Autoeditarme o no autoeditarme: esa no es la cuestión

Si la autoedición ya de por sí despierta demasiados prejuicios externos, peores son los internos, los que el autor asume como ciertos hasta el punto de retornar sus manuscritos al cajón donde, románticamente, los escritores guardamos nuestras obras no publicadas.

Si bien es cierto que los prejuicios internos presentan una base exterior –la idea ha surgido de algún sitio–, al integrarlos se convierten en miedos que solo tú podrás combatir.

Autoeditarme me cerrará las puertas de las editoriales

Es falso. Las puertas de las editoriales están cerradas a todo el mundo. Solo pueden abrirlas aquellas personas directamente vinculadas a la editorial o las que, debido a una serie de causalidades (amistad, recomendación, etc.), reciben la invitación a pasar.

Las editoriales, al menos las que ya tienen ambos pies en este milenio, despliegan otros mecanismos para llegar a los autores. Los grandes grupos cuentan con empleados que realizan este trabajo o confían en las agencias, que representan a la externalización de tales funciones.

Por su parte, las pequeñas editoriales, incluso las que se consideran independientes, trabajan con unos calendarios de publicación medidos al milímetro. Son gente que ha realizado una importante inversión y trabajan sobre seguro –con la hipotética seguridad que ofrece el sector–, no esperan sentados a que les lleguen los manuscritos que les harán millonarios. Sería un suicidio económico.

La autoedición me resta seriedad como escritor/a

Mala cosa. Si piensas que la autoedición será dañina para tu “carrera”, entonces ni lo intentes.

La autoedición lleva siglos en funcionamiento, con mayor o menor visibilidad según la época, aunque es cierto que en los últimos siglos, en directa relación con el asentamiento del capitalismo y sus mercados, se ha vuelto un ejercicio minoritario y hasta cierto punto underground.

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El poeta William Blake autopublicó algunos de sus principales trabajos. Desde la escritura a la impresión, pasando por las ilustraciones y el posterior coloreado.

Aunque la edición de libros convencional emplee sujetos, recuerda que esos sujetos y sus obras son productos, así que, en caso de convertirte en el próximo bombazo literario de la década, tu bagaje autodidacta te beneficiará. Serás un caso de éxito que otras tantas personas tendrán en cuenta a la hora de dar a conocer sus propios proyectos.

Olvida la imagen del autor de sanctasanctórum, el intelectual que cuando habla sube el pan. O pertenecen a otra época o a ambientes académicos que nada tienen que ver con la industria del entretenimiento a la que se adhiere el grueso de la literatura actual.

Autoeditarme desperdiciará mi novela

Es probable, ya que una vez la edites y la difundas perderá todo su valor para las editoriales. Incluso aunque sea un hit y la reedición en un sello con más alcance fuera factible, es probable que ningún editor la quiera en su catálogo.

Cuando decidí autoeditarme, principalmente en el caso de Varón de multiforme ingenio, sabía que la novela jamás entraría en el circuito. Y bien que hice, porque mientras la mantuviera en el dichoso cajón, seguiría revisándola, cambiado comas y buscando sinónimos que, a modo de fórmula mágica, la hicieran más atractiva.

En el momento en que editas tu novela, adiós muy buenas, pasas a otros temas.

Se supone que te gusta escribir, que las ideas se acumulan en tu cabeza a la espera de plasmarlas sobre el papel. Si tu relación con el mundo editorial consiste en pegar el zambombazo y, ya animado, ponerte a escribir de nuevo, pasarán años y años hasta que se te presente la oportunidad.

Las historias de autores prestigiosos que sufrieron hasta cien rechazos de sus novelas son solo eso, anécdotas que alimentan blogs literarios.

En conclusión, al escritor no lo hacen sus libros publicados en las grandes editoriales, sino el grueso de su carrera, el discurso que plantea a lo largo de sus obras. Artes como el cine tienen esta realidad mejor integrada y todos aceptamos los cortos amateurs de un director como parte de su trayectoria. La autoedición es un ejercicio similar, radica en la necesidad de empezar a contar tus historias ya y encontrar a aquellas personas que serán tu público.

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