El efecto realidad dentro de una narración fantástica

Una de las claves del retorno de Twin Peaks, la costumbrista serie televisiva creada por David Lynch y Mark Frost en 1990, es el tiempo. La exitosa invención humana que, como el bien y el mal, se viste forzosamente de subjetividad en manos del director estadounidense. En cualquier caso, Lynch rompe sutilmente con las linealidades temporales y arroja a los personajes y, en concreto, a los que transitan la Logia Negra, a una realidad de leyes similares a las desarrolladas por John William Dunne y sus teorías sobre el tiempo1.

efecto realidad

Entre las primeras lecturas que público y crítica han hecho de la tanda inicial de episodios de la tercera temporada de Twin Peaks se encuentran la capacidad que esta tiene para generar inquietud y la constante confusión a la que la trama nos somete. Naturalmente, como cualquier artefacto serial, la historia requiere de sucesivas entregas para componerse, si bien, como el autor ha demostrado a lo largo de su trayectoria, la clausura de tramas nunca ha estado entre sus prioridades, ni tampoco la necesidad de estas en el desarrollo global de la obra.

Un mínimo ejercicio hermenéutico nos revela que las líneas argumentales planteadas por David Lynch y Mark Frost tampoco son tan intrincadas como popularmente (y automáticamente) se piensa, más bien son narrativas difíciles, como el párrafo que, en una novela, requiere cierta atención o relectura. Para entender la colisión de fuerzas presente en Twin Peaks basta con indagar en las bases de la meditación trascendental, práctica de la que Lynch se ha vuelto un abanderado en los últimos treinta años y que, más que una moda pasajera propia de las constelaciones hollywoodienses, ha derivado en una institución que atiende a los desarreglos emocionales de adolescentes, veteranos de guerra y ciudadanos de a pie, entre otros.

Más allá del fondo hinduista que un ejercicio como la meditación trascendental tiene, y gracias al que podemos establecer paralelismos entre la dualidad sura/asura y los peculiares habitantes de la Logias de Twin Peaks, aparece en las tribulaciones de los protagonistas, y en concreto, en el retorno a la realidad del Agente Especial Dale Cooper, un ejercicio de reencuentro con su auténtico yo. También una predilección por la fragmentación del individuo, tanto física como espiritual, muchas veces escatológica, donde lo sobrante es expulsado violentamente o adquiere identidad, como en el caso de la entidad llamada El Brazo.

A esta narrativa difícil se le suma el efecto realidad que Lynch explota en sus historias, el mismo gusto por el detalle superfluo que Roland Barthes detectó en escritores realistas como Gustave Flaubert. Es en la introducción de elementos cotidianos durante el curso de la acción, mayormente, patrones de comportamiento humanos que inician el mecanismo de la inquietud, donde encontramos el auténtico extrañamiento surrealista del director. David Lynch interrumpe una narración de género sobrenatural con episodios cotidianos y convincentes que hacen dudar del concepto normalidad. Las conversaciones que puedan darse en la comisaria de Twin Peaks no distan mucho de los enigmáticos intercambios de información que se dan en la Logia Negra. A diferencia del clásico proceso de introducción de los elementos sobrenaturales en una historia realista, propio de ficciones como Lost, donde el mayor éxito de J.J. Abrams fue ubicar a unos personajes ajenos a la fantasía dentro de un escenario donde esta desbordaba, en Twin Peaks hayamos un diálogo constante entre fantasía y realidad que en ningún momento se rebosa el contenedor. David Lynch obtiene así el mismo equilibrio narrativo que una existencia logra a través de la meditación, haciendo así del conjunto igual de digerible para los adictos a la alegoría y para aquellos que, ya sea por falta de recursos o de interés, la ignoran. En este segundo caso, la falta de información y canales de interpretación conducen a la angustia, la misma que despierta la pregunta de un examen intrincado.


  1. En el serialismo de Dunne, ampliado literariamente por dramaturgos como J. B. Priestley, los sueños cognitivos y la definición del ahora trascienden en un ejercicio filosófico basado en dimensiones superiores y diferentes estados de consciencia