Autores, críticas y patadas en el culo de un zapato del 48

La crítica es uno de los mayores obstáculos cuando te dedicas a escribir sin ser un genio, pero, por otra parte, es una necesidad si deseas caminar por la vida evitando el ridículo. A mí me ha ocurrido, me ocurre y (lo más probable) me ocurrirá, pues aunque pierdo el culo (fea expresión) por un poco de feedback, pongo tanto entusiasmo en mis proyectos que luego tengo problemas para discernir su belleza. Por eso, cuando alguien de confianza me dice cosas como “me he perdido”, “qué frase tan rebuscada” o “¿era necesario un eufemismo tan largo para describir una patada en los huevos?” (historia real), me detengo, asumo el comentario y, tras unos segundos, dejo que el miedo entre en mi cuerpo.

Al margen de la imagen de charlatán que expando por la red, tengo, como cualquier otro hijo de vecino, mis limitaciones y dudas existenciales. Ahora ya no tanto, pero solía tomarme las críticas (constructivas) como un juicio a toda mi experiencia, obviando esa frase que nunca me ha gustado y que dice “para gustos los colores”. En mi caso, esos colores son recordar que escribo novelas de género y que las ventas hablan por sí mismas: no gustan a todo el mundo. Entonces, ¿por qué poner tantas expectativas en un producto que, lo más probable, pasará inadvertido? Y, lo peor, ¿por qué los bombazos literarios tienden a ser novelas cuya calidad literaria está en entredicho? Supongo que algún/alguna editor/a conocerá la respuesta (espero) o cuenta con un dossier donde se describen los mecanismos del éxito editorial. La cuestión es que la crítica nos (me) hace bajar de las nubes y nos devuelve a la tierra, ese lugar inhóspito y lleno de autores cuyo público se reduce a familiares y amigos. Atrás quedan los mitos importados, el escritor que vive de su obra, el que bebe como un cosaco y aun así tiene una producción que, aparte de maravillar a las masas, llena cajas registradoras…

Es en esos momentos de descenso a la realidad cuando el narrador vocacional derrota al casual y asumes que no va a ser fácil, que cuando alguien te pregunte “¿a qué te dedicas?” tú mismo antepondrás la palabra oficinista a escritor, a no ser que estés pescando en un bar a horas intempestivas y tu exótico segundo oficio sea la única diferencia entre triunfar y comerte los mocos (segunda expresión fea de este texto). En cualquier caso, esta Semana Santa la dedicaré a la rescritura. Y sí, salta a la vista: he recibido una crítica.

Aún estoy temblando.