Madre, yo no soy así, solo me estoy vendiendo como escritor

Recientemente, por enésima vez, cambié el diseño de esta web, y no porque los anteriores estuvieran mal, sino porque, de la noche a la mañana, o puede que de la mañana a la noche, me entró una fiebre minimal y me dije que qué demonios hacía jugando con tipografías que superaban los 30 píxeles o posteando cada uno de mis parpadeos literarios, fueran o no relevantes. No es sano, suena a desesperación, a conóceme, tengo algo que contarte, a reparto de caramelos en la puerta del colegio, a me echaron droja en el colacao.

De ahí a la reflexión (un verbo algo grande): ¿cómo debo venderme? ¿cómo deberíamos vendernos los escritores?

marisabidilla rex

Paseando por Internet, en webs estadounidenses la mayoría, descubro que la tendencia es hacerse la marisabidilla1 y aleccionar a los aspirantes a escritor con tips que, no nos engañemos, imitan a los redactores de contenido. Resulta desconcertante que los defensores de la literatura tiren más de SEO y SEM que el dueño de un e-commerce, pero, por otra parte, les disculpo porque son un producto, y los productos, a día de hoy, bajo el reinado de su majestad Google I, o siguen esas reglas o, como sucede en mi caso, son leídos por cuatro gatos2.

Otra opción, la que actualmente practico, es potenciar virtudes y defectos, y mezclarlas en una coctelera que llamaremos el “personaje”. ¿Hasta qué punto es bueno? Pensaba en esas entrevistas de trabajo en las que, tras dar una primera buena impresión, el contratante descubre el perfil de Facebook del entrevistado, las fotos con sus sobrinos, con sus amigos, con sus gin tonics.

Imagina que publicas tu primera novela, y con el reconocimiento, sale a luz alguna afición radical que entra en conflicto con tu destreza literaria. No tendría que ser malo, pero, por lo general, la gente vive de expectativas, y si tiende a rasgarse las vestiduras cuando su autor favorito cambia súbitamente de género, qué no pueden pensar de él cuando descubren que esa novela tan bien escrita y sembrada de nobles sentimientos es la obra de un tipo que estuvo haciendo cola durante cinco horas para comprarse el GTAV.

En mi caso, ando buscando una respuesta al día en que me pregunten por qué sigo a tantas actrices porno en Facebook. A la de cómo debería venderme ya tengo explicación: trabajando. Sembrar mucho y bien. Bueno, sembrar mucho y, en ocasiones, bien.


  1. Reflexionando al respecto, “marisabidilla” es una palabra terriblemente machista. 

  2. De lo que también estoy muy orgulloso, porque tengo el convencimiento de que, si un día la fama me alcanza voy a transformarme en un arrogante de mucho cuidado. 

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Tiran más un par de estetas que dos carretas

Uno de los motivos por los que dejé de asistir a talleres literarios (aparte de por el odioso ejercicio de escritura creativa en el que te dan un puñado de palabras inconexas y tienes que construir con ellas una historia) fue por (añado aquí también el coste de los citados talleres, malos si son baratos y caros si aprendes “algo”) la discrepancia con los profesores, de base clásica e inexplicable orientación postmoderna. Conociendo las dificultades que entraña publicar un libro, que te recomienden un alto grado de experimentación en tus textos es el equivalente a decir: no publicarás en tu vida, así que, al menos, diviértete.

roberto-bolaño

Otro tema entre lúdico y crispante es el de los manuales de escritura, una cantinela similar aunque más trabajada que el programa del profesor de escritura creativa medio. Librillos didácticos para aficionados con escasa o nula formación académica que te hablan de estructuras, desarrollo de personajes y otros elementos periféricos del acto creativo. Algunos, en un ejercicio de desfachatez, incluyen capítulos en los que te enseñan a vender tu novela a editores, una enorme broma cuando descubres que el autor es estadounidense, un profesor universitario que en los ochenta publicó un par de novelas del montón1.

El colmo del desconcierto técnico son los ensayos “reputados” en los que un catedrático informa de los abusos gramaticales más corrientes entre los escritores mediocres2, cosas como “no inicies tus frases con conjunciones copulativas” y “deja de abusar de los adverbios”. Luego lees a Stephen King o a Elmore Leonard (en distinta paz descansen ambos) despreciando también su uso y entras en un frenesí de reescritura que culmina en el descubrimiento de Roberto Bolaño, su notable narrativa3 y cómo recurre sin arrepentimientos en los vicios denunciados por otros.

En este punto, ¿quién tiene razón? Probablemente todos, aunque, de encontrarnos en una situación de vida o muerte, pistola del calibre .36 en la sien, obligados a escoger entre ponerse modernos o victorianos, probablemente4 escogería a Bolaño porque, aparte de escribir, publicar y vender mucho, tenía fama de gran fornicador, más de lo que pueden decir de Stephen King, que imagino que también tuvo sus momentos de brillante interacción carnal, pero que, no nos engañemos, ha pasado de los cuarenta más estropeado.

Impera la lógica.


  1. Algo que yo mismo firmaría. 

  2. Lo juro, lo leí en una ocasión y me pareció tan insultante como ambiguo. 

  3. Te guste más o menos el contenido. 

  4. Este adverbio es una declaración de intenciones. 

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