El amor vertical

Pensar en la gravedad como término manipulable es un síntoma de esperanza cuando te precipitas al vacío. Indica que eres inmune al pánico, que tu capacidad de reacción sigue intacta aunque veas al hombre que amas despegarse de la ladera. Primero los dedos, arañándose en la superficie rocosa; luego las uñas, astilladas de raíz; y finalmente, devolviendo el tiempo a su ritmo habitual, los pies que durante unos segundos caminan por la vertical del precipicio. Los anclajes saltan como botones en una camisa prieta y el hombre de ochenta kilos pasa por mi flanco: un peso muerto o a punto de estarlo. Deja una estela de recuerdos, como el día en que nos conocimos, en esa universidad donde pasé los mejores años de mi vida, donde adquirí unos conocimientos que siempre fueron insuficientes comparados con su sabiduría: la sombra que despertaba envidias entre sus coetáneos y que para mí siempre me resultó confortable e inspiradora. Una sombra, la suya, cubriéndome en infinidad de momentos: presentaciones, congresos, habitaciones de hotel…, y en la montaña al sentir la llamada de las leyes de Newton, de la fortuna, cuando una cuerda bamboleante rodea su pierna y detiene la caída, dándole tiempo a suplicar ayuda. Mi ayuda. Cuelga boca abajo, su espalda golpeándose hasta en tres ocasiones contra la montaña. El miedo en esos ojos, su deseo de vivir, dista mucho del hombre valiente que me ha querido y respaldado durante años, siempre enfrentado al qué dirán académico, una constante batalla contra las habladurías que hizo de mí, aparte de su alumna y amante, un secreto en segundo plano. Su especialidad son las ciencias, cero en acción, aunque desafíe a montañas y trabaje duro en el gimnasio. Defiende sus decisiones con argumentos científicos, disfruta de la interacción amorosa, pero desconfía de ese invento social llamado compromiso. Yo, en cambio, creí en él, desde el primer beso furtivo, sacrificando pretendientes por nuestra causa y arriesgando mi propia vida en una última maniobra que aferra a la desesperada el cuello de su chaqueta. Los dedos se cierran y la cuerda que le dio un respiro decide que ya es suficiente. Queda libre, caerá con él, solo mis fuerzas pueden impedirlo. Siento la tensión en el brazo y el grito de los músculos al enfrentarse a ella. Ochenta kilos, podré soportarlo, un tiempo, poco, los segundos justos para que él bracee en busca de asidero. Las miradas confluyen, una vez más se establece una veloz conversación sin palabras hasta que vuelvo a pensar en su peso y a los ochenta kilos iniciales se les suman cinco más. Aprieto los dientes, un latigazo muscular recorre mi espalda, los pulmones quedan sin aliento y él sigue engordando hasta que mis dedos desisten. Queda a merced del barranco. Nos miramos por última vez, él se sabe muerto, ochenta kilos que se aplastarán en una caída de cien metros. Ochenta kilos más los que pese esa esposa de la que nunca quiso divorciarse.