El capitalismo literario y otros inventos de las sociedades de consumo

Otro de los libros que sacudieron mi 2015 es ‘La necesidad del arte’ de Ernst Fischer. Un libro editado más de medio siglo atrás que, si entra en la categoría de alegrías literarias, es en parte por cómo conecta con una de mis recientes obsesiones: el capitalismo y la sutil influencia que ejerce en la producción artística.

En mi caso, fue duro saberme envuelto en la telaraña capitalista, porque en el descubrimiento se entremezcla el desconcierto y la vergüenza. El ‘cómo he podido caer, yo, cuidadoso cínico’ en las garras de tan peligrosa sirena se convirtió, previo análisis, en una aceptación de un crimen que fue cometido por absoluta negligencia. Aunque, como buen creyente y defensor de las redenciones, pienso que, tras una mínima penitencia, el delito es subsanable.

Ahora, me siento en la obligación de enmendar los daños que yo mismo he infligido a mis textos y purgar aquello que llaman estilo de influencias perniciosas.

Examinado con cierta perspectiva y con metáforas digeribles, el capitalismo y otros ‘ismos’ funcionan, en general, como los filtros de Instagram: manipulan el objeto artístico (la fotografía tomada con un móvil), construyen sobre el concepto original y generan un producto último totalmente distinto (la imagen transformada que establece una comunicación social). En el momento en que interiorizas la dinámica, esta queda asumida, e incluso olvidada, pues nos interesa más el resultado que la materia prima.

Algo parecido le ha ocurrido a mis proyectos1. La influencia inherente del capitalismo los ha transformado en productos que se alejan de mi intención inicial. Con esto no quiero decir que me arrepienta de ellos, o que vaya a despreciarlos como hijos alejados de mis expectativas pues, si por algo destacaron en su desarrollo, fue por las grandes cantidades de pasión invertida. Pero, más allá de las emociones, lo que sí habría disfrutado es de un mayor control sobre las influencias que los cimentaron, y pienso que, en algún momento, esta presa vertió más agua de la que el río pudo contener.

Haciendo unas rápidas analogías entre el ensayo de Ernst Fischer y mi forma de encarar un texto literario, descubro en las tramas serias trazas de deshumanización, con unos protagonistas que se jactan de su individualidad, que incluso tontean con las relaciones humanas aunque que, al finalizar sus aventuras, abandonen al grupo para erigirse héroes solitarios. Igualmente, las fuerzas que impelen a los personajes reproducen patrones fáciles de desarrollar y asimilar; o las tramas exhiben una peligrosa aceleración donde ya se intuye la tendencia a leer en diagonal que caracteriza a un porcentaje elevado de las lecturas online.

Por suerte, la escritura permite hacer borrón y cuenta nueva con mayor facilidad. Es una disciplina que agradece la revisión, la destrucción de sus elementos y la reinvención de estos en pasajes que se adaptan a las necesidades del instante. En mi caso, implica revisar miles de palabras, eliminar la ‘producción por la producción’, el capitalismo literario, e incrementar la carga social o la función didáctica que toda lectura debería exhibir. En pocas palabras, marear menos la perdiz, ya que las cabriolas literarias tienen un punto narcisista, y las novelas deberían ser ventanas, no espejos.

Imagen por Kathleen Tyler Conklin


  1. O a una parte de ellos, en especial, los anteriores a ‘Varón de multiforme ingenio’, pues si algo ha tenido esa novela, es una mayor conexión con mi realidad y la de aquellos que tuvieron la oportunidad de leerla. 

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