Apuntes sobre género en el hard boiled

Si bien Hijos de la siega es una novela que se ciñe estrictamente al patrón del hard boiled clásico ((La denominación clásico comprende a los relatos aparecidos durante la década de los años veinte y treinta.)), ocurre que un producto trasladado a la actualidad, o una actualidad muy reciente en la que la verosimilitud literaria vive enfrentada a la aceleración tecnológica, tiende a exhibir sus costuras con facilidad.

La presencia de móviles y ordenadores en la historia es uno de los aspectos evidentes en la distancia de casi un siglo que existe entre las novelas detectivescas de antaño y cualquier acercamiento contemporáneo. Otro aspecto bien remarcado, y que puede hacer echar por tierra el discurso del autor, es el tratamiento del género en la novela. Los turbios escenarios del hard boiled han sido, por lo general, un hervidero de diferencias entre hombres y mujeres. La femme fatale que tanto juego ha dado a la cultura popular es, en escenarios contemporáneos, un personaje tan disociado como el detective de gabardina que popularizó Raymond Chandler y el cine de Hollywood. De ahí que en Hijos de la siega los roles femeninos hayan requerido de una revisión crítica que eludiera la cosificación de la mujer en un entramado de intereses heteropatriarcales.

Sin duda, el mayor referente de este tratamiento contemporáneo del género sea Elmore Leonard (en obras como Un tipo implacable) y, en su adaptación audiovisual, Quentin Tarantino, donde las mujeres protagonistas o secundarias, aparte de no dejarse atrapar por el cliché, luchan por hacerse un hueco en el mundo de la criminalidad, ya sea como líderes o como herramientas dentro de una jerarquía anticuada. La decadencia de método entre los delincuentes que aparecen en Hijos de la siega ya son anticipo de las resquebrajaduras de las ideas preconcebidas que como público tenemos de los submundos criminales, infinitamente ideologizados (incluso idealizados) por las producciones televisivas. El acto de ejercer violencia sobre otro ser humano no entiende de géneros, pero sí la forma en que esa violencia se ejerce, totalmente condicionada por las concepciones sociales con las que trabajan los grupos de poder.