A Contrapelo T1x02: Cándido de Voltaire

En el podcast de esta semana hablaré de un producto de la razón ilustrada: Cándido o el optimismo, de François-Marie Arouet, al que conocéis mejor por el sobrenombre Voltaire. En este cuento filosófico, el autor critica el presente, su presente, a través de una sofisticada parodia.

Y hablando de parodia, le dedicaré unos minutos a este recurso, desde su empleo en el teatro griego a sus más recientes encarnaciones. Le acompañarán una serie de recomendaciones literarias y ensayos específicos que os ayudarán a completar las ideas del episodio de hoy.


Introducción

Antes de nada, quisiera hacer balance del primer episodio de “A Contrapelo”. Estoy contento, no voy a negarlo, aunque aún me queda camino por recorrer para que este podcast dé el salto a un terreno más profesional. Una de las opciones fue regrabarlo, pero luego me dije que también la evolución tiene su atractivo, que se lo digan a Darwin. Bromas aparte, espero llegar a los cien episodios y reírme de lo mal que lo hacía en los primeros.

Lo que sí me preocupa son los contenidos. No me gustaría que los episodios se quedaran cortos, o que trabajen a un nivel superfluo. Por eso, insisto en que podéis escribirme a la cuenta de Twitter @billjimenez y dejar vuestras opiniones al respecto. No descarto, dependiendo de los comentarios recibidos, iniciar una serie de episodios especiales que amplíen los conocimientos de pasados episodios o traten aquellos temas que se quedaron en el tintero.

Sin más demora, comenzamos el episodio. Como os decía, el protagonista es el Cándido de Voltaire.

La Europa de Cándido

Al igual que me ocurrió con el poema de Gilgamesh, acceder a una obra como esta  no es sencillo. Técnicamente, todas las obras tienen su qué, pero lo que ocurre con este cuento es que confluyen diversas ideas, todas ellas presentes en la Europa del momento.

La Europa de Voltaire es la Europa de la Ilustración. ¿Y qué es la Ilustración? Buena pregunta. Pues, no sé si estaremos 100% de acuerdo,  pero la Ilustración es el conjunto de ideas filosóficas y políticas que se extendió por Europa desde mediados del siglo XVII al XVIII. Afectó principalmente a países como Francia, Alemania e Inglaterra, aunque no hubo nación que lograra esquivar su influencia. Es lo que tienen las ideas poderosas, pocos pueden detenerlas. Además, hablamos de una de las corrientes de pensamiento fundamentales en la historia de la humanidad, en concreto, como individuos modernos.

A grandes rasgos, la Ilustración es un periodo en el que prima el conocimiento. El conocimiento como liberación del individuo. El conocimiento como revolución y el abandono definitivo de los sistemas del antiguo régimen. Se entiende por “antiguo régimen” todo gobierno anterior a la Revolución francesa de 1789-1799; incluye gobiernos de larga tradición totalitarista, como el francés propio de Luis XVI, en el fondo, herederos del mundo feudal. En ellos, el pueblo cuenta con poquísimos derechos y el poder se concentra en unos pocos, que lo ejercen alrededor de una figura regia. Oído así, podríamos decir que la situación no ha cambiado mucho. Ahora está mejor disimulado.

¿Quién fue Voltaire?

¿Y qué papel juega Voltaire en estos tiempos? Para empezar, Voltaire es el pseudónimo de, perdonad la pronunciación, François-Marie Arouet. Voltaire fue filósofo, escritor, historiador y abogado, si bien este último oficio le viene por decisión paterna. A él no pareció hacerle mucha gracia. Se dice, probablemente, que adoptó este pseudónimo tras su detención en 1717.

cándido de voltaire

El asunto es que no fue la primera vez que Voltaire cató la Bastilla a lo largo de su vida. En este caso, fueron once meses, tras escribir una sátira contra el duque de Orleáns. Sátira que, por otra parte, cargaba contra la posible relación incestuosa del duque con su hija. Ahí es nada. Digamos que Voltaire pegó duro durante toda su trayectoria. Este hipercriticismo también se verá reflejado en su producción y en su vida política. Dentro de las posibilidades del régimen en el que vivía. Aun así, pese a la carencia de libertad de expresión, incluso cuando se encontraba en el punto de mira de las autoridades, compensaba tales limitaciones con cantidades ingentes de ironía.

No entraré en el significado del pseudómino Voltaire porque existen variadas opciones. La más extendida es que Voltaire sea el anagrama de Arouet Le Jeune (Arouet, el joven), aunque tampoco es algo trascendente para entender su obra. Como mucho, resulta de interés para la crítica biográfica o por si os interesa la vida y milagros de nuestro protagonista. Moviditos, hay que reconocerlo.

La cuestión es que Voltaire trabajó en tiempos de la Ilustración y sus revoluciones. Unos tiempos en los que, por desgracia, también hubo guerras, con una Europa siempre en conflicto y una Francia que va del esplendor del Rey Sol a la posterior austeridad, con todo el impacto que genera pasar, de la noche a la mañana, de las vacas gordas a las flacas.

La filosofía ilustrada y Kant

Respecto a los ilustrados, sabemos de ellos que sospecharon de toda una serie de sabidurías heredadas que debían caer para que la ciudadanía fuera libre. Encontraron en la actitud crítica la mejor forma de hacerlo.

inmanuel kant

Entre las principales claves que describen a la ideología ilustrada encontramos un fuerte rechazo hacia el determinismo religioso. Los ilustrados detectan que lo que otros venden como Naturaleza es, en realidad, falsedad, dogmatismo o simple inercia. Los ilustrados abogan por el “Sapere aude”, la locución latina que significa “atrévete a saber” y que Kant, el filósofo, empleó en su ensayo “¿Qué es la ilustración?”.

A continuación, extraeré algunas líneas de este texto. A mi parecer, claves para entender las concepciones ilustradas.

La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he ahí el lema de la ilustración.

Kant también habla de una minoría de edad que parte de la pereza y de la cobardía. O sea, vino a decirnos que, o somos muy comodones o unos cobardicas, ya que toleramos una injusticia tras otra sin quejarnos. Ya sé que han pasado unos cuantos siglos desde que Kant nos echó este rapapolvo. Pero las ideas siguen vigentes, os remito a todo el activismo de pacotilla que puebla las redes sociales, donde más de uno alcanza la “paz ética” por medio de memes.

Kant decía que este estado, la pereza y la cobardía, se ha convertido en nuestra segunda naturaleza.

Un héroe cándido

Y si invoco a Kant es porque este mismo tema es uno de los ejes de “Cándido”. Lo encontramos en la actitud del protagonista, muy dado a creerse a pie juntillas todo lo que le dicen. Igualmente, parece poco capacitado para pensar por sí mismo y preferirá ceñirse a rajatabla a las ideas de sus maestros.

La decisión de llamar Cándido al héroe de este cuento filosófico no es una elección arbitraria o estética. Un héroe con este nombre ya presenta cierta predisposición a que le tomen el pelo. Os daréis cuenta de inmediato con esta descripción que Voltaire hace de su héroe, dice de él que era:

Un joven a quien la naturaleza había dado los más dulces hábitos. Su fisionomía anunciaba su alma. Tenía juicio bastante recto con alma muy simple; por ello, creo, le llamaban Cándido.

Además de mucho humor, estas líneas definen tanto al protagonista como a las intenciones del autor para con él. A mi gusto, la mejor frase de la descripción es “su fisionomía anunciaba su alma”. Cándido es una persona que, a simple vista, ya confirma que se le pueda tomar el pelo con facilidad. Vendría a ser una versión escandalosa del dicho “los ojos son el espejo del alma”. A nivel técnico, también resulta interesante como el propio narrador duda de sus propias fuentes. Afirma que “por ello, creo, le llamaban Cándido”. Desarticula así cualquier voto de confianza que le queramos dar al narrador. Además, el cuento se ciñe a las concepciones clásicas del género, el “érase una vez” que nos proyecta a un tiempo ambiguo donde no suele haber espacio para la historicidad (o suele existir poca).

En el caso de Cándido vemos que sí, que Voltaire sazona la historia con eventos históricos, como el terremoto de Lisboa de 1755, de una magnitud tal que sus repercusiones afectaron no solo físicamente a la población, también ideológicamente. Poneos en la piel de un país católico como Portugal. El terremoto ocurrió el 1 de noviembre, día de Todos los Santos, así que buena parte de su población se encontraba en una iglesia durante el desastre. La muerte de miles de personas y la destrucción de edificios sagrados logró que fuera difícil explicar el designio divino tras la catástrofe. Voltaire no escondió el impacto de la noticia, en especial, su arbitrariedad, de ahí que en obras como Cándido incluyan una fuerte sátira hacia el determinismo religioso.  

Pero recuperemos el humor y volvamos a la descripción de Cándido. Con tan solo unas líneas ya os podéis imaginar el carácter de la historia. Como os decía, el narrador no es del todo fiable. Podría decirse que Voltaire se cuida de que, en caso de censura, pueda lavarse las manos. Así podrá asegurar que la obra pertenece a otro autor. Práctica que llevó a cabo en varias ocasiones para huir de los censores. Lo refleja la correspondencia de aquel entonces con conocidos y con otros autores. En varias pasajes opina sobre el Cándido, como si fuera una obra que le hubiera caído de rebote en las manos. En las misivas, Voltaire se esforzó en aclarar que no tuvo nada que ver en su concepción.

El mejor de los mundos posibles

Las descripciones del resto de personajes van en la misma línea. Las siguientes que he seleccionado son todas del primer capítulo, de la primera página, según la edición. Es un punto de inicio bien fuerte. En ellas asistimos a un crescendo de humor. Comenzamos por el barón de Thunder-ten-tronckh, protector de Cándido, que era “uno de los más poderosos señores de Vestfalia, pues su castillo tenía puertas y ventanas”. Aunque suene a humor absurdo, también tiene un elemento de realidad social. La descripción sigue con “Incluso la gran sala estaba adornada con un tapiz”.

Luego pasa a la familia del barón, con la que es menos benévolo. Describe a la baronesa como “su esposa de trescientas cincuenta libras”, y a Cunegunda, la hija, como una muchacha “de tez encendida, fresca, rolliza, apetitosa”, que más parece un producto cárnico que una persona.

Y me dejo para el final a uno de los personajes cruciales de la obra: el preceptor Pangloss, que, según el narrador, “era el oráculo de la casa, y el pequeño Cándido escuchaba sus lecciones con toda la buena fe de su edad y carácter”.

A Pangloss quería llegar. El narrador dice de él que, atentos, trataré de decirlo a la primera:

Pangloss enseñaba metafísico-teólogo-cosmolonigología. Demostraba admirablemente que no hay efecto sin causa y que, en este mundo, el mejor de los posibles, el castillo de monseñor barón era el más bello de los castillos, y la señora baronesa la mejor de las baronesas posibles.

Esta afirmación es el eje de la filosofía a que Voltaire ataca con esta obra, de la que también dice:

Está demostrado, decía, que las cosas no pueden ser de otra forma: pues teniendo todo un fin, todo es necesariamente para el mejor fin. Fijaos en que las narices se han hecho para llevar gafas; por ello tenemos gafas. Las piernas, a la vista está, se han instituido para ser calzadas, y llevamos calzas.

Este derroche de determinismo ya anticipa el absurdo por el que se mueve Pangloss. Su propio nombre ya lanza una pista del tipo de personaje que encontraremos. “Pan” y “glossa” se  traducirían del griego clásico como “todos” y “lengua”. Ya os puedo decir que la cosa no va de que Pangloss conozca muchas lenguas, que puede conocerlas, sino que todo él es lengua. Vamos, que lo suyo es la cháchara. Pangloss es un charlatán de libro. Además, es uno de los maestrillos que Kant criticaba en el texto que cité antes.

En el caso de Voltaire, el maestro tiene nombre y apellidos. Los del filósofo Gottfried Leibniz, ya que la filosofía de Pangloss es una evidente parodia de la suya.

Aquí, estaría bien dejar claro que no hay que confundir la parodia con la sátira, ya que en ningún momento se puede decir que Pangloss sea un trasunto del propio Leibniz, pero basta con ridiculizar su pensamiento para que el golpe indirecto surta efecto. Tampoco es que Voltaire cargue contra Pangloss a través de otros personajes, tan solo deja que el filósofo interactúe con el mundo y sea el propio lector el que advierta lo conformistas y en el fondo ridículas que pueden llegar a ser sus ideas.

Gottfried Leibniz fue el autor del principio del “mejor de los mundos posibles”. Esta es la idea general tras su teoría, ya que no entraré a fondo en los detalles porque nos perderíamos por caminos secundarios e intrincados. Pues eso, que Leibniz decía que dios es el que es. Que la historia es un despliegue de su voluntad. De ahí que vivamos en el mejor de los mundos posibles. El pensamiento de Leibniz desemboca en un peligroso optimismo, algo que al parecer sacaba de quicio a Voltaire. Este sostuvo que en la vasta producción del filósofo, de Leibniz, digo, no había nada útil que fuera original, ni nada original que no fuera absurdo y risible.

La cuestión es que Pangloss trabaja por ese optimismo, aunque tanto a él como al resto de protagonistas les ocurra una desgracia tras otra. Y les ocurren muchas a lo largo de la obra, ya os aviso.

¿Y por qué la crítica adopta forma de parodia en “Cándido”? Primero, por elegancia, ya que cualquier otro formato habría sido visto como un crítica directa al sistema relioso francés y una línea igual de directa hacia la cárcel. Segundo, porque la parodia es idónea para camuflar discursos.

Sobre la parodia

Creo que en este punto tendríamos que repasar mínimamente qué es la parodia. Porque, como os decía, acostumbramos a confundirla con la ironía, con la sátira y con otros recursos similares.

La etimología de la palabra parodia viene del griego. Contiene el prefijo “para”, que significa “junto a, contra”, y la raíz “oide”, que significa canción. Para terminar, la cierra el sufijo “-ia”, que implica cualidad. Así, la palabra en su uso original nos hablaría de una voz que se suma a otra, como si yo mismo, en estos momentos, narrara con comentarios de fondo de terceros. Así mismo funciona la parodia en la literatura: una segunda narración se superpone a la principal, así que por un lado tenemos lo que nos cuentan y por otro lo que nos cuentan de fondo. Como hablan de temas distintos, en conjunto, tarde o temprano generarán un efecto disonante y, lo que nos interesa, cómico.

En este punto, nos podemos preguntar qué queda en el Cándido si extraemos la parodia. Os lo diré, porque también está muy bien pensado.

La estructura del Cándido es la del cuento filosófico, una narración en la que priman las ideas. Pero Voltaire también emplea géneros anteriores: la novela helenística y bizantina. Las novelas de este tipo fueron populares en el imperio Griego posterior a las conquistas de Alejandro Magno. Funcionarían durante siglos hasta su desaparición en territorio bizantino. Eran auténticos best sellers, una pasada, había mucha demanda, aunque la producción en masa les pasó factura y la mayoría se ciñen a fórmulas estereotipadas y de baja calidad, como durante el siglo XX le ocurriera a las novelas de género, como la novela negra, de terror, romántica y el pulp en general.

Estas novelas, las helenísticas, presentan unas características muy pero que muy definidas. Para empezar, son novelas ligeras, de aventuras, con personajes tipo, incapaces de evolucionar porque son más funciones que individuos. Acostumbran a ser parejas que al comienzo de la narración son separadas dramáticamente.

A partir de ahí, los dioses ponen a prueba su amor de mil formas distintas. Les ocurre de todo, desde desgracias familiares a situaciones en las que c sus vidas peligran constantemente. Estos jóvenes, porque acostumbran a ser jóvenes y guapos, acaban las novelas como empezaron, inmaculados. Se da un final feliz y siguen siendo tan virtuosos como al comienzo. El tiempo de aventura es lo de menos, ellos siguen tan magníficos y lozanos como en la primera página.

Voltaire tomó este modelo para las desventuras de Cándido, al que también le ocurren mil y un avatares antes de reunirse con su amada Cunegunda. En este caso, como la parodia está actuando en todo momento, el tratamiento es humorístico. Los naufragios, las desapariciones, los abusos, las esclavitudes y otros tantos dramas ponen a prueba las concepciones filosóficas de Pangloss e, indirectamente, de Cándido, que atiende fiel a todo lo que el filósofo diga. Si todo responde al gran plan de Dios, esos naufragios, esos raptos y toda la violencia que se desata alrededor de los protagonistas, forma parte del mejor de los mundos posibles.

Otro gesto paródico que encontramos respecto a la novela helenística es que, a diferencias de sus héroes bellos, algunos personajes de Cándido sufren las consecuencias de tanto azar. No diré cuáles, pero vaya, que las diferencias en su descripción son llamativas de la primera a la última página.

La cuestión es que Voltaire le da la vuelta a un género y lo pone al servicio de una crítica. El resultado es impecable. Quizá no soy imparcial porque “Cándido” es uno de mis relatos favoritos, pero bueno, nunca descarté las predilecciones a la hora de crear este podcast.

La cuestión es que en este relato no queda títere sin cabeza. Con una narrativa episódica, veloz, donde ni a los protagonistas les da tiempo a digerir los acontecimientos, Cándido reparte estopa hacia diferentes naciones de la Europa del momento. Francia, Prusia, Portugal, Inglaterra, etc. Carga también contra la orden de los jesuitas, en concreto, en el segmento que transcurre en las misiones de Paraguay o ridiculiza a confesiones como la de los anabaptistas.

Recomendaciones basadas en el Cándido de Voltaire

En la sección de recomendaciones de hoy, incluyo varias ediciones del Cándido. La primera, editada por Cátedra, que además de este cuento, incluye dos más: Zadig y Micromegas, aparte de un comentario sobre el autor y la gestación de estos tres cuentos. Por otra parte, hace un par de años, Blackie Books publicó una edición del Cándido muy recomendable que incluye ilustraciones de Quentin Blake.

cándido de voltaire blackie books

Sobre Immanuel Kant y su escrito sobre la Ilustración, más de lo mismo. Podéis encontrar el texto en Google. Aunque, atención, hay traducciones para todos los gustos, algunas líneas podrían diferir según el comentarista. Sobre Kant poco más os recomendaré. Me lo reservo para otros episodios. Kant es uno de esos filósofos que aparece recurrentemente cuando analizas los clásicos, sobre todo, a partir del Romanticismo. Así que no quemaré aquí uno de mis mejores cartuchos.

Y sobre la parodia, os podría recomendar multitud de obras, como por ejemplo el Quijote mismo, pero quisiera apostar por la parte teórica y, si tenéis suerte y lo encontráis, os recomendaría A theory of parody, de Linda Hutcheon. Linda Hutcheon es una de las eminencias de la crítica postmoderna. El problema es que nadie ha editado a Linda Hutcheon en España, al menos, que yo sepa. Una vez más, escribidme si estoy equivocado. Pues eso, que sus libros solo pueden encontrarse de importación, y en inglés, claro. Lo bueno de este libro es que analiza los diferentes usos que se han hecho de la parodia. Entre sus conclusiones, está el tratar la parodia como una forma de autorreflexión moderna, siempre en conversación con el pasado. 

Y si os picó la curiosidad y queréis leer alguna novela helenística, una de esas en las que está basado el Cándido, mi primera y puede que última recomendación serían las Etiópicas de Heliodoro –pensad que son el equivalente clásico a las novelas románticas de Corín Tellado–. Es una protonovela sencilla, con personajes arquetípicos, aventuras, desventuras y giros que rozan lo inverosímil, pero que, dentro de su contexto, atraían a las masas lectoras.

Y aquí finaliza el segundo episodio de A Contrapelo. En el próximo, volvemos a dar un brinco temporal y nos situamos en el África colonial de finales del XIX, con una travesía fluvial sembrada de intereses y una búsqueda con un fondo terrorífico. Si no sabéis de qué novela hablo, os la resumiré en cuatro palabras: “El horror, el horror”.

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