El culto derivativo (fragmento)

Ya han pasado unos meses desde que el Colectivo DeHavilland me invitara a participar en el tercer número de su Clift Fanzine. Con el fan art como temática y mi obsesión por la mitología comparada, consideré oportuno escribir unas palabras al respecto de nuestras tradiciones y lo próximas que están al arte derivativo. Al fin y al cabo, si la mayoría de cultos tienden al cosplay, ¿por qué no pensar en sus libros sagrados como enormes fan fictions?

A continuación os dejo un extracto del artículo, a la venta online y en tiendas especializadas.

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El culto derivativo: 35 siglos de fan art

Cuando Cecilia Giménez tomó la desafortunada decisión de restaurar el Ecce Homo de Borja con sus limitados conocimientos técnicos, no solo estaba creando un icono pop de gran viralidad. Inconscientemente, cerraba un círculo que superaba los tres milenios creativos, vinculándose con el artista sumerio que, en un acto de inspiración religiosa, añadía nuevos detalles a la representación de su dios: ornamentos, alas, brazos e incluso una sesión de barbería según la moda de los tiempos.

Y aunque el trabajo de Cecilia Giménez no sustituirá la visión clásica de Cristo por la del teleñeco peludo en la que culminó su iniciativa, al menos nos invita a reflexionar acerca de los derroteros que permiten al arte derivativo brillar por encima de la obra original y formularnos una incómoda pregunta: ¿Es nuestra tradición religiosa un desmedido fan art?

Partiendo de las definiciones que corren por la red del término fandom, tanto los aficionados que manipulan las obras de Harry Potter como los apóstatas que pululaban por la Roma imperial tienen en común la minoría y el entusiasmo inherente que suele acompañar a las causas comunes. Aparte, comparten su interés por los aspectos menores de la obra y la sutil introducción de actantes que la redefinan. Por otra parte, dedican una significativa porción de su tiempo y energías a desarrollar esta pasión, un fervor que, en la mayoría de casos, les aleja de los comportamientos y estéticas establecidas por la sociedad que los alberga, denunciables en el presente, sentencia de muerte en el pasado.

Podría decirse que el fan art es tan antiguo como nuestra propia tradición oral, un área gris de la creación con referencias tan significativas como los supuestos múltiples autores de la Odisea, ese impreciso Homero que, tal y como sugiere Samuel Butler en su ensayo de 1897 “The Authoress of the Odyssey” y Robert Graves en su novela “La hija de Homero”, incluiría a una dama siciliana entre sus redactores. Eso explicaría como, tras un precedente tan masculino y testosterónico como la Ilíada, la Odisea presente un mayor número de personajes femeninos en roles cruciales para el desarrollo de la narración. En cualquier caso, aunque hablemos de una teoría con un descontrolado componente romántico, los expertos se cuidan de hablar de la Odisea como una obra “adscrita a” y condicionada por sus orígenes orales. Y aun siendo una muestra longeva (hablamos de veintiocho siglos) la Odisea no es la obra mitológica/religiosa más antigua de la cultura humana ni la que más libertades artísticas ha sufrido con el paso de los años. El poema épico de Gilgamesh, cuyas primeras versiones datan del siglo XVIII a.C., es, aparte de una poderosa influencia en la narrativa clásica, un saludable ejercicio de desarrollo, evolución y mixtura de elementos. Descartando los paralelismos con la Odisea (el viaje a los confines del mundo y el descenso al inframundo entre muchos elementos que, para no desviarnos del tema que nos ocupa, dejaremos en manos de la mitología comparada), destacar que la épica de Gilgamesh parte de cinco poemas sumerios independientes y evoluciona en una obra única en acadio titulada “Shūtur eli sharrī” (“Por encima del resto de Reyes”). Habrán de transcurrir unos cinco siglos para que surja el estándar babilónico que conocemos, de (aproximado) título “El que ha visto lo profundo” y, a su vez, con esta acumulación de títulos, se nos confirme la predisposición de la épica hacia el fanart, a la atribución al héroe de nuevos méritos por los que valga la pena sentir una mayor devoción.

(sigue en Clift #3)