Como gotas de líquido segregadas por la glándula lagrimal

No recuerdo que un libro me haya hecho llorar. Sí que recuerdo noches de insomnio por un exceso de aventura o picos de emoción que controlas con una sonrisa. También he experimentado desasosiego con algunos finales y mucho sueño al tener entre manos el ensayo equivocado, pero nunca ríos de lágrimas al saber que el protagonista fallece o no alcanza los sueños perseguidos durante quinientas páginas.

the paris review

Para que un autor me emocione necesito que me hable como escritor, saltándose a los personajes, sus intermediarios, y vaya directamente a los entresijos de su obra, el oficio, el arte de crear. Como outsider literario –algunos dirían que ni merezco el ‘título de escritor’– agradezco más que nadie la figura del mentor, disgregada entre los amigos que, conscientes de sus limitaciones críticas, resumen su opinión con un ‘me gusta’ –precursores de Facebook–; o las entidades constructivas que han pasado por mi vida y se han atrevido con las 50,000 palabras de una novela tirando a corta, llenándola de anotaciones y correcciones que evidencian la atención prestada. Por eso, cuando un escritor reputado habla de procedimientos que se asemejan al mío, imperiosas necesidades de contar historias o el paupérrimo rol del escritor de una pirámide alimenticia invertida, uno no puede contener el gozo al sentirse espiritualmente acompañado por hombres y mujeres que, en mayor o menor grado, han triunfado en el oficio.
Esta introducción conduce a un libro editado por El Aleph Editores en 2007, una recopilación titulada «The Paris Review: Entrevistas» que, como su nombre indica, incluye diálogos entre los reporteros de la prestigiosa revista literaria y relevantes autores del siglo XX. La edición, a cargo del filólogo y técnico editorial Ignacio Echevarría, tiene entre sus virtudes 16 entrevistas con 16 escritores de escasa o nula interconexión, ya sea en personalidad, procedimientos u objetivos literarios. Sorprende la necesidad de control de muchos de ellos. El que, como Kurt Vonnegut, muchas de las preguntas surgieran de su propio puño y letra; o, en otros casos, la entrevista completa naciera de largas correspondencias o sesiones distribuidas a lo largo de los años. También hay casos de modestia –Joyce Carol Oates–, de la personalidad imponiéndose sobre el discurso –un Céline a vueltas de todo– y densas explicaciones sobre tramas y personajes –como las aportadas por Philip Roth–. Pero, entre todos los discursos reunidos en el libro, y tal como recuerda el propio Ignacio Echevarría en el prólogo, “la de William Faulkner no es sólo la mejor entrevista de este volumen, es, simplemente, la mejor entrevista imaginable.” Las respuestas de Faulkner no tienen desperdicio, contienen su esencia, la de su obra y el papel de esta en la literatura contemporánea, y aunque nunca he terminado de comulgar con su estilo, ya tan solo por su desparpajo y soltura como individuo merece entrar en mi personal Olimpo de escritores.

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