Elantris, el falso clásico

Descubrí Elantris, de Brandon Sanderson, gracias a una lista de clásicos de fantasía épica. En ella figuraban nombres como El Hobbit de Tolkien y la descomunal Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin. La expectativas eran altas, en parte, porque mi gusto por la Tierra Media ya no es el que era y, seamos sinceros, el grueso de las publicaciones de fantasía épica posteriores han sido refritos más o menos acertados de esta fórmula.

Así que, sin acudir a reseñas o sinopsis que me destriparan el argumento, comencé a leer esta voluminosa obra. La adicción por ella fue tan progresiva como la decepción por su desarrollo, en el que se dan cita algunos de los peores vicios del género y de la narrativa de best sellers en general.

elantris

El argumento de Elantris presenta tres ejes fundamentales, tres personajes antagónicos que, durante toda la novela, recorren peligrosamente la línea que separa a los personajes bien construidos de los estereotipos. Todos, en algún momento, patinan; caen en tópicos del género heroico, se aferran a algún rasgo definitorio que, de tanto que se repite, les hace perder empaque.

Que la prosa de Brandon Sanderson sea ágil y elegante invita a que los deslices se vean con condescendencia, como males necesarios en una obra extensa que requiere de recordatorios para mantener todos sus hilos argumentales bien vivos.

Eso no quita que Sanderson construya un universo vibrante, que si bien parte de una base de escasa originalidad, se adereza con detalles brillantes como un sistema mágico atractivo y singular. También destaca el escenario, urbano y en un ningún momento monótono, un espacio que sabe transmitir misterio, el misterio de lo que está ocurriendo en la ciudad que titula la obra.

Esta atmósfera se define en la mitad de la obra, páginas y páginas de pequeños descubrimientos entre las conspiraciones políticas que impelen la trama. Como decía, Sanderson emplea tres personajes para desarrollar la acción, uno por capítulo y en firme alternancia. Una fórmula atractiva hasta que estableces predilecciones por uno u otro personaje y, naturalmente, te toca esperar a que se renueve este ciclo narratorio.

De lejos, los capítulos más atractivos corresponden a los del príncipe Raoden, convertido en un elantrino al comienzo de la novela y encargado de desentrañar los enigmas tras la caída de la antaño maravillosa ciudad. Le secundan la princesa Sarene, un personaje femenino mal entendido por el propio autor, que confunde una actitud enérgica e emancipada con una sarta de tópicos de princesas con espada que, a mi parecer, la vuelve más dependiente si cabe de los hombres de la narración. El tercero en discordia es Hrathen, un sacerdote guerrero que inicia la historia con autoridad para luego perderla en los episodios finales debido a unos acontecimientos que parecen superar al personaje y a los intereses del autor para con él.

En la segunda y tercera parte de Elantris, Brandon Sanderson rompe con su fórmula narrativa en beneficio de la acción. Esta se dispara exponencialmente y, en un gesto meritorio por parte del autor, nos ofrece una serie de giros argumentales que trastocan nuestras concepciones del universo elantrino. Como dirían, los acontecimientos se precipitan, así como los cambios de ángulo. Las elipsis también se multiplican, recurso que denota el enorme cinematografismo de la obra, forma de hacer que, pienso, demerita la experiencia. Porque el narrador de Elantris no es un buen narrador. En numerosas ocasiones se excede en sus funciones; en lugar de reforzar los numerosos diálogos de la novela, los interrumpe con obviedades o dosis de información que, quizá, debieron proporcionarse antes.

Por estos detalles y alguno que otro que obvio porque esta reseña ya parecería un despiece, Elantris de Brandon Sanderson no me parece tan clásico como muchos quieren creer. Sí que es una novela buena, pero tampoco tan buena para las críticas que he leído de ella. Detalle que arroja la duda de si el género épico aún no ha conocido las obras que lo consagren.

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