Víctimas de un territorio agreste: géneros y mercado

Las lecturas de Emma Bovary reflejan, en la novela “Madame Bovary”, de Gustave Flaubert, no solo la decadencia de un género, el romántico, también la transformación del hecho literario en producto literario. Los conceptos gestados en el romanticismo alemán, en el primer Goethe, en su “Werther”, por ejemplo, llegan a la vida de Emma completamente sesgados, con un predominio del exotismo sobre las bases filosóficas que gestaron los germanos. Así, disfrutar de Walter Scott puede considerarse un ejercicio de calidad lectora con enormes matices, los mismos ante los que sucumbe Emma al pensar que esos grandes amores vividos en parajes que patrocinan las pasiones son una realidad que puede experimentar en su cotidianeidad.

Esta misma mercantilización de la obra literaria no es un hecho aislado que Flaubert reproduce en su trabajo. “Madame Bovary” es heredera directa del “Quijote”, el mismo modelo de personaje alienado por sus fantasías lectoras, en este caso, unas novelas de caballería que, en tiempos de Alonso Quijano, se baten en rápida retirada.

Tras estos dos ejemplos se amaga la paulatina decadencia de un género a causa de la mecanización de su proceso creativo, de la explotación de aquellos elementos que motivan la lectura de la obra en beneficio de sus ventas, habitualmente, los componentes lúdicos que hacen del libro objeto de ocio. De ahí que géneros como la novela negra no se permitan los modelos de comienzos del siglo XX, a no ser que caigan en la parodia o el directo homenaje; o que incluso los vestigios del romanticismo de Scott sobrevivan en la actualidad en novelas producidas en serie para un público concreto, de género y edad hiperespecíficos.

Algo parecido, aunque prolongado en el tiempo, es la transformación de la materia artúrica en las franquicias de fantasía épica surgidas del éxito de los juegos y videojuegos de rol. Si los autores medievales son el equivalente a los románticos alemanes en las lecturas de Emma Bovary, ¿en qué lugar queda un recuperador de la tradición como J.R.R. Tolkien? ¿Es el Walter Scott de la fantasía épica? ¿Y sus seguidores, qué papel juega “La canción de hielo y fuego” de George R.R. Martin en esta línea claramente descendente de ficciones arquetípicas? ¿Podríamos decir que, más allá de los motivos, su saga está fuera del género?

Aceptar esta lógica es caer en un desarrollo evolucionista de los géneros tal y como fue propuesto por Ferdinand Brunetière a finales del siglo XIX. Si bien su escuela tuvo éxito y tardaría algunas décadas en perder vigencia, siempre resulta goloso extrapolar modelos en busca de patrones. La cuestión es si los géneros se precipitan a la extinción en el momento en que los depositas en el mercado, hasta qué punto las dinámicas económicas los destruyen al igual que un selva tropical acabaría con un oso polar. ¿Y el autor? ¿Se transforma o desaparece cuando se adentra en un género extraño?

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