El puño de la estrella del norte: summa violentiam en tiempos del pop

Hokuto no Ken, de título El puño de la estrella del norte en nuestro país, forma parte de aquella primera hornada de mangas que llegaron a Europa a comienzos de los noventa y a raíz del éxito de films como Akira, de Katsuhiro Otomo, o el incombustible Dragon Ball de Akira Toriyama. Sus ecos al pop de los ochenta, así como la ultraviolencia que destiló erigieron a Kenshiro, su protagonista, en uno de los iconos de la revista Weekly Shonen Jump.

Hokuto no Ken es un manga creado por Buronson, pseudónimo de Yoshiyuki Okamura, con dibujos de Tetsuo Hara. La obra narra el viaje de Kenshiro, experto en artes marciales, a través de un mundo postapocalíptico directamente influenciado por la película Mad Max. En el trayecto, Kenshiro se enfrentará a otros artistas marciales, tanto de su escuela como de ajenas, todas ellas caracterizadas por unos estilos de lucha basados en el despiece o la implosión del rival. La premisa es sencilla, propio de los mangas de la época y la creciente industria del videojuego de los ochenta, con una jerarquía de villanos de ascendente poderío que el protagonista derrotará episódicamente.

Esta fórmula en apariencia simple bebe de la tradición marcial japonesa, del héroe solitario que establece vínculos tanto con el pistolero como el héroe caballeresco del Medievo. Protagonista de un viaje de virtud en el que la tentación acecha a cada paso y en el que, como mucho, puede contar con la ayuda de un elenco de secundarios estereotipados o el recuerdo de una amada perdida que insufla regularmente las energías que las batallas restan.

Más allá de estos trazos evidentes, Hokuto no Ken es una obra de narrativa parca, con un protagonista agresivo/pasivo que demuestra especial talento en ambas facetas. Kenshiro es personaje de pobre diálogo, que calla y otorga, y que solo pasa a la acción cuando alguien pone a prueba los valores que, por otra parte, le condujeron al drama en el que vive. Estoico es poco, alrededor de su figura se reúnen siglos de martirios que, inevitablemente, conectan con la figura de Jesucristo.

De ahí que Hokuto no Ken apunte más a la tradición judeocristiana que a la shintoista, budista o cualquier otro credo de las islas japonesas. El suyo es un discurso de herencia anglosajona, libre de prejuicios ya que, por otra parte, el Puño plagia conceptualmente al Max Rockatansky de George Miller. Un producto que, tan solo por su origen australiano, establece un discurso moral periférico que funciona a través de la violencia, ahorrándose cualquier valor de fondo o redenciones prematuras que eluden el conflicto. En Hokuto no Ken, la violencia engendra violencia y se resuelve con violencia. Si existen epifanías o anagnórisis, éstas se darán después de la masacre.

El minimalismo estilístico de la narrativa de El puño de la estrella del norte también es propia de la narración judeocristiana, como Auerbach describe en La sandalia de Ulises, capítulo dentro de su Mímesis en el que compara el estilo homérico con el de los narradores de la Biblia. Frente a la necesidad de las exposiciones retrospectivas para aclarar el detalle, propio del aedo, encontramos a lo largo del Antiguo Testamento una sobriedad que trabaja por la acción. Que en Hokuto no Ken cobren importancia el cuerpo y la sangre de los protagonistas logra que el producto final también se enmarque en una tradición escatológica cristiana.

El puño de la estrella del norte es la historia de un final, un más allá terrenal con aires de purgatorio, y como trayecto por realidades dominadas por polaridades como el bien y el mal, o la virtud y el pecado, entrevemos en el manga ecos dantescos y un carácter de summa que, si bien en Dante aglutinaba tradición intelectual, en Hokuto no Ken se sustituye por violencia. El Puño es una summa violentiam, pues no es extraño encontrarnos en sus entregas las muchas penitencias que han caracterizado a la historia de la humanidad, desde los castigos del Medievo a una estereotipada era arcaica donde los esclavos mueren durante el alzamiento de faraónicos proyectos. Estos sutiles brincos históricos apuntan también a un mito fundacional en el que, curiosamente, en lugar de que el héroe domine el caos potencial, éste se enfrenta a aquellos que establecen el orden en su cara extrema.

La lectura superficial de Hokuto no Ken aporta testosterona y superficialidad moral; la relectura en profundidad resulta aterradora por el catálogo de crueldades con el que la humanidad se ha autoflagelado a lo largo de la historia. Una locura con la que, por otra parte, también se puede establecer ficción de masas.

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