándose de sus colores. Intervine con un comentario sobre la inercia y la nula necesidad de reformar el escenario cuando el libreto de los actores solo les pide sostener un botellín de cerveza y hablar de cualquier tema con autoridad sofista. Desiré dedicó una sonrisa cansada al comentario, tras la cual, pidió un café con leche. Especificó que se lo sirvieran en vaso, algo que en casa no solía hacer pese a insistir en que la experiencia cambia según el recipiente. Luego dio un nuevo y amplio vistazo al conjunto y esperó en silencio a que le sirvieran, pues yo no me pedí nada, ya que, como habíamos acordado en el coche, pensaba merendar en el propio IKEA. El café con leche, como se puede esperar de un líquido hirviendo y servido en un recipiente sin asa, puso a prueba la habilidad de Desiré, que finalmente optó por el truco de cogerlo por los cantos, con dos dedos. Esa técnica la había aprendido de un exnovio de amplio mundo que solía aparecer con frecuencia en nuestras conversaciones. Si bien Desiré había terminado definitivamente con él, y yo tampoco es que sea hombre celoso, el agravio comparativo siempre flotó sobre dichas anécdotas. Entre sorbos, Desiré rememoró las habituales broncas de sus progenitores, en especial, cuando él se demoraba en esa misma tasca y a la mujer no le quedaba otra que bajar los tres pisos de casa, concentrando ira a cada escalón, para luego dejarla ir ante del tipo, al que parecía entrarle por un oído y salirle por el otro mientras sonreía ampliamente, no se sabe bien si por la escena, de un marcado machismo, o a causa de una broma diluida en el presente y prolongada en su mente. ¿Eso es cuando trabajó en la gasolinera?, le pregunté, y ella me contestó que no, que la gasolinera vendría años más tarde, un curro que le salió a modo de favor, pues es posible que su padre fuera de vocación difusa, pero era hombre de gentes, agradecido, a la vanguardia en hacer favores y luego recibirlos. Así fue como llegó a trabajar de comercial, y en el taller mecánico de un amigo, un salto laboral detrás de otro hasta su prematura defunción a los cincuenta años. Nosotros comenzábamos a salir por aquel entonces y me perdí las idas y venidas de la familia al hospital. El derrumbe hepático fue inexorable y el hombre culminó su existencia entubado, con respiración artificial, en los huesos, aunque por las fotos que le he visto a Desiré, escasas, he de reconocerlo, bien guardadas en una caja con otros recuerdos de la infancia, su padre nunca fue un portento físico, más bien un tirillas, de brazos delgados, greñas irregulares y alguna que otra carie que jamás trató por falta de suficientes ingresos. Sí asistí a la misa que se ofició al mes de la defunción, totalmente cohibido por tan atribulado inicio de relaciones. Estreché manos por cortesía, sin luego recordar el nombre de esos familiares de distinta proximidad que Desiré mantiene insonorizados en un grupo de WhatsApp. Una vez se dieron las presentaciones y se formularon preguntas sobre quién era y qué hacía ahí, pasé a un segundo plano del que no me moví durante el oficio. Recordé ese día mientras Desiré apuraba el café con leche con postreros sorbos amargos, puede que debido a un inesperado poso, propio del café o, quizá, de los recuerdos. Las memorias la invitaron a reflexionar hondamente, si bien abandonó los pensamientos con velocidad, con energía. Cóbreme el café y el cuadro, dijo, y aun estando acostumbrado a las explosiones de su carácter, la propuesta me sorprendió. El dueño del bar, perplejo, le indicó que el café salía por un euro y diez céntimos, y ella extrajo el monedero del bolso y repitió la pregunta a la par que contaba las monedas. No entiendo, no entiendo, cuadro no en venta, dijo el hombre, y si transcribo de este modo pueril sus palabras es para mantener el lost in translation entre ellos. El anciano enquistado en su silla alzó la vista pero en ningún momento intervino. En cambio, los tipos de la entrada sí lo hicieron, aunque solo uno se involucró realmente. Era un caballero de mentón sombreado y cejas espesas como el bello de sus axilas, fáciles de advertir ya que lucía una camiseta imperio y una intensa gestualidad que proyectaba las manos por encima del torso. La chica quiere comprar el cuadro de la cantante, la ciega, el cuadro, ese cuadro, dinerito… Frotó índice con pulgar y, si por un instante pensamos que iba a ayudarnos en la negociación, descubrimos que intervino porque el mercadeo le quedaba de camino al baño, la diminuta puerta en el fondo del establecimiento que obligaba a inclinarse para acceder. Finalmente, el dueño nos ofreció el cuadro entre ademanes cordiales y la palabra gratis repetida en voz alta para acentuar el gesto, sin extraviar la sonrisa en todo momento. Incluso nos invitó a tomarlo nosotros mismos. Descuélgalo, por favor, dijo Desiré, y yo procedí con desgana y luego con repulsa al advertir que una película de grasa se acumulaba en el marco. Retiré la fotografía de la pared para desvelar a la concurrencia un nuevo tono de baldosa, el original azul pastel que contrastaba con la polución que cubría al resto de azulejos. Aquí tienes a la Niña del Pueblo, le dije a Desiré, y ella, sin corregirme, tomó el marco con entusiasmo pero sin demasiada manipulación de tan evidente que era la roña. Nos despedimos, salimos del bar apresuradamente, como si lo hubiéramos atracado. No bajamos el ritmo hasta llegar al coche. Le dije a Desiré que guardara el trofeo en el maletero. No volvimos a hablar de él, y ya en IKEA, paseamos por las instalaciones sin mostrar excesivo interés por los muebles expuestos. Fuimos directos a la cafetería, donde yo me tomé un café en vaso de foam, que es una experiencia a la que estoy habituado. Lo acompañé de un rollo de canela. Desiré, por su parte, no quiso tomar nada.

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