El horror darwiniano de El corazón de las tinieblas

9780141441672El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad es una de esas novelas controvertidas que trascienden gracias al conjunto de sus virtudes y defectos, ya que, al igual que ha sido abalada por grandes de las letras como Mario Vargas Llosa (cuyas impresiones figuran a modo de introducción en ediciones recientes de la obra) también gozan, desde una perspectiva constructiva, de una serie de detractores que han perpetuado el debate entre contenido y forma.

El corazón de las tinieblas es una novela corta repleta de vicios narrativos, de técnica cuestionable y dependiente de un análisis profundo a la hora de brillar como clásico. Su estructura: un viaje episódico de sutiles transiciones; y esa sólida base que son las experiencias del propio Conrad en el Congo de Leopoldo II hacen de ella un texto indiscutible pese a lo sencillo que sería juzgar las habilidades narrativas de su protagonista, Charles Marlowe, receptáculo de las experiencias del propio escritor dirigiendo un mercante belga en pleno expolio congoleño.

Con este material, resulta difícil llegar a conclusiones que otros hayan pasado por alto, o arrojar una mirada crítica que excluya el colonialismo, racismo o la esencia de la locura representada por las prácticas genocidas del hombre blanco en la región. El corazón de las tinieblas es un estudio zoológico, una retorcida tesis darwiniana en la que el hombre blanco, caucásico, europeo, juega un papel que sabe representar a la perfección: el de la especie invasora. Su llegada al Congo y su habilidad para vestir su tiranía de misión civilizadora aluden al proceso en el que una especie extranjera se adentra en un ecosistema, se establece en su raíz, naturalizándose y, una vez gana en fortaleza, inicia su expansión, generando en este caso un fuerte impacto ecológico, económico y vital.

Pero, pese al éxito de la campaña de Leopoldo II de Bélgica a finales y comienzos del siglo XX, El corazón de las tinieblas narra el fracaso humano tras esa invasión, de la corrupción física y mental de los extranjeros al enfrentarse a un ecosistema que, aparte de no ser el suyo, les rechazaría de pleno. Las defensas de este organismo es la propia naturaleza que tratan de dominar más que la población autóctona, ya domesticada a través de la violencia y la supuesta superioridad cultural. Así, vemos un resumen ligero, una tímida denuncia a las torturas y la explotación que representaron la muerte de miles de personas en un lapso de tiempo vergonzoso, porque, recordemos, Conrad habla a través de Marlowe, pero Marlowe es, a su vez, un personaje dentro de la narración de un marinero que contempla el mundo desde el escepticismo que desarrollas cuando, aparte de no haber sido testigo del drama, tanto el tiempo como el espacio han arrojado kilos de desmemoria sobre los acontecimientos.

Ahí nacen las, para muchos, trabas técnicas de El corazón de las tinieblas, ese narrador en ocasiones grandilocuente, excesivo en la adjetivación y el detalle superfluo que, más que describir la oscuridad anidada en la selva, adorna sus reflexiones y experiencia. Un narrador que sabe cuál es su juego y que modifica su discurso a voluntad, como buen contador de historias, hasta que, poco a poco, agota sus fuerzas ante unas conclusiones terroríficas: el horror de Kurtz.

La dantesca situación del Sr. Kurtz en las profundidades de la selva simboliza el fracaso de la especie intrusa, una violenta corrupción en todos los sentidos, empezando por el físico y terminando por la locura que todos los personajes sufren en algún momento de la obra, desde los “directores” de una jerarquía depredadora, engordada con apariencias y envidias; a las fuerzas periféricas representadas por el desquiciado súbdito de Kurtz, el arlequín ruso personificando a las potencias extranjeras que se dejaron cegar por el brillo comercial de la campaña belga en el Congo.

El corazón de las tinieblas es un libro de contrastes, porque, aunque Conrad haga esfuerzos en ensalzar el negro espíritu que habita en la selva, negro de pensamiento, que no racial, toda la obra con Kurtz a la cabeza habla de brillos, de personajes que deslumbran por su aspecto; sus costumbres: proyectores de sombras que, también es cierto, acaban cegados por la naturaleza. Con la caída de Kurtz y la exposición de su locura mueren la grandeza del plan de Leopoldo II, el progresivo fracaso de un ideograma tiránico que luego devino epicentro de posteriores terremotos sociales (profetizado en la devoción de los nativos hacia el propio Kurtz) y, de forma sutil, representado por los oficios del enloquecido jefe de estación (periodista, poeta, músico, político), la defunción de toda una cultura, unas artes y, en conjunto, de la propia humanidad.